3.14.2015

FOSCO MARAINI. CASAS, AMORES, UNIVERSOS.

Fosco Maraini (1912-2004) Etnólogo, orientalista, alpinista, fotógrafo, escritor y poeta. Florentino y ciudadano del mundo. Niño rebelde y vivaz, interesado en los libros sobre Oriente que atesora la madre inglesa, testigo de las conversaciones de su padre escultor con sus amigos, los refinados ingleses italianizados de Toscana, “aburridas visitas” a los ojos del pequeño, como D.H.Lawrence, Bernard Berenson o Aldous Huxley. El conocimiento de Giuseppe Tucci con quien comparte una expedición al Tibet será uno de los estímulos para periplos sin fin que lo llevarán también a Japón antes de la guerra. Allí pasará años con la bella esposa Topazia , pintora siciliana y sus tres hijas Dacia, Yuki y Toni, será lector de italiano en las universidades, investigará la cultura ainu, tendrá residencias en Sapporo y Kioto. Al estallar la guerra, por negarse al igual que su mujer a jurar lealtad a la República de Salò, lo internan con toda su familia en un campo de concentración en Nagoya. Como protesta ante las inhumanas condiciones de vida en el lugar, se corta el dedo meñique de la mano izquierda ante los comandantes, gesto que le vale contar con un huerto y una cabra. Así de arriesgada fue siempre su vida. En esta novela autobiográfica, Casas, amores, universos, él es Clé y Topazia Malachite; los modos de esa primera mitad del siglo XX, los tiempos gentiles de un mundo académico donde es un privilegiado, el inquieto panorama intelectual de un Japón objeto de estudio y de placer por parte de los estudiosos extranjeros allí establecidos , narrados demoradamente por este “maestro italiano de nuestro tiempo”, en la valoración del Premio Nomina que le concedieron en su país. En otro de sus libros, Giappone Mandala, (Japan: Patterns of Continuity, en la traducción al inglés) buscaba la conjunción de fotos con ideogramas, creando su personal Imperio de los signos. La cubierta de Mondadori para Case, amori, universi, del cual presentamos un fragmento, muestra una foto de su autoría: un equilibrista subido a una escalera desafiando el vacío. La lutta col nulla. “Liberado de la gravosa esclavitud de la crónica al microscopio”, el testimonio de quien vivió,como gustaba decir, construyendo puentes entre su “endocosmos” y el “exocosmos”. ----------------------------------------------------------------------------------------------------- V. Los años del Sol Naciente: Kioto Las cosas del Japón, tan diferentes de estas de nuestra Europa y de las de casi todo el mundo… A. Valignano, El Ceremonial para los Misioneros en Japón (1565, ca) … este infernal país que es Japón, donde todo es Lenguaje, todo signo, del mito a la sopa, de la ideología a la vida! A. Abrasino, “Corriere della Sera”, 2 abril 1975. Qué maravillosa experiencia es para un egiptólogo, entrar en contacto directo, en Japón, con una civilización viva que puede compararse, desde cierto punto de vista, con aquella de la que admiramos y estudiamos las obras de otros tiempos. En el Egipto faraónico, así como en el Japón de ayer y casi todavía en el actual, una nación se integra al cosmos culminando en un Emperador, él mismo en relación con los dioses. J. Leclant, Reflexiones de un egiptólogo en un Santuario Shinto. Nuestro Japón es tierra de dioses, tierra de fe. Por eso plantas, pájaros, animales, insectos, piedras se multiplican y son más bellos que los de otros países… Hiraga Gennai. 1. En el barrio Pozo del Pájaro que vuela En 1941 regresar a Italia se había vuelto imposible: todas las comunicaciones internacionales estaba bloqueadas por al guerra. Mientras tanto la beca de estudio del gobierno japonés llegaba a su fin y no estaba prevista ninguna renovación. Clé y su familia se habrían encontrado en serias dificultades, si la universidad de Kioto no hubiera ampliado su programa de enseñanza de italiano disponiendo el agregado de un lector nativo. El puesto se lo ofrecieron a Clé, quien lo aceptó como única solución a sus problemas y a los de su familia. La partida de Sapporo fue a fines de abril. En la estación se había reunido una pequeña multitud de amigos y conocidos para saludar a Malachite, Dafne, la pequeña Yuri y Clé. Estaban presentes claro los adorables Lane, Matilde cuyo nombre pronunciaban Machirudo, el profesor Hecker con su hijo adoptivo Yoshiro y su novia Hiroko, Hiro Miyazawa, el jovencito Takeda, así como algunos compañeros de alpinismo y de esquí, del Club Alpino Académico de Hokkaido y del Club de Esquí de Sapporo. El profesor Kodama había enviado a su asistente en representación del Instituto de Anatomía de la universidad de Hokkaido, del cual formalmente Clé era miembro. Ninguno de los Ainu había venido desde sus lejanas aldeas (demasiada distancia y poco dinero), pero unas doce cajas que contenían casi quinientos objetos ainu, recogidos por Clé durante sus años ainu en Hokkaido, ya habían sido enviadas a Kioto. (Una afortunadísima serie de circunstancias permitió a Clé salvar la colección, de gran valor etnográfico, de los peligros de la guerra, y de los propios de un viaje larguísimo, logrando acercarla a Florencia, donde más tarde, en 1954, encontró su lugar en el Mueso de Antropología y Etnología de la universidad). El día se presentaba sereno, con un pertinaz vientito del norte. Todas las montañas en torno a Sapporo, blancas por la nieve. Clé las observaba con nostalgia: “¡Adiós monte Teine, donde Hiro y yo tuvimos la experiencia de acampar en un iglú!”. Y poco después de la partida aparecieron en las ventanillas del tren los volcanes apagados de Niseko, recorridos tantas veces despreocupadamente a lo largo y a lo ancho. ¡Cuántas hilachas del corazón abandonadas para siempre entre esos montes solitarios y remotos! Malachite y Clé conocían Kioto, pero solo como turistas, por su visita a la ciudad en otoño de 1939. Ahora había que establecerse allí por tiempo indeterminado, tal vez un largo tiempo, y sobre todo había que buscar una casa. Por suerte los medios no disminuían; el sueldo de un lector extranjero era bastante mejor que el de un profesor japonés. Y además - ¿por qué no recordarlo con gratitud?- , el doctor Raimondi había conseguido para Clé un suplemento adicional, tramitado ante el ministerio de Asuntos Extranjeros y la Embajada, el cual ayudaba mucho a Malachite y a las niñas en sus necesidades. La conducta del doctor Raimondi en Florencia era por cierto la de un generoso Júpiter Olímpico que sentenciaba: si te ayudas, Dios te ayuda. En todas partes, en el panteón de los laicos había un Kami, un dios menor, destinado a las casa, y Clé pensaba a menudo sonriendo: ¡Seré su fiel devoto! Desde su nacimiento el muchacho había tenido siempre la fortuna de vivir en lugares casi ideales; la villa de Ricorboli ni qué hablar, o la más nueva en Gelsomino con sus encantos, la torre de Marsili, la Granja de Saraillon en Aosta, la casa de la Calle Once en Sapporo… A todas las había adivinado ese Kami bribón y benevolente. ¿Sucedería ahora de nuevo? Por el momento, Clé – una vez ubicadas Malachite y las niñas en un hotel de Tokio – se había instalado en el así llamado Club de la universidad de Kioto, un pensionado donde le brindaban las mejores condiciones. Fue allí donde conoció a los Uriu, una joven pareja sin hijos: él era corresponsal del diario “Asahi”, y ella trabajaba en el Club como jefa de personal. Miki Uriu era bastante alta para ser una japonesa: delgada, graciosa, sonriente, extremadamente emotiva, pasaba de las lágrimas a la risa varias veces en pocos minutos de conversación. Vestía siempre kimonos del sobrio gusto shibui. “Quédese tranquilo, verá que le encontraremos pronto una excelente casa a usted y los suyos” decía, corriendo de aquí para allá, para desaparecer en su oficina para hacer llamadas telefónicas. Entretanto Clé se había presentado en la Universidad y había conocido al profesor Masatoshi Kuroda, titular de la cátedra de italiano en ese tiempo. Era era un hombre de casi cincuenta años, alto, flaquísimo, de cabellos y pupilas de un negro absoluto, con una notable barba bien rasurada, de la cual sobresalían dos bigotes vagamente hitlerianos bajo la nariz. Clé ya había entrenado largamente su mirada en Hokkaido, e individualizaba a menudo a esos purísimos japoneses en los cuales, por algún capricho de los cromosomas o el adn, se manifestaban algunas características de los pueblos septentrionales (Emishi, Ebisu, Ainu y otros) con quienes los japoneses de Yamato habían hecho por siglos la guerra en las fronteras. Evidentemente la guerra no fue un fenómeno permanente, y hubo períodos , hasta prolongados, de tregua dedicados al comercio, y tal vez a las alianzas y los matrimonios mixtos, con trasvasamiento de genes de un grupo a otro. La fuerte, o destacadísima, pelosidad facial y corporal de algunos japoneses se atribuye a contactos genéticos con los pueblos del Norte. El profesor Kuroda pertenecía probablemente a este interesante grupo. Además tenía un rostro profundamente esculpido (digamos a lo Pasolini) que lo hacía asemejarse mucho más a un nativo de Hokkaido. Dejando aparte estas disquisiciones de antropología física, el profesor Kuroda era una persona exquisita, siempre presta toda clase de gentilezas. Sufría quizá de cierto complejo de inferioridad, pero Clé había aprendido sobradamente que, en las relaciones con los otros, esta condición se convierte en una gran virtud, que lleva a premuras de todo tipo. Lo importante, en el plano ético, es, de parte de los otros, no aprovecharse de eso. El profesor Kuroda sabía bien el italiano escrito y literario, estaba de heho traduciendo Il Principe de Niccolo Machiavelli, pero en el horizonte de lo hablado tambaleaba bastante. Como le sucede a muchos japoneses, no lograba distinguir claramente entre la l y la r, decía “Rondon” por London y “Ruoma” por Roma, y ni siquiera de modo regular, sino como le viniera en gana. Confundía también la b con la v, hesitando en la pronunciación de “Benezia” por Venecia y “Vologna” por Bologna. En cuanto a las sílabas gli, gni y semejantes, era mejor que se las saltara. Uno de los primeros días tras el arribo de Clé a Kioto, el profesor Kuroda se presentó en el Club de la universidad, para anunciar con una inmensa sonrisa: “Hoy me gustaría conduciru aru señoru Ruaimondi a visitar la “Birra Imperiale” de Shuugaku-in..” Clé, en un primer momento, ya bien consciente de la importancia adquirida en Japón, desde fines del 1800 en adelante, por la rubia bebida germánica, pensó (¡pero solo por un segundo!) que existía en Kioto una empresa de producción con licencia para jactarse con el prestigioso adjetivo “imperial”. Luego comprendió que se trataba de una dificultad lingüística, y que la meta de la salida propuesta era la “Villa Imperial” del Shuugaku-in en las afueras de Kioto. Posterguemos por algunas páginas la visita a la Birra Imperial. Regresemos en cambio al Club de la universidad y a las llamadas de la señora Uriu. “Ah!” exclamó la señora y corrió hacia la mesa de Clé en el curso de una comida. “Parece que hay algo… Dicen en la universidad que un profesor americano, Mister Thomas, ha retornado hace poco a los “Estados”, y que su casa debe estar libre. No pertenece a la universidad, sino que es privada, así que será más cara. Para compensar esto parece que es muy bella. ¿Cuándo le gustaría ir a a verla? ” Esa tarde el matrimonio Uriu acompañó a Clé a ver la famosa casa. Desde el Club el grupito caminó durante algunos minutos hacia el norte, cruzando la entrada principal de la universidad y atravesando la calle que conduce al Pabellón de Plata (Ghinkaku-ji), famoso templo y jardín de Kioto. Más adelante pasaron por el portal de madera de un templo budista conocido con dos nombres. Oficialmente llamado Chion-ji (Templo de la Gratitud), pero popularmente conocido como Hyakumanben (Un millón de veces). En 1331 hubo en Kioto una peste que causó muchos muertos; el abad del tempo hizo repetir un millón de veces una célebre plegaria breve útil para la salud, cuyos mágicos efectos pronto se hicieron evidentes. Como recuerdo, el templo fue rebautizado “Un millón de veces”. En los países budistas la palabra “templo” no indica (como podría imaginar el lector occidental) un solo edificio, no es un paralelo de los términos “iglesia”, “mezquita”, “sinagoga”. Templo (tera o, como sufijo, ji) indica un vasto conjunto, un complejo de edificios y espacios libres, casi siempre ordenados como jardín. En el caso en cuestión, traspasado el portal de ingreso se presentó a los ojos de Clé un espacio cubierto de pedregullo al final del cual se alzaba el pabellón principal, flanqueado por otros edificios menores destinados a diversos usos. El conjunto pertenecía, como ya dije, a la secta Joodo, una de las principales en el panorama del Budismo japonés. El templo no era muy antiguo, como suele suceder hubo incendios y reconstrucciones (la última de 1662), pero los diseños originales se respetaron siempre rigurosamente, en cada ocasión. De alguna manera la madera del sagrado edificio había, con el tiempo, madurado, se había cocido, por así decirlo, adquiriendo una preciosa pátina de un marrón oscuro. Después de cruzar varios pabellones de Un millón de veces, el grupito llegó a un portal secundario sobre una callecita de pedregullo, flanqueada por casas bajas de impecable presencia tradicional, y por jardines rodeados por muros bajos bien arreglados donde florecían gardenias. “Esta es la casa” exclamó Miki Uriu, apuntando con la mano un edificio de aspecto neutro pero sólido, menos cuidado que las villas vecinas, con algunos árboles y un jardín desprolijo, cercado por un muro de la altura de un paseante. “Eximio Kami de las casas, gracias” murmuró Clé, sonriendo interiormente. “Una vez más lo has logrado, simpático truhán.” En verdad la casa bien podía calificarse de ideal, se parecía a aquella de la calle Once, abandonada hacía poco en Sapporo. Estaba concebida a la occidental, es decir con habitaciones con piso de madera, no con las esteras tatami a la japonesa, por lo tanto con sillas y mesas en el comedor, el salón y el estudio, y con camas en los dormitorios; incluso el baño era a la occidental. Además había una cómoda cocina y dos cuartos a la japonesa para la cocinera y los eventuales ayudantes domésticos. Malachite, apenas llegada de Tokio, se puso contentísima, y ¡sí que se había vuelto, con el tiempo, bastante difícil de contentar! Por las ventanas se disfrutaba de una vista que no tenía nada en común con aquellas dramáticas y espléndidas de la torre de Marsili o de Fiesole, pero que a su humilde y casta manera era exquisitamente carácterística del viejo Japón. Se ha dicho tantas veces que la arquitectura sino-coreo-japonesa es una obra de techos; los cuales se presentan con curvas medianamente acentuadas, medianamente elegantes. Se ha incluso supuesto que estas curvas venían del Norte, de la costumbre por parte de los nómades de hacerse las tiendas con pieles de animales y de sostener sus bordes con palos. En suma, de las ventanas se adivinaba, en medio de una dulce confusión de ramas de pino, la parte más alta del gran techo que cubría el pabellón mayor en el templo de Hyakumanben. Se adivinaban también, de abajo hacia arriba, los perfiles verdísimos de las colinas que limitan con Kioto al este, y que culminan en el Monte Hiei (843 metros). La localidad donde los Raimondi iban a instalarse se llamaba Asukai-choo, esto es “Barrio del Pozo de Asuka”. Asuka a su vez significaba “Pájaro que vuela”. En suma, completo significaba “Barrio del Pozo del Pájaro que vuela”. Nombre curioso, pero típico y pleno de referencias históricas. Hace miles de años, en la era Heian (794-1185) se llamaba asuka a ciertos cantos populares. El nombre fue adoptado por un poeta y campeón de kemari, (una suerte de pacato y ceremonial juego de balonpié), famosísimo en la sociedad elegante de su tiempo, quien lo transmite a sus descendientes, evidentemente establecidos en esa zona de Kioto. Era definitivamente un nombre altamente miyabiyaka, como le explicó Miki Urui a Clé, esto es “antiguo y gentil”. De Case, amori, universi, por Fosco Maraini (Mondadori, diciembre 1999). Traducción: Amalia Sato. ***********************************

3.15.2014

Niisan, texto publicado en la revista tokonoma 16,

NIISAN Por Amalia Sato El Museo de la Bomba Atómica de Nagasaki tiene dos entradas. Una invita a ingresar contorneando una fuente de agua circular que corre permanentemente derramándose sin una onda que altere su superficie y sin un murmullo – símbolo de la sed padecida por las víctimas -, atravesar luego un pasillo entre dos columnas dirigidas hacia el lugar donde cayó la Bomba, y a continuación pasar a una sala donde un libro enorme resguardado tras cristales registra los nombres de los fallecidos, lugar en el cual uno puede permanecer sentado y en silencio con una luz cenital. Una manera muy pertinente para prepararse al muestrario de objetos y fotos que hablan desde las vitrinas. Pero la mayoría de los visitantes (turistas…) evita este camino e ingresa directamente descendiendo de los micros, con guías que hablan en ruso, chino, ingles, francés, superponiéndose en desorden. Esta foto es lo último que se ve al final del corredor que lleva a la salida y muchos pasan sin detenerse ante ella. Pequeña y enmarcada sencillamente, de unos 15 x 20 cm, cerca del puesto de souvenirs y la puerta de salida. “Niño en el crematorio de Nagasaki ”. El muchachito de 7 u 8 años, descalzo, bien plantado lleva con elegancia su humilde camisa de algodón, con el pecho cruzado por unas tiras de tela, que sostienen al bebé regordete, el hermanito que lleva cargado a la espalda. Es un niisan, un hermano mayor. Nunca un cartel explicativo para una foto fue tan largo. Lo que ésta registra es el momento de la incomprensión, de la empatía ignorante: al fotógrafo lo captura ese niño bello, serio, derechito en medio del caos, llevando a un bebé que parece dormido; otro admirable hermano mayor haciéndose cargo de un pequeño, como tantos otros huérfanos, fatídicamente responsables, que empujan carritos o se refugian en las estaciones a la cabeza de grupos de niños de dos, tres o cuatro años. Aun ahora, en circunstancias totalmente diversas, en la vida cotidiana de un Japón moderno y sin apremios, los niños adquieren de golpe una independencia que llama la atención. Hasta hay un programa de tv que los sigue cuando van por primera vez a los seis años a la escuela, siguiendo las directivas de sus padres, desplazándose solos por la ciudad acechante, tomando medios de transporte a las horas pico. Tal vez como pocos, el director de cine Kore Eda captura esa repentina madurez y capacidad de supervivencia, y expresa al mismo tiempo una fe inmensa en los niños que logran actuar. Volvamos. Cuando entiende la escena, el fotografo norteamericano ya no puede seguir disparando su cámara: el niño desata las cintas y entrega el cuerpo, se inclina en una reverencia, vuelve a erguirse y se queda unos minutos, muy pocos, solo y en silencio, y dos hilos de sangre se deslizan de sus comisuras: tan tenso y tan exhausto, los labios, la lengua son almohadillas donde descargarse; otra reverencia y se pierde en medio de la multitud. “Quise consolarlo pero tuve miedo de que al hacerlo se desmoronara su fortaleza”, dijo el autor de la foto, Joe O’ Donnell (1922-2007). Había llegado a Nagasaki el 11 de setiembre, como sargento fotógrafo de los marines que llegaban para recoger prisioneros, después de la rendición de Japón, y permaneció por siete meses. Portaba dos cámaras, con una sacaba fotos personales cuyos negativos guardó por más de cincuenta años en un baúl cerrado con llave. Se casó con una japonesa, tambien fotógrafa, Kimiko Sakai, y tuvieron cuatro hijos. Su foto del niño del crematorio y otra de niños carbonizados sentados en una sala de escuela son las dos más mencionadas y, recién en 1995, se hicieron públicas. La figura de O’ Donnell que se desempeñó después como fotógrafo de la Casa Blanca es controversial y muy incómoda para los norteamericanos, alguna vez dijo que se animó a preguntarle a Truman sobre el porqué de las Bombas atómicas y que la respuesta le resultó ininteligible. Muchos lo criticaron por sus gestos tardíos, sus reclamos erráticos, y hasta lo acusaron de atribuirse fotos tomadas por otros como la de Roosevelt, Stalin y Churchill en la cumbre de Yalta o la tan famosa de John John haciendo la venia ante el paso del cortejo fúnebre de Kennedy. Es curioso, en todo caso, lo que hizo con ésta: la toma completa era de su colega Stan Steans (Jackie, figuras en el fondo, unos policías adelante, y el niño John John): O Donnnell recortó sólo al niño, derechito, con su tapado color pastel de doble abotonadura, haciendo el saludo militar (¿sugerido por su madre que algo le habia dicho al oído?). ¿Como en cinta de moebius, espejo asimétrico, reminiscencia fantasmal el negativo de 1945 de ese niño inolvidable, reflejado en esta otra, recorte, alteración falta de ética, pero sin duda, una “obra”, de otro momento crucial, raro efecto de una memoria agobiada que se apropia de la toma ajena, un acto que uno de los hijos de O Donnell justificará ante las acusaciones como una forma de extraña demencia? Y estas líneas, más para agregar al rodeo del cartel explicativo, en medio de las explicaciones de los guías, como prueba de que todo lo que pueda llegar a decirse sólo puede resultar nimio e inadecuado. Pero es un deber dar a conocer la foto de este niño. El silencio de cada uno de nosotros ante ella es un homenaje a su sufrimiento, su entereza, su belleza. La Universidad de Vanderbilt l publicó en 2008 Japan 1945. A US Marine’s Photograph from Ground Zero.

Ellos y Ellas, crónicas de Júlia Lopes de Almeida. Editorial Leviatán, Bs As, en traducción de Amalia Sato y con prólogo de la Dra Nadilza Moreira.

10. CUANDO ME ACUERDO… Cuando me acuerdo del escalofrío de susto que tuve anoche, al entrar con mi marido al saloncito privado del restaurante, me dan ganas de reír. Creo que me sonrojé, al ver la cara curtida del criado, cara de torero viejo, de la que no me olvidaré por el resto de mi vida. En el momento me preocupé por lo que este hombre pudiera pensar de mí; hoy me acuerdo de que en sus ojitos hinchados había menos malicia que cinismo, y tengo la convicción de que de mi persona nada quedó en su recuerdo. En todo caso este escrúpulo me sirvió de aperitivo para esa cena inesperada. ¡Era curioso que yo me preocupara con un criado! Si mi marido me exponía a comentarios era cosa suya, porque, en lo que a mí respecta, estando a su lado no era responsable por lo que pudieran pensar de mí. La ventaja de la compañía de los maridos es sobre todo ésta. Además, pobres de nosotras si no tuviéramos compensaciones… Al principio debía de parecer un poco confundida, no sólo por el recelo de ser juzgada de un modo injusto, sino porque cavilaba sobre el motivo que había llevado a mi serio y puritano marido a hacerme partícipe de esa sabrosa extravagancia … Como el lugar no se prestaba a elucubraciones complejas, me dejé dominar enseguida por el encanto de la novedad, lo cual es la sal de la vida, y me senté a la mesa, sintiendo que se deslizaba de mis hombros, en una caricia voluptuosa y lenta, mi cansada boa, ya con dos inviernos. ¡Pobre boa, cómo parecía comprender los deberes de aquel ambiente! Me saqué los guantes con un movimiento rápido y pinché una aceituna. En casa no me llaman la atención, pero ésas me parecieron excelentes, de otro origen, como si hubieran venido del sagrado Jardín de los Olivos, directamente hacia mí… Pinché otra, y otra, dándome prisa por entrar en aquella delicia de cena… ¿Y el pan? Creo que nunca comí pan tan bueno en mi vida, blanquito, tierno, un desafío a los mordiscos. Con las ganas de comer me vinieron también las de reír, las de parlotear como los niños. Me venían a la cabeza ideas originales, sentía que la garganta se me entumecía con las carcajadas. Me lancé a hablar de la comedia que acababa de ver, criticándola sin piedad. Era para mí el papel de la protagonista, lo habría hecho mejor que la insulsa que había actuado. No había ella estado a la altura, no tenía uñas de celosa. La idea de la inteligencia de las uñas para un papel de celosa dio cauce a mi hilaridad. Miré las mías; estaban muy afiladas. Si hay papeles que arañan, que hieren, que sangran, si bien de escoriaciones superficiales, aquél lo era. Convendría que las actrices entendieran que, no habiendo nada inerte en un cuerpo vivo, cada una de las partes que lo componen tiene su expresión elocuente y visible. Si lo supieran, no usarían nunca cabelleras postizas. El cabello muerto, en tanto no sea el caso de historias del otro mundo, es una estupidez intolerable; nunca se eriza, en una impresión de horror; nunca se desordena, languideciente en una conmoción amorosa, nunca se siente recorrido en cada hebra por la vibración de las sensaciones del individuo del que es parte… aparentemente; no puede por lo tanto sino resultar un estorbo a la plena irradiación intelectual y moral de una figura en las tablas. ¿Cuál era en este asunto la opinión de mi marido? Ni se dignó emitir opinión. Recorría el menu con mirada experta. Lo observé. ¿En verdad aquel hombre que allí estaba apoltronado, con sus lentes de oro, el cuello alto de la camisa que le luce con la barba rubia en pico, claro como un alemán, en una pose abandonada, tan diferente de su acostumbrada altivez de profesor catedrático, sería realmente mi marido?! ¿Y sería posible que un marido causara sorpresas agradables a su mujer, después de tantos años de matrimonio? ¿Por qué proceso milagroso, volví a pensar, habría el mío, siempre tan severo en cuestiones de recato, llegado a aquella tolerancia de llevarme, después del teatro, a comer ensalada de langosta y pechugas de perdiz, en un cuarto reservado, armado en un hotel para parejas sospechadas? Totalmente olvidada del resentimiento de esa mañana, cuando él armó un revuelo en la casa por la simple razón de haber encontrado una manchita casi imperceptible de anil en el borde un puño, ¡lo encontraba ahora encantador! Quien inventó la maldita moda de almidonar la ropa de hombre ha de estar todavía chillando en las calderas del infierno. Y que chille por muchos siglos todavía, como venganza de las esposas pacientes … Pero afortunadamente en ese momento el asunto no era la ropa blanca, y pinché otra aceituna, ansiosa por lo que todavía faltaba. Seguro de que yo elegiría mal los manjares, mi marido no me consultó y pidió platos y vinos a su gusto; mientras, yo aventuraba una apreciación sobre la última escena de la obra, que había irritado mi espíritu de mujer. En tanto las señoras no ejerzan en la platea el derecho de pataleo que compete a todo espectador, los comediógrafos terminarán siempre sus finales de acto adulando a los hombres. Nuestros tacones tipo Luis XV no tienen opinión a juicio de los autores teatrales, pero un día llegará en que ellos sepan retumbar para imponer algún respeto… Con esta idea me eché a reír, segura de que mi piedad nunca me permitiría tal violencia. Las mujeres consideran el ridículo como la mayor de las desgracias y es esta cualidad de respeto por la infelicidad ajena lo que hace que parezcan a veces menos agudas de entendimiento de lo que realmente son… Hablaba y me reía sola, como una máquina a la que hubieran dado cuerda, cuando las vulgares manos del criado me presentaron el plato de ensalada, a la que no le faltaba nada. ¡Y eso que es muy difícil que no le falte nada a una ensalada! Un poco de vino que a mi marido le pareció pésimo y que a mí me resultó delicioso naturalmente, porque el paladar de las mujeres es más fácil de contentar, aumentó mi deseo de reír. A mis oídos mis carcajadas tenían el sonido de la risa de una quinceañera; como si se quebraran dentro de mí ideas de cristal que se iban soltando, una tras otra… Mi deseo era levantarme de mi lugar, sostener con ambas manos las puntas del bigotazo colorado de mi marido y besarlo en la boca, en un largo y mudo agradecimiento por aquel regalo de la cena, ¡tan inesperado! Hacía media hora que hablaba sola. Fijó en mí con extrañeza sus claros ojos azules, masculló un monosílabo y sacó, de las misteriosas profundidades del bolsillo de su sobretodo, una hoja del periódico de la tarde, doblada en cuatro, que desdobló, y se puso a leer. Naturalmente, el criado se dio cuenta enseguida de que éramos marido y mujer… Y aunque parezca mentira, me sentí ahora humillada… Leía todo para sí, en silencio. Empecé a sentir que me faltaba algo en medio de eso… Observé de inmediato, con mirada aguda: ¿Flores? Había flores. ¿Manteca? La que había era soberbia. ¿Agua? Allí estaba la jarra. ¿Sal? Allí estaba el salero. El mantel era de lino, fresco; la servilleta bien lavada … ¿Qué sería? Llené de nuevo mi vaso, contuve mis ganas de reír; miré a mi marido. Estaba serio, con las cejas contraídas. Con una fisonomía que revelaba una gran concentración. Me sobresalté: - ¿Murió algún conocido? - ¡Vaya idea! – se dignó responderme. - Estás tan serio … ¡De qué se trata, dime! – supliqué. - De cosas que tú no entiendes ni te interesan. Política … Y volvió a sumergirse en la lectura. La ensalada se acababa; sólo unas hojitas reblandecidas flotaban en la salsa de la terrina. ¡El gas daba calor! El criado se había esfumado. Me desabotoné el cuello de la blusa y pensé que sería dulce que mi marido me viniera a besar el cuello … Al imaginar la escena, me reí de nuevo, me reí alto, reí tontamente. El me miró espantado: -¿De qué te ríes? - De nada … La ensalada estaba divina … - Es bueno que lo sepas; observa, para enseñarle a Emilia. Fíjate que Emilia está cocinando pésimamente, cada vez peor. Si sigue así, voy a cenar fuera de casa. Hoy no cené. ¿Lo notaste? No lo notaste: tú no ves nada. Pues mira: no hacer problemas un hombre por el sueldo o el dinero para gastos y verse mal atendido, es triste. Es triste … pensé yo también dentro de mí, sintiendo que se me escapaban, como por encanto, todo el apetito y todas las ganas de reír. Ahora él se solazaba: -Tu único defecto es no querer ver lo que se planea y lo que se hace en casa. Emilia, bien dirigida, sería aprovechable; no es estúpida. Enséñale, de lo contrario es como te dije y repito: me iré a cenar fuera de casa. Cuando llegaron las pechugas de perdiz estudié bien el plato, para describírselo a Emilia; pero sentí algo en la garganta que me impedía probarlo, lo cual no fue problema alguno, pues mi marido se comió las dos porciones, confirmando el buen sabor del manjar. Se resarcía de la mala cena. Limpiándose el bigote, mojado con vino, agregó con el modo más natural del mundo: -Tengo que llevarte a almorzar un día a un hotel, sólo para que veas lo que es un bife; allá en casa ¡ni siquiera la carne saben elegir! “Sólo para que veas lo que es un bife”… Esta frase banal quedó resonando en mi cerebro, hasta que mi marido me preguntó ya en otro tono: -¿Quieres postre? -No quiero nada más. -Entonces vamos a nuestra casita. Estoy ansioso por volver; verdaderamente no hay nada … pero ¿qué es esto? ¿Lloras? Te traigo al teatro, vengo contigo a una cena en uno de los mejores hoteles y donde pocos maridos traen a sus mujeres, no te falta nada y lloras. Realmente, eres incontentable. De haberlo sabido, habría venido solo. “Y yo no habría visto la ensalada para explicársela a Emilia”, pensé para mí, y después respondí, intentando dominar mi conmoción ridicularizándola un poco: -No lloro, la culpa es del vino. Se me subió a los ojos … Sabes, no estoy acostumbrada… Y me reí, me reí nerviosamente, me reí dolorosamente. Y él se reía también, ahora, abotonándome el cuello, colocándome sobre los hombros la boa abandonada, llevándome a casa como a una cosa inconsciente colgando de su brazo sereno, de su brazo protector…