10.18.2009

ATSUKO TANABE. In memoriam. texto publicado en la revista Japonica, Mexico DF, Mexico.

Conocí a Atsuko Tanabe en 1987, durante la cena de despedida de un congreso de especialistas en Asia y Africa (el V de Aladaa en Buenos Aires). Estaba encargada de algunas tareas de organización, y allí en el tumulto del típico ambiente de cierre: brindis, intercambios de tarjetas y saludos, alguien de impecable cabellera negra muy suavemente se acercó a la mesa donde yo estaba, y me deslizó unos libros (la primera antología de cuentos de Premiá) para que conservara algún ejemplar y repartiera el resto "para hacer conocer la literatura japonesa". Así se inició, en medio de la dispersión, esta amistad que ha sido fundamental para mí, este lazo con quien con generosidad me introdujo al mundo de la literatura japonesa.

Volvimos a vernos sólo una vez más, en 1989, durante mi primer viaje a México, el del deslumbramiento. Entonces hubo tiempo para almuerzos con Ryôshiro, para conocer su casa de la calle Serenata en las Colinas del Sur, a sus animales: dos perros Akita, una gata, otra perrita, de verla entre sus libros y cuadros, de ser presentada a sus amigos. No sé por qué me quedó tan grabado nuestro abrazo final, en la puerta del hotel, ya partiendo al aeropuerto, la presión contra su abrigo de paño rojo, su perfume.

Durante estos trece años siempre la invitación a participar de sus proyectos: la oportunidad de traducir a Yoshimura Akira, su gestión para que la UNAM publicara una antología de Ogai que trabajamos en Buenos Aires, la posibilidad de escribir para la revista Japónica. Siempre ese "tú puedes, tú eres capaz" que necesitamos para adquirir confianza y lanzarnos a la acción. Por mi parte, mi entusiasmo contagiado por difundir el trabajo de Atsuko: precisamente el cuento, que en el ejemplar anterior de Japónica republicaran y que Atsuko firmó con su nom de plume Ayame Nara, suscitó comentarios en el número de lanzamiento de la revista Tokonoma, un alegato antibelicista tan misterioso, tan erótico, tan joven. Reseñar la traducción de Noma Hiroshi o Kazuko Shiraishi, ¿qué era sino hacerme eco y partícipe de su energía para abrir otras perspectivas?.

Tuve la oportunidad de dos viajes más a México, en el 97 y en este 2000, pero no pudimos encontrarnos. Atsuko y Ryôshiro ya en Baja California o de viaje. Las dos esperando otros tiempos más demorados. Siempre con la ilusión de crear oportunidades para una charla.

Había recibido en diciembre su libro de poemas en japonés. En su dedicatoria decía: Para AS, amiga de toda la vida. Tuvimos el privilegio de permanecer sólo en lo más noble. De comunicarnos por lo que transformaba nuestra percepción, la literatura. Ahora casi tengo la edad que ella tenía cuando nos conocimos. Ahora sé qué ese "toda la vida" es el mío porque la querida amiga ya no está.

En su plenitud intelectual se ha ido, conservando siempre su belleza, como las heroínas de las novelas. Tal vez nadie que tuviera un proyecto debería partir sin cumplirlo, y el más anhelado de Atsuko, después de tantos años de docencia que tanto dan pero también exigen, era dedicarse a escribir, cumplir su destino de escritora. Repaso sus cartas: "He estado algo ocupada, pues en noviembre del 97, me sacaron a la luz pública mi primera novela. ¿Qué te parece? ¡La novelista Atsuko!". Otra: "Estamos viviendo en un pueblo de Baja California, llamado Rosarito, donde se filmó la famosa película Titanic; es un paraíso terrenal. En cuanto a mi trabajo, abandoné el oficio de académica definitivamente. Ahora estoy escribiendo novelas. Es lo que toda mi vida siempre he querido hacer. Acabo de terminar una de 400 páginas. A ver cómo me va".

Y así podría seguir extractando sus frases. Ganas de hacer, de expresarse, de cumplir su obra. Apenas alguna vez una alusión a su salud, pero siempre levemente, y por eso fue tan desgarradora la noticia. Leer el e-mail de Guillermo Quartucci, que ya me anticipaba delicadamente en asunto: "otra noticia triste", fue casi imposible a través de las lágrimas.

Nostalgia punzante, hoy. Memoria sin fin por la gran amiga. Para toda la vida.


Amalia Sato.
24 setiembre 2000.

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