7.06.2009

Cajon de sastre. Columna en evaristo cultural, por Amalia Sato

EVARISTO cultural 7


De palabras garabateadas con apuro, de notas en cuadernos que no me resigno a eliminar, tres nombres de mujer para lanzar como botellas al mar que aviven la curiosidad más que centenaria por Japón, con un telón de fondo de enormes neones borrosos en un día de lluvia. ,
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Higuchi Ichiyo (1872-1896), una de las figuras más queridas de la literatura japonesa, su Memorial en el barrio próximo al antiguo barrio de placer de Yoshiwara donde trabajó ayudando en la costura a su madre –recibiendo los kimono de las geisha vecinas -, enfrente una placita con juegos decorados con imágenes de sus cuentos: el muchacho jinrikisha (hombre bicicleta) despidiéndose de su amiga de infancia, casada y en buena posición, y niños de ese barrio todavía hoy humilde jugando al sol. En su retrato más conocido aparece con un kimono a rayas, el cabello tirante recogido, la cara seria, afilada. Su breve vida es un compendio de los padecimientos de una familia descendiente de samurai en medio de veinte años de cambios radicales. La primera escritora reconocida después del glorioso siglo X con su gineceo literario en la Corte. La nueva Murasaki o la Saikaku mujer le decían con adulación que la indignaba. Ogai, que era líder indiscutido del mundo literario acompañó su entierro a caballo vestido con un espléndido uniforme. Reflejó esa transición que descubrió la modernidad y que llamamos adolescencia, casi una metáfora del rito de pasaje que estaba sufriendo el propio Japón con su copia incesante de los modelos europeos. El estilo Ichiyo incorpora magistralmente la retórica poética de las antologías imperiales, y de la narrativa de la Corte, así como la gracia y la sabiduría popular de los relatos del siglo XVII, la inspiración tomada de los libros para llorar de Edo, para dar testimonio de la mutabilidad de los lazos humanos.

Hacia 1600 aparecen compañías de muchachas con dotes casi circenses, que visten como hombres y llevan el cabello corto. La más célebre de estas danzarinas, Izumo Okuni, se mostraba a orillas del río Kamo. Su actitud desafiante se caracterizó con el término kabuku, el cual designaba la capacidad de ser excéntrico, licencioso, tener gusto por lo insólito o lo erótico, y la marcha inclinada, torcida, contoneándose. Muchos individuos con esta filosofía de vida, los kabukimono, se agrupaban en bandas vistiendo de modo llamativo, posando con petulancia, ostentando sables exageradamente largos, entremezclando hebras de colores en su cabellera. Uno de los cabecillas más conspicuos, Oshima Ippei, había escrito en la hoja de su espada: “¿Acaso ya no he vivido demasiado para mis 25 años?”. Una estatua homenajea a la mítica Okuni en Kioto, a orillas del río, embellecida femeninamente, con un abanico, una figura airosa y delgada, un gesto de danza gracioso. La encontré como yo la imagino navegando por internet, con bigotes de cristiano pintados (¿con el típico carboncillo?) y un rosario colgando de un cinto como dictaba la moda del momento, y creo haber reconocido su espíritu en varias ciudades de Japón, en los grupos de jovencitas adolescentes que se desplazan en grupo muertas de risa en medio de las muchedumbres, concentradas en su mundo, conscientes de su desplazamiento impertinente y feliz.

El mismo año que muere Ozu, el director para quien fuera la representación misma de ese eterno femenino denominado “yamato nadeshiko”, se retira de la vida pública. Setsuko Hara, la Virgen Eterna, la Garbo del cine japonés, la dama de los ojos enormes que inspira a Satoshi Kon en su film de animación Millenium Actress. Dicen que permanece como monja de clausura residiendo en un templo en Kamakura, ya octogenaria. Para el ideal patriarcal es la bella perfecta, tan suave como la flor de nadeshiko (Dianthus Superbus). Su vida estuvo signada por extraños avatares: el más tremendo, la muerte de su hermano mayor cameraman ante sus ojos, durante una filmación, le provocó una impresión tan terrible que padeció cataratas y tuvo que dejar de trabajar en el momento de esplendor de su hermosura. Como hija soltera que elige seguir con el padre anciano, o como la nuera admirada y preferida a la propia descendencia, roles que cumplió con matices sutilísimos, haciendo pareja con su colega Chishu Ryu, en esas historias donde después de la hecatombe se disparan preguntas para reinventar otra posibilidad de humanismo.

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