5.02.2009

El mundo de las azaleas entre las rocas


libros

Domingo, 21 de Septiembre de 2003

Por Amalia Sato

Durante el período Edo (1600-1868), Japón mantuvo un contacto muy selectivo con el mundo exterior. Es la era de las grandes ciudades y del nacimiento de una cultura premoderna, urbana y popular, que es lo más atractivo aún para Occidente. Este mundo de Sakoku (literalmente, “país cerrado”) tuvo su momento de esplendor en la era Genroku (1688-1703). A esa etapa de irradiaciones culturales inéditas pertenece Hirayama Tôgo (1642-1693) –o en sus apodos literarios Ihara Kakuci (Grulla Eterna), también Iharu Saikaku (Grulla del Este) o Saihô (Fénix del Oeste)–, quien sería, junto con el poeta Bashô y el dramaturgo Chikamatsu, uno de sus autores más notables.
El paso del mundo medieval (chûsei) al moderno de Edo (kinsei, según la división de los historiadores japoneses) registra dos cambios importantes: por un lado, el desarrollo de las ciudades –Edo, Kioto y Osaka–, con toda la complejidad de la circulación de los grandes centros urbanos, con lugares de entretenimiento y ávidas audiencias; por otro, la división de la sociedad en tres clases: guerreros, campesinos y comerciantes/artesanos, en ese orden de jerarquía. El rasgo notable es el desarrollo de la cultura urbana chônin, con sus ideales hedonistas y su conceptualización de modos de vida alternativos que reformulaban el concepto de lo tradicional y fundaban un modo ya anticipadamente moderno. Refinado florecimiento cultural y sostenido bienestar económico, con rasgos epicúreos que anunciaban el dinamismo de la modernización Meiji (1868-1912).
En esa sociedad bien estamentada, se aceptaban sin censuras las relaciones amorosas entre hombres, un tipo de preferencia que se denominaba nanshoku: nan (color, atracción, representado con el carácter iro) / shoku (varón, otoko). En la filosofía budista, el mundo percibido por la mirada era motivo de un deseo que obstaculizaba el avance en el camino de la iluminación, pero con una potencia que creaba el ámbito para el placer erótico, a través de elementos físicos y emocionales que actuaban como formas distractivas y amenazantes. La vía de realización más codificada de estas relaciones entre hombres era el shudô (lit.: el camino por los jóvenes), una relación asimétrica, pautada por un discurso ético y estético, originada en las relaciones de los monjes budistas, y que se había traspasado a los samurai. Iro, el término clave, no distinguía el amor físico del mental; koi era un sentimiento unilateral de adoración que no esperaba correspondencia (Ai, el amor recíproco, es un ideal que se difunde con la modernización Meiji).
Se considera a Kûkai (774-835), fundador de la secta Shingon, el patrono del amor entre hombres, pues se le atribuye la introducción de la modalidad nanshoku luego de su estadía en la China Tang en 806. Kûkai y el Monte Koya, sede del templo central, se convirtieron así en símbolos. Los jovencitos que servían de compañía a los monjes eran adorados como encarnación de Bosatsu Kannon, y a menudo se los designaba como chigo daishi (niños divinos). En las historias sobre sus relaciones, la muerte o separación llevaba al sentimiento de mujô (inanidad de la vida), el cual conducía a la iluminación (hosshin), iluminación que era un fin mucho más valioso que la felicidad mundana.
Durante los siglos XV y XVI, los misioneros jesuitas portuguesas ya se habían sorprendido ante la naturalidad de lo que prejuiciosamente calificaron como sodomía. Hay testimonios de Juan Fernández (1526-1567), de Alessandro Valiguano (1539-1606) y de Francisco Javier (1506-1552), que condenaban las preferencias de los daimyo, convencidos del carácter diabólico del budismo y de la necesidad de conversión. La lista de famosos incluía a muchos hombres del poder: Ashikaga Yoshimitsu, Oda Nobunaga, Toyotomi Hideyoshi, Ieyasu, Tsunayoshi, Iemitsu. Este tipo de relaciones estaba reconocido de manera tan abierta que hasta se celebraba el Festival del Crisantemo (el 9 de septiembre), en honor del joven poseído, con elbotón de crisantemo como símbolo del ano. En 1614 se produce la expulsión de los cristianos por Tokugawa Ieyasu, hecho que sin duda influyó en el rumbo original con que se desarrolló el homoerotismo.
En un libro muy popular, Dembu Monogatari (Historia de un patán del campo, 1624-43), se argumentaba a favor de los muchachos y sus mayores méritos frente a las mujeres como compañeros sexuales. Eran también usuales los debates, donde se juzgaba a los expertos en el amor por los hombres como dotados de un discernimiento culto, comparados con aquellos que preferían a las mujeres, a quienes se designaba como yabo (rústicos), si bien lo que generalmente se intentaba comprender era la complementariedad más que la oposición entre ambos modos. Y se admitía con naturalidad que los senderos eróticos podían recorrerse en diversas direcciones, sin elecciones definitivas e inflexibles. La vía de los jóvenes se consideraba un camino –persistente ideal estético medieval– cuya disciplina física y espiritual implicaba especialización, transmisión, normativas, universalidad y autoridad.
En esta tradición de lazos amorosos entre varones, según la codificación del siglo XVII, la idealización del joven y la función docente del adulto mayor (nenja) reflejaban las jerarquías sociales. El nenja provee apoyo emocional, un modelo de hombría y respaldo social (etimológicamente la denominación significa “el que es provocado por sentimientos”). La muerte joven era uno de los ideales estéticos de nanshoku, y las máximas pruebas de amor, el suicidio ritual en el caso de los samurai, y tomar las órdenes religiosas los actores –lo cual apartaba a la persona del ejercicio de su sexualidad–.
Los jóvenes wakashu, una categoría de muy breve duración, llevaban vestidos de mangas largas y con aberturas en las axilas, y una serie de cambios en el peinado iba señalando su crecimiento: a los 12 años lucían unos mechones sobre la frente –el elemento de mayor fetichismo erótico–, a los 15 se afeitaban las sienes en ángulo recto y los mechones se repartían hacia los costados, para desaparecer por completo a los 19, cuando pasan a vestir trajes con mangas sin aberturas en las axilas. El momento de esplendor de un joven era entre los 15 y los 17 años. La ceremonia que se celebra entonces marca el cambio de status sexual: ya es un adulto y cumplirá otro rol. El vínculo era fraterno, si bien jerárquico, y uno de los encantos era la asimetría por la cual el wakashu complacía siempre al nenja, movido por la compasión o amor responsable, la obligación de no rechazar y la virtud de su humanidad. A su vez, las cualidades del nenja eran la elegancia, el estilo y la sofisticación; en una palabra, los rasgos del experto conocedor.
En 1676, el erudito Kitamura Kigin edita una antología de poemas nanshoku titulada “Azalea entre las rocas” (Iwatsutsuji), en homenaje al poema de Shinga Sôzu (801-879) –un discípulo de Kûkai–, autor de este poema que la tradición creía dedicado a Ariwara no Narihira y escrito en una cabaña tras renunciar a la pasión física:

Memorias de amor reviven,
como las azaleas entre las rocas
que florecen en el monte Tokiwa.
Mi pétreo silencio sólo prueba cuán desesperadamente
te quiero.

Ariwara no Narihira, el gran amante de la antigüedad, era el modelo de Edo: alguien que había perseguido el amor según una variedad de orientaciones, un refinado vagabundo cuyo recorrido se leía como ejercicios sexuales de un peregrinaje carnal. La imagen de la azalea entre las rocas fue desde entonces el más delicado símbolo del homoerotismo. La planta de verano, símbolo de la constancia del amante melancólico.

Saikaku y el amor verdadero
Saikaku fue un próspero comerciante de Osaka que en 1675, tras enviudar y perder también a su hija, se afeitó la cabeza e inició una vida errante de monje budista. Dejó sus negocios en manos de sus empleados y se dedicó a la composición de poesía haikai. Ya era conocido en los circuitos del haikai no renga –versos cómicos encadenados–, en los que se había iniciado desde la escuela Danrin del maestro Nishiyama Sôin a partir de 1673. Esta práctica lo había convertido en un hábil maestro en los juegos poéticos, en las técnicas de enlace, con una entrenada libertad de expresión, dotes que ejercía en concursos donde se improvisaba oralmente. Así, en su anecdotario se registra su participación en una competencia en 1684, en la cual hila 23.500 versos sin interrupción, sin dar tiempo a los copistas a tomar nota de sus composiciones. Tan suelto era en su expresión, y tan heterodoxo, que lo llamaban “el Holandés”, pues resultaba tan excéntrico como lo eran esos residentes extranjeros de Nagasaki por su habla y vestimenta.
Testigo de la vida de una ciudad paralela, a partir de sus 40 años Saikaku comienza a volcar en narraciones sus experiencias en teatros y burdeles. Era en ese “mundo flotante” donde el orden establecido de la sociedad era rechazado y revertido. Allí los comerciantes se encontraban por encima de los samurai; y los descastados actores kabuki, los libertinos y las cortesanas eran árbitros de la moral y las formas. Las exhortaciones confucionistas a la frugalidad, el orden y la rectitud eran allí objeto de burla y escarnio y, por supuesto, las regulaciones suntuarias del Bakufu (la administración del shogunato) puestas en ridículo.
En 1682 Saikaku publicó su primer libro en prosa, El hombre que gustaba del amor, cuyo éxito lo convirtió en un autor muy solicitado, al extremo de tener que trabajar a partir de 1688 con un equipo de ayudantes para poder responder a la demanda de su público. Con los diez libros que producirá en los diez últimos años de su vida, renueva el panorama de la ficción como maestro del género de narraciones populares, más tarde denominadas ukiyo-zôshi, del que es inventor. Su prosa refleja magistralmente y con compasivo humanismo los vaivenes y la impermanencia que el budismo explicaba. De acuerdo con la categorización de la época, su narrativa comprendía tres tipos de géneros: libros dedicados al amor romántico, libros sobre samurai y libros sobre comerciantes. En la redacción, como resabios del fraseo de la poesía haikai, no había párrafos ni marcas de puntuación que señalaran las frases, sino sólo círculos para marcar el cambio de asunto. En su estilo caleidoscópico, irreverente y paródico, sobresalen técnicas haikai como la de kyôzame (despertar del espíritu de diversión), o la yuxtaposición de situaciones irreconciliables.
Escribe las Biografías de cortesanas ejemplares (1684). También sobre amores entre samurai: Tradiciones sobre el camino del guerrero (1687) e Historias del honor guerrero (1688); o sobre costumbres y la vida de los comerciantes: Historias de Saikaku sobre las provincias (1685), El almacén de la familia japonesa (1688) y Mundanos cálculos mentales (1692).
Al igual que el protagonista de su novela y muchas figuras de la cultura de Edo, como el poeta Bashô, libertinos como Hiraga Gennai y Ota Nampo, o estudiosos como Kinjo, el propio Saikaku se relacionó amorosamente tanto con hombres como con mujeres. En 1713 se publica en Osaka el Wakan Sannai Zue, una enciclopedia de la época Ming que se convirtió en un venero de datos para los cultores del nanshoku. Allí se lo define como ese toque, concepto del gusto, expresión de la sofisticación de la cultura, algo que depende del contexto, hábito que va y viene según las etapas de la vida, tal cual lo vivían estos artistas para quienes la sexualidad era una actividad y no una identidad fija. A los 30 años Bashô perdió interés por las relaciones con hombres, que hasta entonces había practicado; pero veinte años más tarde volvió a ellas. La historia del daimyo de Echigo, Nihatta Kaiko, también es conocida: se enamoró del actor Segawa Kikunojô, pero como el romance no prosperó se volcó al amor por las mujeres.
Nanshoku Okagami, considerada la obra maestra de la literatura shudô, se edita primero en Kioto y Osaka, y en segunda edición en Edo, dirigida a un público de hombres. El término Okagami (Gran Espejo) aparecía ya en una recopilación de textos del siglo XII sobre el clan Fujiwara, centrada en la figura de Fujiwara no Michinaga (966-1027), con retratos y anécdotas en un lenguaje casi coloquial, y también había sido utilizado por Fujimoto Kizan (1626-1704) en su El Gran Espejo del camino del amor. El subtítulo que Saikaku dio a su libro es Honchô Waka Fûzoku (La Costumbre del amor por los muchachos en nuestras tierras), con una división en ocho secciones, de cinco historias cada una. Algunas extreman el tomo misógino, y el conjunto es un muestrario de la más amplia variedad de amores. Las cuatro primeras secciones están dedicadas al amor romántico de los samurai, visto con nostalgia idealizante; y las cuatro últimas a los amores donde interviene el pago, en el mundo de los actores y su etiqueta. Allí, con el paso a un primer plano del dinero, cuya falta socavaba el rol de los samurai, endeudados y desempeñando funciones burocráticas, se adueñan de la escena los travestidos actores onnagata, quienes se movían en una frontera que había estilizado el erotismo feminizándolo y había obligado a implantar nuevas legislaciones para mantener el decoro y el orden social.

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