5.20.2009

Cristianos en Japon

El siglo cristiano en Japón: de la fascinación por los arcabuces al mundo flotante de Edo.
Por Amalia Sato


Hubo un siglo cristiano

La cultura y la identidad de las islas que hoy conforman Japón se fue gestando a lo largo de siglos, a través de una sucesión de aperturas y cierres: hacia China de quien la herencia más preciada fue la escritura, hacia Corea de donde llega la cerámica. Para el narcicismo europeo y norteamericano la acelerada occidentalización. que se inicia en la era Meiji, con los golpes de aldaba del comandante Perry a la puerta del régimen feudal Tokugawa, para obtener, entre otras cosas, bases para las naves balleneras, es el turning point que se impone.
Como gran parte de la reflexión sobre la historia de Japón responde a la visión de estudiosos sajones y protestantes, queda desdibujada la importancia del primer contacto que los japoneses tuvieron con Europa, el cual fue con los portugueses y los españoles, amén de que por haber sido Japón el único país que expulsó a los cristianos, esta singularidad no resulta convenientemente analizada.¿Un siglo cristiano que influyó en el rígido mundo premoderno con sus cuatro clases inamovibles, donde al mismo tiempo existía una suerte de mundo paralelo en las grandes ciudades, con la cultura de los comerciantes que se permitía su efímero goce en el mundo flotante? .
El jesuita San Francisco Xavier, amigo de Ignacio de Loyola, cofundador de la Orden, había sido convocado por Juan III de Portugal a Goa, adonde llega en 1541 pasando luego por Ceilán y Malaca. El arribo casual de un barco portugués a Tanegashima en 1543 es el primer registro de esta apertura a un nuevo mundo. En 1547 desembarca en Malaca un japonés llamado Yajiro, de Kagoshima (actual isla de Kyushu, la más meridional), que es bautizado en Goa y se convierte en el primer converso japonés. Cuando en 1549 Xavier, con Yajiro, dos amigos de éste y dos jesuitas españoles desembarquen en Japón se inicia oficialmente una etapa de mutuo deslumbramiento. Xavier queda impresionado con los japoneses: los ve blancos, sofisticados, ve que sus intérpretes aprenden rápidamente el portugués , y que él a su vez los capta empleando terminología budista.
A los japoneses les encantan los nambanjin (los bárbaros del sur, como llaman a los portugueses), sobre todo los comerciantes con sus ropas lujosas, a tal punto que surge un arte namban que los representa o calca sus objetos: sus vestidos coloridos, sus barbas, los rosarios, las espadas, sobre todo sus armas de fuego. Los arcabuces se convierten en inmediato centro de interés y veinte años después del primer desembarco los locales los producirán con mayor perfección y en serie. El Occidente cristiano se pone de moda: vestir trajes occidentales, colgarse un rosario o decir palabras en portugués o español, son rasgos de distinción. Los ojos se van tras las lanas, los terciopelos, los vidrios tallados, los relojes, los pantalones abuchonados, los sombreros con bordes de piel de tigre, la combinación de estampados japoneses en las vestimentas y los zapatos chinos. La apetencia por novedades no cesa, respondiendo a una tendencia mimética tantas veces señalada como un rasgo japonés: la capacidad de absorber y modificar. Los extranjeros aparecen representados en los biombos namban, con la técnica de los pintores de la escuela Kano: están las características nubes para crear sensación de vuelo, religiosos en la esquina superior derecha, un barco a la izquierda y, avanzando desde ambos costados, la procesión de comerciantes y la de religiosos. Por otra parte, la pintura religiosa europea despierta curiosidad y se la imita. Se incorpora el óleo. Al pueblo le gustaban estas escenas de la vida cotidiana: un atisbo de observación para un realismo popular que será característico del período Edo, en el grabado ukiyoe.
A veces se producen cortocircuitos, como en la audiencia de 1550 de Xavier con el daimyo de Yamaguchi: ¿la apariencia deslucida del padre, su discurso intemperante hacia las relaciones sexuales entre varones, la vehemencia en la exposición de la doctrina? En 1563 se bautiza el primer daimyo, para 1579 ya hay seis cristianizados, y en 1582 parte hacia Roma, para regresar recién en 1590, una comitiva con cuatro muchachos bajo la custodia del jesuita Alessandro Valignano que será recibida por Felipe II y el Papa Gregorio XIII. Algo a señalar es que el número de padres jesuitas no alcanzaba a los diez en 1564, lo cual prueba su arte en la administración del poder.
En 1571, Nagasaki ya es puerto internacional y, en 1580, parte de su territorio le ha sido cedido a la orden jesuita. Se calcula que un 2 ó 3 % de la población estaba convertida al cristianismo. Los misioneros entraban en relación con las clases dirigentes en términos intelectuales, y actuaban como intermediarios de los comerciantes portugueses. Precisamente una de las disputas que tendrán los jesuitas con los franciscanos será sobre la preferencia de los primeros por las élites y la elección de los segundos por los humildes. (Los protestantes copiarán cuando ingresen en el siglo XIX el modelo jesuita) .


Importaciones culturales. Okuni y el surgimiento del teatro Kabuki

La lista de importaciones culturales es inmensa, y colma las apetencias del paladar y de nuevos goces, así que recitarla es un ejercicio positivo: la batata, el zapallo, la imprenta, el shamisen de piel de serpiente traído desde las islas Ryukyu – instrumento de cuerdas cuyo sonido agudo e impertinente será el acompañamiento plañidero de los parlamentos en el teatro kabuki y de muñecos –, los naipes (karuta) según la versión portuguesa de 48 cartas y 4 palos, el tabaco – apreciadísimo como regalo por los monjes zen -, los pimientos, las especias, el pan, las frituras (en su versión tempura de masa aligerada), los rosarios, los pendientes, los calzones, los pantalones, los confites (los konpeito blancos y rosas como pepitas de cristales con púas limadas). También la balanza, y objetos de mobiliario como contadores, escritorios, baúles, tableros, juegos de mesa, biombos, sillas, estribos, estuches para sables. Y sobre todo la imprenta que estuvo en actividad durante 25 años . Y hasta algunos agregan, con cierto riesgo pero es algo que se sigue repitiendo, la palabra “arigato” (gracias), deformación posible del “obrigado” lusitano.
El deslumbramiento por el lujo se desliza del dorado de las empuñaduras o los espejos, y del irisado de cajas taraceadas con marfil o nácar del arte namban, a las producciones de la extrovertida época (Azuchi Momoyama para la historia del arte, 1568-1600) con su cálculo de lo espectacular, el uso de los dorados, el trabajo sobre emblemas de autoridad, el despliegue de biombos, las pinturas a gran escala con mucho color y detalles de efecto metálico.
Pero un dato que no debe dejarse pasar por alto es que este siglo cristiano coincide con guerras continuas entre los clanes, y un gran desorden social, donde “los de abajo” adquirían una capacidad de movilización antes desconocida, y los de arriba veían peligrar sus alianzas de continuo. El término que designa este torbellino es gekokujo. No debe extrañar que simultáneamente a esta efervescencia cosmopolita se vaya perfilando un fenómeno cultural que aúna el canto, la danza y las destrezas corporales, y con tal fuerza y con tal capacidad de resistencia y mutación, que acabará cristalizándose en género teatral. Hacia 1600 aparecen compañías de muchachas con dotes casi circenses, que visten como hombres y llevan el cabello corto. La más célebre de estas danzarinas, Izumo Okuni, se mostraba a orillas del río Kamo. Su actitud desafiante se caracterizó con el término kabuku, el cual designaba la capacidad de ser excéntrico, licencioso, tener gusto por lo insólito o lo erótico, y la marcha inclinada, torcida, contoneándose. Muchos individuos con esta filosofía de vida, los kabukimono, se agrupaban en bandas vistiendo de modo llamativo, posando con petulancia, ostentando sables exageradamente largos, entremezclando hebras de colores en su cabellera. Uno de los cabecillas más conspicuos, Oshima Ippei, había escrito en la hoja de su espada: “¿Acaso ya no he vivido demasiado para mis 25 años?”. Por la irritación que estos jóvenes despertaban los apodaban “espinas” (ibara). Un personaje que armonizaba con sus energías era el espadachín aspaventoso. De modo que contemporáneos de las prédicas misioneras eran el grito de pandillas que coreaban: “Comportémonos licenciosamente”, y el silbido de filos de acero. Curioso damero de situaciones.
Las zonas donde los rosarios y los crucifijos se multiplican son los puertos del sur: Kagoshima, Hirado, Fukuoka, Nagasaki. Todo favorecía la importancia de los comerciantes, como los de Sakai, cerca de Osaka, que iban adquiriendo un status inédito. Kioto también era centro importante de difusión del cristianismo, pero donde el mapa se colorea es Kyushu :con 200 iglesias y 150.000 convertidos, era territorio de contactos, que perderá su particular identidad sometida por el poder central.
Esa energía modificadora se trasladará al oeste, a la región de Kamigata durante la era Genroku (1688-1704), para volverse burocracia y poder definitivamente centralizado durante el siglo XIX (durante las eras Bunka-Bunsei, de 1804 a 1830) alrededor de Edo (hoy Tokio). La folclórica división Kansai-Kanto, Osaka-Tokio (en términos actuales), con idiosincrasias invertidas: el mundo de lo dulce frente a lo salado, la comedia y el humor contra el drama y la seriedad, el comerciante contra el burócrata, la gracia de lo femenino frente a la virilidad, estructural y persistente, innegablemente refleja formaciones bien diferentes, y es todavía absolutamente vigente.

¿La ceremonia del té, comunión espiritual influida por la misa cristiana?. Sen no Rykyu, el primer diseñador moderno

Uno de los personajes clave de esta época, el que revolucionó el concepto de lujo, tal vez el primer diseñador moderno por la síntesis de sus conceptos, es Sen no Rykyu, el maestro de ceremonia de té, el oficiante que sirvió primero a Oda Nobunaga (favorecedor del cristianismo) y luego a Toyotomi Hideyoshi (un genio militar, parvenu deseoso de prestigio social, pequeño de estatura que usaba ropas de mayor talle y bigotes para impresionar). Suele presentárselo como a un practicante del rigor de la estética wabi-sabi – el gusto por los materiales simples, el despojamiento, lo gastado -, pero lo cierto es que su figura es mucho más compleja: por empezar, provenía de un grupo de ricos comerciantes que constituían una comunidad con su propio gobierno (eran los egoshu), era un vigoroso hombre de Osaka, que dispuso ceremonias que sorprenderían a los más que ortodoxos seguidores actuales de esta disciplina, y que aceptaba la “Habitación de Té de Oro” de su patrón, en la que todas las superficies destellaban, o su capricho de forrar con pieles de orangután blanco un recinto para la ceremonia. En 1585 ofició una suntuosa ceremonia para que Hideyoshi impresionara al Emperador Ogimachi, y en 1587 otra en el templo Kitano igualmente ostentosa: muchos insinúan que la solemnidad y el rito del cáliz de las misas católicas lo inspiró y que en su concepto de yoriai o comunión espiritual entre los participantes también se ha filtrado más de un dato cristiano.

Conflictos y expulsión. La Inquisición japonesa

Pero a partir de 1587 empiezan los problemas. Se prohíbe por decreto el Cristianismo, medida que demora en cumplirse, mientras la llegada de los frailes franciscanos españoles y su modalidad impetuosa de evangelización aviva la rivalidad con la orden jesuita. Huelga decir que los monjes budistas se veían amenazados por cruzadas que quemaban sus imágenes y libros y destruían sus santuarios. Que actuaran de facto en lo que les correspondía de jure fue aumentando las dificultades de los misioneros. Un incidente en 1596 con el encallamiento del barco San Felipe, al cual se le confisca la mercadería, va caldeando los ánimos. En 1597 mueren martirizados 26 católicos en Nagasaki, entre ellos un mexicano (a quienes una pintura mural homenajea en la catedral de Cuernavaca en México, adonde la noticia del episodio llega con el galeón de Manila, también llamado la nave de Acapulco). Pero a pesar de estos hechos la expansión continúa y se incorporan 300.000 nuevos adeptos. En 1622 52 creyentes mueren en la hoguera, dos años después otros 50 en Edo. Los martirizados ascienden a unos tres mil. Treinta misioneros son ejecutados en 1633. En 1637 se produce un levantamiento de 30.000 campesinos, inspirados por inquietudes milenaristas cristianas, en Shimabara – actuales Nagasaki y Kumamoto - (el cristianismo con su énfasis en el individuo, el perdón por la confesión, la función social) -, y a quienes el gobierno aplasta en batallas crudelísimas. Según muchos esto aceleró la decisión de expulsar a los misioneros – convertido el cristianismo en cuestión de Estado – y de dar el monopolio del comercio a la Compañía Holandesa de las Indias Orientales. A medida que avanza la unificación bajo el poder centralizador del Bakufu, va perdiendo terreno la prédica cristiana – el comercio ha cambiado sus rutas, y la intromisión cristiana es temida por disolvente, sospechada por presuntos deseos de conquista territorial, datos alentados por los protestantes holandeses y los comerciantes ingleses.
En 1640, en este juego de espejos, se establece la Inquisición japonesa (Kirishitan Shumon Aratame Yaku), que para cumplir su objetivo de eliminación, se vale entre otros procedimientos del efumi - hacer pisotear imágenes sagradas a los supuestos rebeldes -, y también del exilio a lugares remotos, la tortura, la prisión . En 1649 un decreto da fin a la convivencia entre misioneros y daimyo, y durante dos siglos un cristianismo oculto va sincretizando datos del budismo o del shintoismo. Para 1660 no hay cristianos visibles, pero hasta 1792 continuarán activas las comisiones inquisitoriales, y como control todos deben poseer un certificado de afiliación a un templo budista. A las puertas de la era Meiji, en 1865, un grupo en Nagasaki se identifica públicamente como “cristianos ocultos” (kakure kirishitan) que han mantenido su fe por más de 200 años. De los 60.000 que se calcula que existían allí, sólo la mitad acepta incorporarse a las prácticas de la iglesia católica reinstalada.

Conclusión

El siglo cristiano fue mucho más que arcabuces, tabaco y oraciones. Se instaló en la época de la guerra continua (la era sengoku) y terminó con el país cerrado a los contactos foráneos (salvo los holandeses, la era sakoku). Con Ieyasu se inicia una xenofobia, que apelará a la ética confuciana para disciplinar dividiendo a la población en clases-castas, de acuerdo a las ocupaciones, y que en el período Edo desplegará todo tipo de artilugios para contener las energías deseosas de cambios y cansadas de injusticias. Pero sin duda ese cosmopolitismo cristiano que tuvo sus rasgos de gozoso deslumbramiento durante los siglos XVI y XVII, y esa insistencia en la conciencia individual influyó en el mundo de color del kabuki, el ukiyoe, el teatro de muñecos, sostenido por la cultura de los comerciantes que bien sabían del flujo entre dinero y placer en este mundo terrenal, y que habían conocido la energía del modelo de los navegantes más audaces que arribaron a la Pestaña del Mundo, partiendo de un minúsculo reino de Europa. De modo que la hipótesis que arriesgamos es que el período Edo, considerado el más japonés por su aislamiento, no habría sido lo que fue sin el impulso que el comercio y la prédica de portugueses y españoles dieron a un capitalismo urbano que resultó ultrasofisiticado.
Si pensamos que en el siglo XIX el furor por el Japonisme - una de las entradas más espontáneas y felices que una cultura haya tenido en otra - se embelezará con los ukiyoe, y dará lugar a la modificación más notable del arte occidental desde el Renacimiento, no podemos dejar de admirarnos de la potencialidad de un continuo pase de influencias.

1 comentario:

  1. Excelente información para mí como desconocedor de la historia japonesa, pero interesado en las interconfluencias culturales. Le felicito.

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