3.15.2014

Niisan, texto publicado en la revista tokonoma 16,

NIISAN Por Amalia Sato El Museo de la Bomba Atómica de Nagasaki tiene dos entradas. Una invita a ingresar contorneando una fuente de agua circular que corre permanentemente derramándose sin una onda que altere su superficie y sin un murmullo – símbolo de la sed padecida por las víctimas -, atravesar luego un pasillo entre dos columnas dirigidas hacia el lugar donde cayó la Bomba, y a continuación pasar a una sala donde un libro enorme resguardado tras cristales registra los nombres de los fallecidos, lugar en el cual uno puede permanecer sentado y en silencio con una luz cenital. Una manera muy pertinente para prepararse al muestrario de objetos y fotos que hablan desde las vitrinas. Pero la mayoría de los visitantes (turistas…) evita este camino e ingresa directamente descendiendo de los micros, con guías que hablan en ruso, chino, ingles, francés, superponiéndose en desorden. Esta foto es lo último que se ve al final del corredor que lleva a la salida y muchos pasan sin detenerse ante ella. Pequeña y enmarcada sencillamente, de unos 15 x 20 cm, cerca del puesto de souvenirs y la puerta de salida. “Niño en el crematorio de Nagasaki ”. El muchachito de 7 u 8 años, descalzo, bien plantado lleva con elegancia su humilde camisa de algodón, con el pecho cruzado por unas tiras de tela, que sostienen al bebé regordete, el hermanito que lleva cargado a la espalda. Es un niisan, un hermano mayor. Nunca un cartel explicativo para una foto fue tan largo. Lo que ésta registra es el momento de la incomprensión, de la empatía ignorante: al fotógrafo lo captura ese niño bello, serio, derechito en medio del caos, llevando a un bebé que parece dormido; otro admirable hermano mayor haciéndose cargo de un pequeño, como tantos otros huérfanos, fatídicamente responsables, que empujan carritos o se refugian en las estaciones a la cabeza de grupos de niños de dos, tres o cuatro años. Aun ahora, en circunstancias totalmente diversas, en la vida cotidiana de un Japón moderno y sin apremios, los niños adquieren de golpe una independencia que llama la atención. Hasta hay un programa de tv que los sigue cuando van por primera vez a los seis años a la escuela, siguiendo las directivas de sus padres, desplazándose solos por la ciudad acechante, tomando medios de transporte a las horas pico. Tal vez como pocos, el director de cine Kore Eda captura esa repentina madurez y capacidad de supervivencia, y expresa al mismo tiempo una fe inmensa en los niños que logran actuar. Volvamos. Cuando entiende la escena, el fotografo norteamericano ya no puede seguir disparando su cámara: el niño desata las cintas y entrega el cuerpo, se inclina en una reverencia, vuelve a erguirse y se queda unos minutos, muy pocos, solo y en silencio, y dos hilos de sangre se deslizan de sus comisuras: tan tenso y tan exhausto, los labios, la lengua son almohadillas donde descargarse; otra reverencia y se pierde en medio de la multitud. “Quise consolarlo pero tuve miedo de que al hacerlo se desmoronara su fortaleza”, dijo el autor de la foto, Joe O’ Donnell (1922-2007). Había llegado a Nagasaki el 11 de setiembre, como sargento fotógrafo de los marines que llegaban para recoger prisioneros, después de la rendición de Japón, y permaneció por siete meses. Portaba dos cámaras, con una sacaba fotos personales cuyos negativos guardó por más de cincuenta años en un baúl cerrado con llave. Se casó con una japonesa, tambien fotógrafa, Kimiko Sakai, y tuvieron cuatro hijos. Su foto del niño del crematorio y otra de niños carbonizados sentados en una sala de escuela son las dos más mencionadas y, recién en 1995, se hicieron públicas. La figura de O’ Donnell que se desempeñó después como fotógrafo de la Casa Blanca es controversial y muy incómoda para los norteamericanos, alguna vez dijo que se animó a preguntarle a Truman sobre el porqué de las Bombas atómicas y que la respuesta le resultó ininteligible. Muchos lo criticaron por sus gestos tardíos, sus reclamos erráticos, y hasta lo acusaron de atribuirse fotos tomadas por otros como la de Roosevelt, Stalin y Churchill en la cumbre de Yalta o la tan famosa de John John haciendo la venia ante el paso del cortejo fúnebre de Kennedy. Es curioso, en todo caso, lo que hizo con ésta: la toma completa era de su colega Stan Steans (Jackie, figuras en el fondo, unos policías adelante, y el niño John John): O Donnnell recortó sólo al niño, derechito, con su tapado color pastel de doble abotonadura, haciendo el saludo militar (¿sugerido por su madre que algo le habia dicho al oído?). ¿Como en cinta de moebius, espejo asimétrico, reminiscencia fantasmal el negativo de 1945 de ese niño inolvidable, reflejado en esta otra, recorte, alteración falta de ética, pero sin duda, una “obra”, de otro momento crucial, raro efecto de una memoria agobiada que se apropia de la toma ajena, un acto que uno de los hijos de O Donnell justificará ante las acusaciones como una forma de extraña demencia? Y estas líneas, más para agregar al rodeo del cartel explicativo, en medio de las explicaciones de los guías, como prueba de que todo lo que pueda llegar a decirse sólo puede resultar nimio e inadecuado. Pero es un deber dar a conocer la foto de este niño. El silencio de cada uno de nosotros ante ella es un homenaje a su sufrimiento, su entereza, su belleza. La Universidad de Vanderbilt l publicó en 2008 Japan 1945. A US Marine’s Photograph from Ground Zero.

Ellos y Ellas, crónicas de Júlia Lopes de Almeida. Editorial Leviatán, Bs As, en traducción de Amalia Sato y con prólogo de la Dra Nadilza Moreira.

10. CUANDO ME ACUERDO… Cuando me acuerdo del escalofrío de susto que tuve anoche, al entrar con mi marido al saloncito privado del restaurante, me dan ganas de reír. Creo que me sonrojé, al ver la cara curtida del criado, cara de torero viejo, de la que no me olvidaré por el resto de mi vida. En el momento me preocupé por lo que este hombre pudiera pensar de mí; hoy me acuerdo de que en sus ojitos hinchados había menos malicia que cinismo, y tengo la convicción de que de mi persona nada quedó en su recuerdo. En todo caso este escrúpulo me sirvió de aperitivo para esa cena inesperada. ¡Era curioso que yo me preocupara con un criado! Si mi marido me exponía a comentarios era cosa suya, porque, en lo que a mí respecta, estando a su lado no era responsable por lo que pudieran pensar de mí. La ventaja de la compañía de los maridos es sobre todo ésta. Además, pobres de nosotras si no tuviéramos compensaciones… Al principio debía de parecer un poco confundida, no sólo por el recelo de ser juzgada de un modo injusto, sino porque cavilaba sobre el motivo que había llevado a mi serio y puritano marido a hacerme partícipe de esa sabrosa extravagancia … Como el lugar no se prestaba a elucubraciones complejas, me dejé dominar enseguida por el encanto de la novedad, lo cual es la sal de la vida, y me senté a la mesa, sintiendo que se deslizaba de mis hombros, en una caricia voluptuosa y lenta, mi cansada boa, ya con dos inviernos. ¡Pobre boa, cómo parecía comprender los deberes de aquel ambiente! Me saqué los guantes con un movimiento rápido y pinché una aceituna. En casa no me llaman la atención, pero ésas me parecieron excelentes, de otro origen, como si hubieran venido del sagrado Jardín de los Olivos, directamente hacia mí… Pinché otra, y otra, dándome prisa por entrar en aquella delicia de cena… ¿Y el pan? Creo que nunca comí pan tan bueno en mi vida, blanquito, tierno, un desafío a los mordiscos. Con las ganas de comer me vinieron también las de reír, las de parlotear como los niños. Me venían a la cabeza ideas originales, sentía que la garganta se me entumecía con las carcajadas. Me lancé a hablar de la comedia que acababa de ver, criticándola sin piedad. Era para mí el papel de la protagonista, lo habría hecho mejor que la insulsa que había actuado. No había ella estado a la altura, no tenía uñas de celosa. La idea de la inteligencia de las uñas para un papel de celosa dio cauce a mi hilaridad. Miré las mías; estaban muy afiladas. Si hay papeles que arañan, que hieren, que sangran, si bien de escoriaciones superficiales, aquél lo era. Convendría que las actrices entendieran que, no habiendo nada inerte en un cuerpo vivo, cada una de las partes que lo componen tiene su expresión elocuente y visible. Si lo supieran, no usarían nunca cabelleras postizas. El cabello muerto, en tanto no sea el caso de historias del otro mundo, es una estupidez intolerable; nunca se eriza, en una impresión de horror; nunca se desordena, languideciente en una conmoción amorosa, nunca se siente recorrido en cada hebra por la vibración de las sensaciones del individuo del que es parte… aparentemente; no puede por lo tanto sino resultar un estorbo a la plena irradiación intelectual y moral de una figura en las tablas. ¿Cuál era en este asunto la opinión de mi marido? Ni se dignó emitir opinión. Recorría el menu con mirada experta. Lo observé. ¿En verdad aquel hombre que allí estaba apoltronado, con sus lentes de oro, el cuello alto de la camisa que le luce con la barba rubia en pico, claro como un alemán, en una pose abandonada, tan diferente de su acostumbrada altivez de profesor catedrático, sería realmente mi marido?! ¿Y sería posible que un marido causara sorpresas agradables a su mujer, después de tantos años de matrimonio? ¿Por qué proceso milagroso, volví a pensar, habría el mío, siempre tan severo en cuestiones de recato, llegado a aquella tolerancia de llevarme, después del teatro, a comer ensalada de langosta y pechugas de perdiz, en un cuarto reservado, armado en un hotel para parejas sospechadas? Totalmente olvidada del resentimiento de esa mañana, cuando él armó un revuelo en la casa por la simple razón de haber encontrado una manchita casi imperceptible de anil en el borde un puño, ¡lo encontraba ahora encantador! Quien inventó la maldita moda de almidonar la ropa de hombre ha de estar todavía chillando en las calderas del infierno. Y que chille por muchos siglos todavía, como venganza de las esposas pacientes … Pero afortunadamente en ese momento el asunto no era la ropa blanca, y pinché otra aceituna, ansiosa por lo que todavía faltaba. Seguro de que yo elegiría mal los manjares, mi marido no me consultó y pidió platos y vinos a su gusto; mientras, yo aventuraba una apreciación sobre la última escena de la obra, que había irritado mi espíritu de mujer. En tanto las señoras no ejerzan en la platea el derecho de pataleo que compete a todo espectador, los comediógrafos terminarán siempre sus finales de acto adulando a los hombres. Nuestros tacones tipo Luis XV no tienen opinión a juicio de los autores teatrales, pero un día llegará en que ellos sepan retumbar para imponer algún respeto… Con esta idea me eché a reír, segura de que mi piedad nunca me permitiría tal violencia. Las mujeres consideran el ridículo como la mayor de las desgracias y es esta cualidad de respeto por la infelicidad ajena lo que hace que parezcan a veces menos agudas de entendimiento de lo que realmente son… Hablaba y me reía sola, como una máquina a la que hubieran dado cuerda, cuando las vulgares manos del criado me presentaron el plato de ensalada, a la que no le faltaba nada. ¡Y eso que es muy difícil que no le falte nada a una ensalada! Un poco de vino que a mi marido le pareció pésimo y que a mí me resultó delicioso naturalmente, porque el paladar de las mujeres es más fácil de contentar, aumentó mi deseo de reír. A mis oídos mis carcajadas tenían el sonido de la risa de una quinceañera; como si se quebraran dentro de mí ideas de cristal que se iban soltando, una tras otra… Mi deseo era levantarme de mi lugar, sostener con ambas manos las puntas del bigotazo colorado de mi marido y besarlo en la boca, en un largo y mudo agradecimiento por aquel regalo de la cena, ¡tan inesperado! Hacía media hora que hablaba sola. Fijó en mí con extrañeza sus claros ojos azules, masculló un monosílabo y sacó, de las misteriosas profundidades del bolsillo de su sobretodo, una hoja del periódico de la tarde, doblada en cuatro, que desdobló, y se puso a leer. Naturalmente, el criado se dio cuenta enseguida de que éramos marido y mujer… Y aunque parezca mentira, me sentí ahora humillada… Leía todo para sí, en silencio. Empecé a sentir que me faltaba algo en medio de eso… Observé de inmediato, con mirada aguda: ¿Flores? Había flores. ¿Manteca? La que había era soberbia. ¿Agua? Allí estaba la jarra. ¿Sal? Allí estaba el salero. El mantel era de lino, fresco; la servilleta bien lavada … ¿Qué sería? Llené de nuevo mi vaso, contuve mis ganas de reír; miré a mi marido. Estaba serio, con las cejas contraídas. Con una fisonomía que revelaba una gran concentración. Me sobresalté: - ¿Murió algún conocido? - ¡Vaya idea! – se dignó responderme. - Estás tan serio … ¡De qué se trata, dime! – supliqué. - De cosas que tú no entiendes ni te interesan. Política … Y volvió a sumergirse en la lectura. La ensalada se acababa; sólo unas hojitas reblandecidas flotaban en la salsa de la terrina. ¡El gas daba calor! El criado se había esfumado. Me desabotoné el cuello de la blusa y pensé que sería dulce que mi marido me viniera a besar el cuello … Al imaginar la escena, me reí de nuevo, me reí alto, reí tontamente. El me miró espantado: -¿De qué te ríes? - De nada … La ensalada estaba divina … - Es bueno que lo sepas; observa, para enseñarle a Emilia. Fíjate que Emilia está cocinando pésimamente, cada vez peor. Si sigue así, voy a cenar fuera de casa. Hoy no cené. ¿Lo notaste? No lo notaste: tú no ves nada. Pues mira: no hacer problemas un hombre por el sueldo o el dinero para gastos y verse mal atendido, es triste. Es triste … pensé yo también dentro de mí, sintiendo que se me escapaban, como por encanto, todo el apetito y todas las ganas de reír. Ahora él se solazaba: -Tu único defecto es no querer ver lo que se planea y lo que se hace en casa. Emilia, bien dirigida, sería aprovechable; no es estúpida. Enséñale, de lo contrario es como te dije y repito: me iré a cenar fuera de casa. Cuando llegaron las pechugas de perdiz estudié bien el plato, para describírselo a Emilia; pero sentí algo en la garganta que me impedía probarlo, lo cual no fue problema alguno, pues mi marido se comió las dos porciones, confirmando el buen sabor del manjar. Se resarcía de la mala cena. Limpiándose el bigote, mojado con vino, agregó con el modo más natural del mundo: -Tengo que llevarte a almorzar un día a un hotel, sólo para que veas lo que es un bife; allá en casa ¡ni siquiera la carne saben elegir! “Sólo para que veas lo que es un bife”… Esta frase banal quedó resonando en mi cerebro, hasta que mi marido me preguntó ya en otro tono: -¿Quieres postre? -No quiero nada más. -Entonces vamos a nuestra casita. Estoy ansioso por volver; verdaderamente no hay nada … pero ¿qué es esto? ¿Lloras? Te traigo al teatro, vengo contigo a una cena en uno de los mejores hoteles y donde pocos maridos traen a sus mujeres, no te falta nada y lloras. Realmente, eres incontentable. De haberlo sabido, habría venido solo. “Y yo no habría visto la ensalada para explicársela a Emilia”, pensé para mí, y después respondí, intentando dominar mi conmoción ridicularizándola un poco: -No lloro, la culpa es del vino. Se me subió a los ojos … Sabes, no estoy acostumbrada… Y me reí, me reí nerviosamente, me reí dolorosamente. Y él se reía también, ahora, abotonándome el cuello, colocándome sobre los hombros la boa abandonada, llevándome a casa como a una cosa inconsciente colgando de su brazo sereno, de su brazo protector…

Edén; propuestas para primavera. Texto publicado en la revista barzón

Edén: propuestas para primavera Por Amalia Sato Ordenar la naturaleza para convertirla en un jardín. Con sutiles artificios lograr efectos sobre la inestable material vegetal. ¿Jardín como micropaisaje, con su topografía a pequeña escala? Templetes, pérgolas, parterres, estanques, grutas, ruinas, puentes, cercos, rocas, senderos, todo vale. ¿La escenografía que juega a la geometría de los tapices o las alfombras, o la que aspira a la engañosa naturalidad, para el vagabundeo poético o el encuentro bajo la luz exacta en el entorno calculado para el diálogo inolvidable? ¿Jardín con sus focos oscuros de matorrales y sombras que convocan al lado demoníaco del universo boscoso? En todo caso, la mitología consiente también este aspecto siniestro: la ninfa Clovis perseguida por el dios del viento, termina metamorfoseada en Flora, a quien Céfiro este amante ardiente y violento premia con un jardín donde reine la primavera eterna, o la joven Proserpina raptada por Hades y alejada de su madre Démeter que sólo retorna por poco tiempo. Si el terreno es enorme y ostentación de aristócratas o acaudalados, no importa tanto el entorno, pues el jardín o parque alcanza dimensiones de paisaje, pero cuando está acotado, qué interesante el recurso de la escenografía prestada, borrowed scenery o shakkei en japonés: los elementos del exterior que pueden ser tanto la copa de un árbol o un templo o un palacio a lo lejos, por qué no una montaña, o nubes o estrellas, formando parte como fondo, más allá de los límites del encierro perfecto. Apasionantes personajes y sabios son los diseñadores de jardines y parques. Sólo por citar a algunos: el máximo creador de esa maravilla que ya no puede leerse sino como campiña sin historia, el jardín inglés, anticipo estético de las futuras aspiraciones libertarias versus el absolutismo del jardín versallesco, se apodó Capability Brown (1716-1783) pues decía que “sus jardines tenían notables capacidades”; el inmenso Carlos Thays (1849-1934) creador de la sombra de Buenos Aires, “al acecho de todos los rincones en que fuera posible tender verdores y sembrar corolas entre árboles propicios”, honró los árboles nativos en proyectos del urbanismo más elegante ; Roberto Burle Marx (1909-1994), el gran paisajista nacido en Recife descubrió la belleza de la flora tropical en el Jardín Botánico de Berlín y a partir de entonces enalteció las especies nativas en sus obras, que son íconos de la modernidad brasileña; el contemporáneo Gilles Clément (1943) propone jardines en movimiento y la planetización del concepto jardín, es decir, la construcción de un Edén global, como lugar de acumulación de lo mejor: frutas, flores, árboles, arte de vivir, pensamientos diversos propios del (no en vano es francés) Tercer Estado – cuyos proyectos revolucionarios desde 1789 siguen sin cumplirse en su plenitud. Y si recordamos que Edén, palabra hebrea de origen acadio, en realidad significa placer, propongamos generalizar este ritual: a fines de marzo y abril en Japón los cerezos florecidos son el centro de una orgía soft, la ceremonia hanami – literalmente observación floral -; observarlos y dejarse envolver por su aroma, su sombra, la leve caída de los pétalos, festejando con picnics bajo sus copas o caminando con los ojos en alto, entregados a la inmersión en un mundo rosa, blanco, leve, efímero, en los parques públicos y en comunión maravillada con los otros, ¡qué mejor reverencia que ésta a las ninfas y diosas de la primavera!

Shizu Saldamando, A propósito de Gato y Carm, pintura sobre fondo dorado.

Shizu Saldamando National Portrait Gallery del Smithsonian Asian American Literary Review - por Amalia Sato Un biombo dorado con cuatro hojas. Un biombo lujoso con su borde entelado y una pareja de jóvenes que se besan. Pero la parejita ¿está pintada en la segunda hoja de la derecha como una ilustración moderna sobre la superficie de un mobiliario suntuoso o el biombo es un fondo y son protagonistas de la escena? ¿Truco visual o verdad del corazón? Cuando una visión es una lectura. Son protagonistas. El biombo es sólo dorado y funciona a la manera de un añoso espejo de bronce. Los amantes tienen cabello negro, lacio; pueden ser latinos, pueden ser orientales, o latino-orientales. ¿Ella y un muchacho con los ojos maquillados?, o... Ella lleva un saquito color verde militar, él una campera negra. Las manos de él toman a la muchacha de la nuca, reposan en su cadera. Jóvenes estilizados, mestizos, new half. Orgullosos del j pop, de la soltura de las cultura tecnológica; bellos, altos y delgados. Como los que circulan por Tokio con marcha desmañada y atractiva, desplazándose por la ciudad de los neones, a través de los puentes peatonales elevados con una silenciosa energía negligée, sorprendiendo con esa capacidad que esgrimen sin aviso por retomar la suavidad de las viejas maneras. Se besan escandalosamente en Tokio Midtown entre torres de cristal, cerca del museo del siglo XXI de Issey Miyake. Pero también se besan en el Bairro Liberdade de Sao Paulo, después de salir de una sesión de karaoke, o en el hall de la sala Lugones del Teatro San Martín en Buenos Aires, durante un ciclo de cine como el de Ko Nakahira que se proyecta en estos días. ¿O se besan, ocultos tras el biombo alquilado que la empresa de organización de eventos coloca en la recepción del salón, porque van a trabajar él como dj y ella como maid kissa en una fiesta temática en California? Biombo. El término le llega al español desde el portugués que a su turno lo adoptó del japonés. Esas naves que surcaban los mares en el siglo XVI globalizando todo lo que conectaban. Byoo bu; byoo igual a protección, bu igual viento. Hay quien asegura que el gusto por el dorado en Japón estuvo muy influido por los rituales religiosos cristianos. Ya durante la época Heian, las damas de la Corte se ocultaban detrás de biombos bajos y se hacían identificar por el gusto que denotaban las capas de sus vestidos superpuestos en la boca de sus mangas. Las cajas de cartón en los refugios con que separaban, para otorgar una mínima privacidad, los espacios de las víctimas del terremoto de marzo de 2011 tenían la misma altura de estos biombos palaciegos que servían al coqueteo cortesano. Dicen que aparecieron mariposas Lycaenidae mutantes, con alas horrorosas, como polillas gigantes, en el área de la central nuclear de Fukushima. Lo publicó ayer, 14 de agosto de 2012, un diario en Buenos Aires. Cuatro hojas de esplendente brillo y una pareja de adolescentes que se besa. Mientras, una mariposa aletea detrás del biombo.

Verano. Ceremoniales del verano. Ultima colaboración en la revista Barzón

Barzón. 31. Ceremoniales del verano Por Amalia Sato El solsticio, inicio del verano, en nuestro hemisferio sur tendrá lugar el 21 de diciembre a las 17.33 y ningún festejo en especial se prevé para la fecha. En cambio en el Hemisferio Norte se lo celebra con fiestas de fuego, rebautizadas la Noche de San Juan por el Cristianismo, de modo que los 21 de junio allí son días notables. Desde hace cinco mil años en muchas culturas el encuentro alrededor de las llamas para saltar y bailar y purificarse, la quema de muñecos para que se lleven todo lo malo y los ritos de fertilidad, simbolizan el poder del Sol y son la expresión de un deseo de colaboración humana para que el astro renueve su energía ese día, considerado una “puerta” a grandes cambios en los antiguos mitos griegos. ¿Será que la exaltación del esplendor solar continúa, podríamos decir, en el culto a albercas o piscinas? En ese caso el afiche perfecto podría ser A Bigger Splash de David Hockney (1967), pintura que con su trampolín, el azul eléctrico del agua sacudida y la implacable luz californiana sin sombras y su protagonista invisible es un ícono del ocio acuático privado. “Me llevó dos semanas pintar un evento que dura dos segundos” dijo su autor, con una frase breve como ese haiku que convoca a la rana innombrada que se lanza a un viejo estanque en el poema del poeta japonés Bashoo. Sin duda, lo del estío como momento de la abundancia cosechada, se revela en que sea tiempo de gazpacho, vichyssoise y sangrías y, como anuncian los folletos turísticos, estación de los festivales de la vendimia, el lino, el lúpulo, el sol, el salmón, la Pachamama, la fruta fina, la cereza o el curanto. Este último plato, propio de la culinaria mapuche, un manjar que emerge de la tierra humeante, preparado en un hoyo cubierto de piedras calientes, resume bien este esplendor. Pero la fruta reina de la saison es claro la sandía, o paitilla, o aguamelón, fruto desmesurado y feliz; por su rojo y verde tan mexicanos, Rufino Tamayo y Frida Kahlo la homenajearon y Frida la tomó como protagonista de su último cuadro de 1954, con la leyenda Qué bonita es la vida cuando nos da sus riquezas. También otro artista pero del movimiento boquense, Luis José Pisano, en cuya memoria quedaron grabadas las playas de su Ischia natal con voluptuosas sandías partidas al sol, reverenció con tal pasión el tema que mereció ser llamado pintor de sandías. En fin, ¿será que si buscamos la asociación de verano y fuego, hasta en las noches de fiesta estivales, con su mobiliario lounge de puf, sillones blancos y mesitas para la acción relajada e indolente, iluminada por velones aromáticos, o en los bares que con sus estanterías iluminadas convierten a las botellas en gemas coloridas como llamas en composé con la musicalización chill out, o en las juveniles guitarreadas en la playa alrededor de ramas crepitantes iluminando rostros bronceados, quizá haya un resto de los ceremoniales que buscan la purificación en la llama, en honor del sol en su cenit?