10.18.2009

JAPON MACABRO, por Guillermo Quartucci, texto publicado en la revista tokonoma 6, material de archivo

JAPON MACABRO
por Guillermo Quartucci

A ojos occidentales, Japón es visualizado como una sociedad altamente organizada, eficiente, ordenada, moderna, dinámica, inclinada al trabajo antes que al ocio, con un alto grado de desarrollo educativo, estetizante, más preocupada por la forma que los contenidos, elegante y refinada, minimalista en su diseño, cultora de lo pequeño, frugal, con predominio de lo emocional sobre lo cerebral, conservadora en su moral confuciana, características todas que propician un bajo índice de criminalidad y una gran seguridad en los gigantes conglomerados urbanos.
A la sombra de esta imagen luminosa, que no por cierta deja de ser incompleta, se agazapan, sin embargo, fuerzas oscuras que hacen de Japón una de las sociedades más enigmáticas y contradictorias del planeta: baste como ejemplo el acontecimiento que el 20 de marzo de 1995 conmovió al mundo, cuando supuestamente las huestes más radicalizadas de la secta de la Verdad Suprema (Aum Shinrikyô), comandadas por el gurú Matsumoto Chizo (alias Asahara Shoko), hicieron estallar dosis letales de gas sarín en el metro de Tokio que mataron a más de una decena de personas e hirieron a varios miles, poniendo en evidencia el marcado claroscuro que caracteriza a la sociedad japonesa.
En el mundo de la narrativa, es el gran novelista Tanizaki Jun'ichirô, desde sus lejanos comienzos, allá por los albores del siglo XX, quien se dedicó con especial esmero a sacar a la luz los segmentos oscuros de la personalidad japonesa, en epecial en sus novelas de la posguerra, donde presenta, con su estilo impasible, las aberraciones, miserias morales, libertinaje, perversiones, lujuria, corrupción espiritual, lascivia, impudicia, y abyecciones de una galería de personajes en apariencia "normales" que, para saciar su deseo y consumar el pillaje moral, no vacilan en echar mano a los peores recursos de que es capaz el ser humano, como el veneno, el asesinato, el estupro, el chantaje, la mentira, la difamación velada y cuanta acción mezquina caracteriza a los integrantes de una sociedad decadente en franco proceso de descomposición.
Algunos sociólogos, como Mita Munesuke , atribuyen esta dualidad de la sociedad japonesa -el lado luminoso de las apariencias y el que medra en las sombras- a los efectos neurotizantes del "infierno de la mirada", es decir, el constante escrutinio mutuo a que se ven sometidos los individuos de una geografía superpoblada, que, cuando no produce estereotipos, conduce a conductas aberrantes, el crimen y la locura. En las décadas de los ochenta y noventa, que es cuando empiezan a sentirse en Japón los efectos de la riqueza acumulada en los años anteriores, con los consiguientes cambios en los patrones de consumo fomentados por una omnívora publicidad, al "infierno de la mirada" se le suma la cada vez mayor influencia de los medios electrónicos en la conformación de la psique dual de los individuos, una psique irresponsable incapaz de discernir entre la auténtica realidad y la realidad simulada, o virtual. En definitiva, "mirada" y medios dan lugar a la aparición de una mente ambigua, cada vez más aislada del resto de los mortales, que se mueve con soltura en la región sombría del espectro social, y que tiene sus antecedentes en el complejo proceso de modernización de Japón que se inicia con el siglo. Tres casos de nota roja relativamente recientes que han tenido trascendencia internacional, pueden resultar útiles para ilustrar estas apreciaciones.

El caníbal de París

En junio de 1981, dos muchachas que paseaban por el Bois de Boulogne vieron a un hombrecillo de aspecto oriental cuando abandonaba un par de maletas en uno de los lagos del parque. Alertada la policía, ésta encuentra en el interior de las maletas los restos de un cuerpo humano descuartizado. Muy pronto, guiados por el taxista que había transportado al hombrecillo, los pasos conducen a un estudiante japonés de literatura, residente en París desde cuatro años atrás. Allanado su departamento, ubicado en un elegante sector de la ciudad, los investigadores encontraron en el refrigerador las partes del cadáver que faltaban en las maletas y que el asesino había decidido conservar para ir comiéndoselas de a poco.
¿Quién era Sagawa Issei, el diminuto japonés de 32 años que no sólo había cometido el horroroso crimen sino que se estaba devorando partes de la víctima? ¿Cómo era posible que un individuo de inteligencia superior a la media, culto y refinado, con un pasado intachable, perteneciente a una familia muy acomodada de Japón, hubiera cometido semejante atrocidad? ¿Por qué había asesinado a su compañera de estudios, una holandesa exuberante, mucho más alta que él, con la que pasaba gran parte del tiempo y que lo trataba de manera casi maternal, según el testimonio de sus compañeros?
Las primeras pericias psicológicas hablaron de extravío de la razón, y el mismo diagnóstico se mantuvo durante los tres años que el asesino pasó recluido en un hospital de París, hasta que, mediante un acuerdo con el gobierno japonés, fue trasladado a Tokio. Entonces se habló de intereses comerciales como el factor determinante de aquel acuerdo, ya que dos empresas transnacionales, una francesa y otra de Japón, esta última presidida por el padre de Sagawa, acababan de firmar un importante convenio. Lo cierto es que Sagawa Issei, no bien llegado a su patria, fue declarado mentalmente sano y puesto en libertad, para sorpresa de todos. A partir de entonces, varios programas de debate de la televisión japonesa lo han contado entre sus participantes, generalmente para aportar su opinión sobre temas relacionados con crímenes. Hace poco, un canal alemán lo invitó a participar en un programa de entrevistas.
Sagawa, mientras se encontraba en la cárcel de la Santé, al comienzo de su reclusión parisina, había empezado a dar indicios de querer hablar de manera serena de los motivos que lo habían llevado a matar a la holandesa para posteriormente devorarla. Para ello había escrito una carta a un conocido hombre de teatro japonés, convertido en novelista, Kara Jurô, sabiendo que éste estaba tratando de hacer una película sobre el caso. En la carta, Sagawa daba algunos detalles reveladores del hecho, con la esperanza de que su compatriota, a quien admiraba, tomara un justo partido frente a los acontecimientos. Como resultado de esta carta, Kara viajó a París y posteriormente publicó la novela La carta de Sagawa.
La novela, en sus últimas páginas, reproduce la carta de Sagawa, quien, como un personaje de Tanizaki, habla de sus anhelos de convertir en cine una idea que lo obsesionaba desde hacía tiempo y que sería la siguiente:
Un oriental (más exactamente un japonés) adora a una mujer occidental hasta el punto de matarla y comer su carne. Por una parte es la expresión de una tendencia ancestral, de deseo, que mantiene Japón con respecto a Occidente; pero al mismo tiempo es la expresión de un extraño impulso que se oculta en mí mismo y que quiero expresar. Físicamente el japonés debe ser lo más menudo, lo más enclenque posible, y la mujer debe ser típicamente occidental, corpulenta y rubia.
Este párrafo es muy elocuente en varios sentidos. En primer lugar, se refiere al arte como una forma de exorcizar los demonios interiores: si Sagawa hubiera podido filmar su película, quizás jamás se habría comido a la holandesa. En segundo lugar, habla del complejo tradicional de inferioridad de Japón frente a Occidente, no sólo en lo político, sino también en lo racial (el pequeño japonés frente a la corpulenta holandesa).
Por último, hace equivalentes adoración amorosa y antropofagia: la mayor expresión de la pasión sería entonces devorarse al objeto amado.
El hecho real habría sido un tanto diferente: Sagawa habría llegado a Europa con la esperanza de imbuirse de la cultura occidental en su mismo corazón, París. En un principio este japonés diminuto y poco agraciado habría caído bien a sus compañeros, quienes lo consideraban inteligente aunque infantil, pero con el correr de los meses sus complejos, manifestados en una conducta cada vez más hosca y esquiva, comenzarían a apartarlo de ellos, excepto de una holandesa que lo seguía todo el tiempo y lo trataba maternalmente, y a la que terminó por asesinar y devorar cuando ella se negó a sus demandas sexuales .
Sagawa nunca llegó a filmar su ansiada película, pero ha dejado testimonio de los hechos que le tocó protagonizar de manera rotunda e incontestable en un libro autobiográfico al que dio por título: Kiri no naka (En la niebla), publicado en Tokio en 1983.

¿Es usted un otaku?

Entre agosto de 1988 y junio de 1989 el asesinato y violación de cuatro niñas pequeñas mantuvo en vilo a la población de la prefectura de Saitama, en la periferia de Tokio, en un caso de asesinatos en serie sin precedentes en Japón. El asesino fue apresado en julio de 1989, cuando molestaba a otra niña y fue denunciado por el padre de ésta. Investigado, resultó ser el autor de los anteriores asesinatos. Su nombre: Miyazaki Tsutomu, de 25 años.
En agosto de 1988 Miyazaki había secuestrado a su primera víctima, una niña de 4 años, para terminar estrangulándola en un bosquecillo cercano.
Cinco meses más tarde incineró el cadáver y depositó las cenizas en una caja de cartón que dejó frente a la casa de la niña, con una carta donde se identificaba con el nombre de Imada Yuko, la heroína de una entonces popular historieta para niños. En octubre del mismo año, Miyasaki secuestró a una niña de 7 años, que jugaba cerca de su casa, y procedió de igual manera que con la anterior. En diciembre, atrajo a una niña de 4 años a su auto, la llevó a un estacionamiento y allí la estranguló, para abandonarla en un bosquecillo. En junio de 1989, una niña de 5 años sufrió el mismo procedimiento que la anterior, siendo además descuartizada antes de abandonar los fragmentos en zonas arboladas de Saitama. En los cuatro casos había habido violación. Las manos nunca aparecieron porque el propio asesino confesó habérselas comido.
Durante los meses que duró la pesadilla, Miyazaki había estado enviando cartas a los medios de comunicación identificándose como la anteriormente mencionada heroína de historietas, afirmando que mataba a las niñas por la frustración que sentía ante la imposibilidad de ser madre. Nadie dudaba de que el asesino fuera una mujer. Cuando finalmente fue descubierto y registrada su habitación en la casa donde vivía con su familia, se encontraron unos seis mil videos de dibujos animados y películas de terror, la mayoría copias de cintas rentadas, además de un video de cinco minutos donde aparecía una de lasííîc víctimas. Un video que llamó especialmente la atención de los investigadores fue el que narraba la historia de un hombre que secuestra a una enfermera, la duerme con una inyección y corta sus manos, cabeza y pies. No es improbable que Miyazaki, al igual que Sagawa con su película, haya dado forma de asesinato a sus aspiraciones artísticas no satisfechas.
En las pericias psiquiátricas que más tarde se le hicieron a Miyazaki, éste confesó que todo había ocurrido en una especie de sueño permanente, que él había querido entablar conversación con las vícitmas, pero que ante el pánico de ellas, no le había quedado más remedio que eliminarlas. También habló de su temor al rechazo por las mujeres adultas. De los cuatro psiquiatras que se ocuparon del caso, tres hicieron referencia a desórdenes mentales y personalidad múltiple, pero esto no bastó para que finalmente la corte de Tokio, en abril de 1997, condenara a Miyazaki a la horca.
En momentos en que se producían estos hechos, en Japón se estaba poniendo de moda una palabra de origen oscuro, aunque muy clara en sus implicaciones semánticas: otaku. Derivada del pronombre personal de segunda persona y usada para mostrar respeto al interlocutor (equivalente al usted del castellano), compuesta por los caracteres o (prefijo honorífico) y taku (hogar), a fines de la década de los ochenta pasó a denominar a los jóvenes que, apartados de la interacción social, se encerraban en su cuarto de la casa familiar, rodeados de revistas de historietas, videos de animación, discos compactos de los ídolos juveniles de la canción, videojuegos y la infaltabale computadora personal, para entablar un diálogo solipsista con los modernos media. En su abrumadora mayoría del género masculino, maniáticos de la perfección y aficionados a coleccionar obsesivamente las cosas menos imaginables para una mente práctica, los otaku no dejaban de ser una curiosidad social, producto de los avances tecnológicos de la posmodernidad. Hasta que apareció Miyazaki Tsutomu, el asesino en serie de Saitama.
Miyazaki Tsutomu era un otaku típico. De carácter tímido y retraído, poco preocupado por su aspecto personal, su única actividad social era su trabajo en un taller de imprenta cercano a su casa, si bien todas las energías de su creatividad las invertía en las largas horas que desgranaba en su cuarto, inmerso hasta muy entrada la madrugada en la realidad ilusoria que le proporcionaban las nuevas tecnologías. No es difícil imaginar el contraste entre sus vivacidad nocturna y el sonambulismo de la vigilia. Sin embargo, al cumplir los 25 años, Miyazaki debe haber sentido una necesidad imperiosa de dotar de carne auténtica a sus fantasías virtuales y es entonces cuando se convierte en asesino, como siete años antes Sagawa Issei había sentido la necesidad imperiosa de vivir la película que siempre soñaba, comiéndose a la holandesa.
El vocablo otaku fue perdiendo vigencia conforme ha ido avanzando la década de los noventa, si bien la especie humana que definía no ha dejado de proliferar, con incoporaciones que siguen el ritmo de las novedades tecnológicas, como el internet. En 1997, en Kobe, la tierra sacudada por el devastador terremoto de enero de 1995, se produce un hecho de implicaciones sociales aun más graves que aquel fenómeno natural, cuando un otaku de nuevo cuño siembra otra vez el terror en la comunidad.

El asesino del Zodíaco

Todo empezó el 27 de mayo de 1997, cuando la cabeza cercenada de un alumno de once años, cuyo paradero se ignoraba desde dos días antes, apareció abandonada junto al portón de entrada de la escuela secundaria Tomogaoka, del distrito de Suma, en Kobe. La cabeza había sido separada del cuerpo por medio de una sierra, presentaba más de diez cortes efectuados pulcramente con una arma filosa y en la boca ostentaba una hoja de papel plegado que resultó un mensaje del asesino, escrito a mano con tinta roja. "Este es el comienzo del juego. Ustedes, los de la policía, deténganme si pueden. Quiero desesperadamente ver morir gente: es muy emocionante para mí asesinar. Necesito sangre por todos los años amargos que pasé". A continuación venía el epíteto: "El asesino de la escuela", escrito en japonés y en inglés, este último con un error: shooll (por school) killer. Y firmaba Sakakibara, nombre enigmático que se escribe con los caracteres de sake (vino de arroz japonés), ki (demonio) y bara (rosa), y que por lo tanto significa algo así como "la rosa del demonio del vino". La rúbrica de la misiva, una especie de lupa con una suerte de svástica que divide el círculo en cuadrantes, era un signo similar al usado por el asesino del Zodíaco, que a fines de los sesenta y comienzos de los setenta, había sembrado el terror en San Francisco, Estados Unidos.
Esa misma tarde, en una colina cercada por una alambrada, donde se levanta la antena de una televisora de cable, fue hallado el cuerpo del infortunado niño de 11 años cuya cabeza había sido abandonada frente a la escuela. El niño era alumno de la escuela primaria de Tainohata y padecía un leve retraso mental. Inmediatamente, los periódicos asociaron el caso al asesinato, en marzo de ese año y en el mismo distrito, de una niña de 10 años que fue golpeada brutalmente en la cabeza con un martillo, y al ataque que otra niña de 9 años sufrió minutos después, cuando fue acuchillada en el abdomen. Esta última sobrevivió, como también sobrevivieron dos niñas que en febrero habían sido salvajemente golpeadas.
El 4 de junio, el diario Kobe Shimnun recibió una carta escrita a mano sobre un texto en procesador de palabras,firmada nuevamente por Sakakibara, en la que se quejaba de que los medios hubieran pronunciado mal su nombre:
Cuando salía esta mañana, encendí la televisión y noté que los reporteros leían mal mi nombre, Onibara (en lugar de Sakakibara). No hay nada más estúpido que leer mal el nombre de alguien. No tengo nacionalidad. El nombre no es ficticio y lo llevo desde que nací, aunque nadie hasta ahora me ha llamado por él. Si yo fuera el mismo de cuando nací, seguramente no me habría tomado la molestia de dejar una cabeza cercenada frente a la puerta de entrada de una escuela secundaria. Cualquiera que lo intente puede gozar matando gente sin que lo vean. Como alguien que ha padecido, y padece, una existencia invisible, me he decidido a llamar la atención pues quiero formar parte de las fantasías de los demás. Al mismo tiempo, no me he olvidado de mi rencor hacia el sistema de la escuela pública que me creó como una existencia invisible, ni hacia la sociedad que dio origen a ese sistema.
A continuación explica cómo un amigo le aconsejó que la mejor forma de venganza contra ese sistema era eliminando gente, y es por eso que comenzó el "juego".
Lo único que puedo decir ahora es que (asesinar) forma parte de mi naturaleza intrínseca. Es sólo cuando mato que me libero de mi odio cotidiano y siento una sensación de alivio. Mi dolor cesa con el dolor de los demás. Estoy jugando este juego a riesgo de mi vida. Si me agarran, seguramente me colgarán. La policía debería poner más entusiasmo en encontrarme. Si mi nombre vuelve a ser pronunciado mal o me siento aburrido, destruiré tres verduras a la semana. Es un gran error pensar que soy ingenuo, que sólo puedo asesinar niños. Tengo la habilidad de matar a la misma persona dos veces.
Con la publicación de esta carta, el 6 de junio, un escalofrío de espanto se hizo sentir a lo largo y ancho del archipiélago japonés. Sin embargo, la investigación no avanzaba. Se seguía hablando de un hombre con una bolsa de plástico negra que había sido visto frente a la escuela la mañana que apareció la cabeza, o de un coche misterioso estacionado en las inmediaciones. Por fin, el 28 de junio estalló la bomba: la policía había detenido a un estudiante de tercer año de secundaria, en el que confluían todas las sospechas. La sociedad japonesa en su totalidad volvió a estremecerse conforme la indagatoria fue confirmando que el adolescente de 14 años era el autor de los crímenes que se venían sucediendo desde febrero.
La policía incautó en el cuarto del imputado varios cuchillos y diez cajas de cartón con historietas de violencia y videos de películas de terror. También encontró papel de procesador de palabras similar al de las notas firmadas por Sakakibara. El hallazgo más impactante fue un registro detallado del ataque de marzo a dos niñas. Una fuente reveló que fueron amigos del adolescente los que empezaron a sospechar que él había sido el autor de los asesinatos. Con ellos compartía un signo de identificación del grupo que resultó ser el dibujo zodiacal con que rubricaba las cartas. A uno le había confesado que uno de esos días iba a ser protagonista de algo realmente grande.
Asimismo, la investigación reveló que el adolescente había tenido serios problemas de conducta en la escuela, y que a partir de abril había dejado de asistir por una reprimenda que recibió al haber golpeado con un caño a un compañero que lo llamó "pervertido", por su afición a matar animales y destazarlos. Sus amigos revelaron que él había jurado vengarse de lo ocurrido. Sin embargo, en el aspecto intelectual era brillante y sin duda el primero en algunas asignaturas.
Entre el 5 y el 21 de julio de 1997 comenzaron las pericias en los lugares de los hechos y los interrogatorios, éstos últimos puntualmente registrados. En el número de marzo de 1998 de la revista mensual Bungei Shunjû - boicoteada por puestos y librerías donde se vendía, como había sido boicoteado el semanario Focus, en octubre de 1997, por publicar una foto del adolescente, contraviniendo así la ley de protección al menor - apareció completa la transcripción de los interrogatorios, con el título de "Todo sobre el crimen del joven A", acompañada de una introducción por el renombrado comentarista Tachibana Takashi.
Las cincuenta páginas de este texto único por su valor testimonial constituyen uno de los documentos más escalofriantes que acerca del funcionamiento de una mente asesina se hayan publicado. Por momentos, la lectura se vuelve insoportable, sobre todo cuando el joven asesino, el A del título, habla con total desapego y lucidez de los detalles más macabros que le tocara protagonizar (como el cercenamiento de la cabeza del niño de 11 años, identificado como B en el texto, el vaciado de los ojos, el corte de los labios, las marcas dejadas en las mejillas, su traslado hasta la casa familiar, el lavado y peinado del pelo, etcétera). Aunque todas y cada una de las palabras que componen este testimonio serían dignas de ser traducidas y analizadas, sólo transcribiremos algunos de los párrafos más significativos.
El 24 de mayo de 1997, con un profundo deseo de matar a alguien, salí de mi casa en bicicleta poco después del mediodía (...) Cerca de la escuela me encontré con B, a quien conocía desde hacía tiempo.
(En ese momento, decidiendo que era a él a quien mataría, sabiendo que a B le gustaban las tortugas, A le dice que quiere mostrarle una tortuguita que ha encontrado en el parque de la Montaña del Tanque, donde hay una antena de televisión de cable. Cuando llegan, A empieza a estrangular a B, pero ante la resistencia de éste, el acto se prolonga).
Yo intentaba con todas mis fuerzas matar a B, pero él se resistía a morir, lo que llegó a encolerizarme. Sin embargo, la tensión que me provocaba el hecho de estar matándolo era muy placentera. Al darme cuenta de que B estaba muerto, comprendí que no sólo lo había podido matar, sino que ahora estaba en mi poder, que era algo de mi propiedad, lo cual me llenaba de satisfacción. (...) El 16 de marzo en el distrito de Suginami después de asestar una puñalada a una niña y dar un martillazo a otra, hechos que duraron un instante, al enterarme de que la segunda había muerto no experimenté el mismo sentimiento de satisfacción.
Hasta entonces sólo había cortado la cabeza de unos catorce gatos, pero eso se hace muy fácilmente con un cuchillo. Lo que quería era probar con algo más grande, alguien de la misma especie que yo, y usando una sierra.
Al darme cuenta de que estaba cortando una cabeza humana, me sentí excitado.
(Al cortar la cabeza), la sangre que salía la recogía en una bolsa de plástico negro y de pronto se me ocurrió beberla para purificar así mi sangre manchada con la de un niño puro e inocente. Acercando la bolsa a mi boca, apuré un gran trago. Me supo como lamer un trozo de metal.
Cuando regresaba a mi casa atravesando la ciudad con la bolsa de plástico negra en la que había metido la cabeza de B, lejos de estar nervioso, caminaba tranquilo como de costumbre.
(Después de lavar la cabeza de B en el baño de casa) la sequé y la peiné, y volví a meterla en la bolsa de plástico negra. La sangre que traía en la otra bolsa de plástico negra la escurrí en el lavabo. Después lavé la bolsa. A la bolsa con la cabeza de B la escondí en el maletero de mi cuarto.
Para que no se dieran cuenta de que había sido yo quien había matado a B, pensé en desviar la atención de la policía abandonando la cabeza (con un mensaje en la boca) en la puerta de entrada de la escuela secundaria donde estudio.
Otros párrafos menos escabrosos muestran el aspecto lúdico que el niño quería darle a la situación, como la elección de las palabras y tono de las cartas que enviaría para desviar la atención, el nombre con que las firmaría y el signo con el que se identificaría, inspirados en revistas de historietas (como Baramon no kazoku, muy popular a comienzos de los noventa) o en películas de terror. También hay claves personales referidas a anécdotas de su infancia, como la comparación de los humanos con verdura, o actitudes casi rituales tomadas del cine en el enfrentamiento de las situaciones más macabras.
Después de su detención e interrogatorio, A fue sometido a pericias psiquiátricas que determinaron que en el momento de los crímenes estaba en pleno uso de sus facultades mentales, aunque sus "irrefrenables impulsos sexuales habrían despertado en él tendencias violentas y sádicas que lo llevaban a matar, sobre todo a seres débiles e indefensos". En realidad, ni de las acciones mismas ni de las entrevistas orales publicadas en Bungei Shunjû surgen claros estos impulsos sexuales: más bien habría que orientar el análisis al terreno de una inteligencia especial incapaz de separar la excitante realidad virtual en que vivía - a la manera de los juegos de video, el cine y las historietas - de la aburrida y monótona realidad cotidiana, como si todo se tratara de un juego de video.
El jurado que se ocupaba del caso decidió, en octubre de 1997, recomendar la internación del menor en una clínica de rehabilitación ubicada en la periferia de Tokio, y esperar, de acuerdo con la ley, a que cumpla 26 años, para considerar su posible reincorporación a la sociedad.

Epílogo

El 1º de agosto de 1997, sin que Japón despertara todavía de la pesadilla de los asesinatos de Kobe, en medio del mea culpa de los media, que hablaban, a raíz de estos hechos, de una "sociedad enferma que produce individuos enfermos", sin previo anuncio y de manera furtiva, aprovechando el sopor que provoca el tórrido verano japonés, Nagayama Norio es ahorcado en la prisión donde se encontraba desde hacía veintiocho años.
Nagayama Norio había sido protagonista en 1968 y 1969 de cuatro asesinatos consecutivos que le valieron el mote de "el asesino de la pistola" y que mantuvieron en vilo a la sociedad japonesa durante varios meses. En realidad, se trataba de un joven provinciano de 19 años que llegó al crimen acorralado por la pobreza y la indiferencia de una sociedad sólo preocupada por las apariencias y el bienestar material . Ligero antecedente del otaku, Nagayama Norio fue encarcelado y, tras un largo proceso, condenado a la horca en 1979. Sin embargo, la ejecución no se llevó a cabo inmediatamente.
En la cárcel, Nagayama Norio se dedicó al estudio y se convirtió en escritor de cierto renombre, convocando el respeto y la admiración de quienes lo consideraban una víctima de las circunstancias y ejemplo del individuo con una fuerte voluntad de rehabilitarse. Por eso, su artera ejecución provocó no poca ira en Japón. Los grupos que se oponen a la pena de muerte sacaron el siguiente comunicado:
El pasado 1º de agosto cuatro personas fueron ahorcadas en secreto, entre ellas el conocido escritor Nagayama Norio, quien llevaba encarcelado veintiocho años. Parece que los cuatro reos, todos ellos condenados por asesinato, fueron elegidos al azar entre cincuenta y cinco presos cuyas sentencias de muerte habían sido aprobadas en forma definitiva. Como es habitual en Japón, ni los condenados ni sus familiares fueron avisados con antelación de las ejecuciones. Uno de los cuatro era una mujer .

Ciudad de México, julio de 1998.

4 comentarios:

  1. ¡Excelente artículo! Una nueva mirada sobre un tema que nos asombra a todos: el paradigma de la criminalidad en Japón ¡Gracias por publicarlo!

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  2. El artículo es muy bueno, nos acerca un punto de vista desconocido de una sociedad a la que todo el mundo admira,sin darse cuenta que detras de la riqueza está vacia de cosas realmente importantes, la familia y los amigos.

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  3. Buenos sus artículos, pero vale la pena especificar los contextos en q se dan varios de los crímenes, en cierto punto resulta un poco ofensivo usar el término otaku para describir al asesino, ya q no solo se debe serlo q ha asesinado, ciertamente debio presentar algún tipo de patología. El nombre q tiene el artículo no representa efectivamente lo que dice.

    att. Una otaku.

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  4. Verdaderamente sorprendente

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