10.27.2009

Ponencia. I Jornadas Hispanoamericanas de Traduccion Literaria. 2006. Rosario.

I Jornadas Hispanoamericanas de Traducción Literaria
Voces nuevas, voces distantes: el traductor como introductor
Lunes 20 de noviembre 2006, 17 horas
Moderador: Ian Barnett

Experiencias de traducción de Literatura japonesa: propuestas, revista, editoriales en Argentina..
Por Amalia Sato

Los intereses del campo editorial, las propuestas de una revista literaria –tokonoma, traducción y literatura- que se edita desde 1994, se conjugaron para la posibilidad de editar autores japoneses y textos que se presentaban como atractivos para el medio argentino. Los antecedentes de programas de traducción de literatura japonesa como los iniciados por Kazuya Sakai o la revista Sur en Argentina, y Atsuko Tanabe en México, son un marco para reflexionar sobre una atracción iniciada con el japonisme, y que ya lleva siglo y medio.


Inicio el recorrido citando los libros y una revista que fueron mi entrada a la literatura japonesa como lectora. En el Buenos Aires de 1950 y 60, hubo un ambicioso programa de difusión cultural trazado por Kazuya Sakai (junto con Osvaldo Svanascini): Sakai educado en Japón, que regresa con menos de treinta años a Buenos Aires impulsa la edición de los cuentos de Akutagawa (recientemente reeditados), Dazai Osamu, las piezas de teatro noh moderno de Mishima, los textos sobre zen de Herrigel, Suzuki, desplegando al mismo tiempo que el cine japonés descubierto en Venecia un espacio de reflexión. Por su parte, el número 249 de la revista Sur, dirigida por Victoria Ocampo, noviembre y diciembre de 1957, dedicado a Literatura Japonesa Moderna, resulta impecable en cuanto a las aperturas que propone. Con los nombres de 22 autores en tapa, presentación de Octavio Paz y un estudio de Donald Keene (que señala cómo a la par de un desconocimiento de su literatura, sin necesidad de la literatura japonesa existe una atracción por un Japón reflejado en objetos y modos), el índice de Sur es otro programa inicial a continuar.

Sin embargo, cada tanto vuelve a hablarse con sorpresa de un boom de la literatura japonesa – como sucedió recientemente con una nota que destacaba la proliferación de ediciones, valga como dato los 10.000 ejemplares que lleva vendidos El Libro de la almohada -, olvidando que el tema “Japón” ya está incorporado, instalado en la cultura occidental desde hace siglo y medio a partir del japonisme y gracias a la fascinación de los artistas. El movimiento de introducción del arte japonés a fines del siglo XIX como ilusión exotista, especular con la fascinación del Japón de Meiji por Occidente, hace que Japón entre a Occidente al mismo tiempo que Occidente fascina a los japoneses, y ese juego de seducciones que fue muy intenso y para nada superficial sino que se ejercitó con cambios profundos, a tal punto que persiste y ya es parte del patrimonio cultural de ambas geografías. Como citas para ese juego de mutuas incorporaciones ya más que centenario:las obras de teatro japonés escritas en francés por Judith Gautier, y el celebérrimo El libro del té de Okakura Kakuzo de 1906, escrito en inglés pensando en la difusión de una imagen conveniente en Occidente. Diría que más que una cultura Japón es una permanente tendencia Japón lo que dinamiza el campo cultural y literario.

Hay un cuento de Mori Ogai, escritor de la época Meiji, que resulta paradigmático de los efectos de este origen que acabo de marcar – esto es, la usual imposición de una lectura exotista que el ejercicio de la traducción del texto original desbarata - , y con esta experiencia paso a mi propio recorrido por la pradera de las traducciones. Había leído en Landscapes and Portraits (Paisajes y Retratos), una antología de textos críticos del renombrado estudioso norteamericano Donald Keene, su comentario sobre “Hanako”, un breve relato de Ogai de 1910: el argumento era por demás sugerente. Una bailarina japonesa de varieté que recorría Europa se encontraba con Rodin en su atelier. El comentario sugería un clima exotista y decadente, con visos de romance. Me intrigó la mención a un ensayo de Baudelaire (“La metafísica de los juguetes”, según el texto), y con una alumna, Yuka Shibata emprendimos la traducción. La sorpresa fue grande: el texto no respondía para nada a la descripción de Keene, y era por el contrario, casi experimental, con la recreación por parte de Ogai de las conferencias de Rilke, y hasta con la alteración del título del ensayo de Baudelaire, que en realidad era “La morale du joujou”. El cotejo con los textos originales de estos autores reveló los cambios, fruto de una lectura intencional y un creativo empleo de las fuentes de literatura europea. Y con la traducción los términos en francés o italiano - para algunos incluidos con intención didáctica, para otros con deseo de provocación pedante, de lectura dificultosa, pues muchas veces para una misma palabra emplea ya la trascripción de la lengua original, ya el silabario japonés katakana, o la transliteración en romaji - se revelaron, una vez traducidos, toques de un “savoir” mundano, pero todavía hoy en día galimatías para los lectores japoneses, que vacilan en la comprensión al tener que descifrarlos intercalados en el relato original. .
Este ejercicio de traducción me resultó tan iluminador que me llevó a seguir con otros doce relatos de Ogai, también de su período experimental. Reunidos en una antología, algunos fueron publicados en la UNAM en 1991– gracias a la gestión de mi amiga Atsuko Tanabe de quien hablaré más adelante- y luego en su totalidad en Adriana Hidalgo con el título En construcción.

Y aquí destaco el papel de las revistas en este derrame de propuestas al mundo editorial, que en el caso de la literatura japonesa resultó muy productivo. En 1994 inicio la edición de la revista literaria tokonoma que sale– a propósito tomó su nombre del poema El pabellón del vacío de José Lezama Lima – con frecuencia anual, y siempre con la inclusión de ensayos sobre un Japón de interés desde Buenos Aires y traducciones de literatura japonesa. Cuando me acerqué a la editorial Adriana Hidalgo que iniciaba su interesante trayectoria, con el proyecto Ogai – del que se iban publicando anticipos en la revista -, el editor Edgardo Russo se interesó por los fragmentos de El Libro de la Almohada que había publicado en el número 7, y me propuso hacer la traducción completa de este clásico, y a continuación editar el Ogai.
La necesidad de publicar ese libro tan mencionado de la cortesana Sei Shonagon estaba en el aire: la película de Peter Greenaway, estrenada con tanto éxito, “Escrito en el cuerpo”, que utilizaba como separadores fragmentos caligrafiados y traducidos del texto original, en fin…que el libro, que traduje basándome en la versión de Ivan Morris y con cotejo del original (una de las versiones modernas más aceptadas del texto que circulan en japonés), fue muy bien recibido. Literatura de mujeres, un prólogo que situaba el desarrollo de la escritura fonética, el carácter fragmentario, más la agudeza del ensayo fugaz y la observación implacable teñida de un gusto personal, y todo de un siglo X que parecía coincidir con el mundo de tendencias y cambios revisionistas en el mundo de la mujer de los 90. E libro ya lleva varias ediciones (la 1era en el 2000), y con una tapa que no corresponde a la época (es un ukiyoe) pero que parece despertar los mismos equívocos que el comentario de Keene.

La persistencia en la edición de la revista tokonoma, que ya va por su número 11, fue creando un fiel círculo de lectores; ni académica ni exclusivamente dedicada a temas de Japón. Y escritores como Luis Thonis, Rafael Cippolini, Sergio Pángaro, Mercedes Roffé, Alfredo Prior o Guillermo Quartucci han desplegado sus lecturas sobre los temas y los autores más diversos. Repasar el índice da cuenta de la variedad de autores e intereses que se abordaron: Zeami y su teatro noh, Tanizaki, las poetas Ono no Komachi e Izumi Shikibu, Shiga Naoya, Izumi Kyoka, ensayos de estudiosos extranjeros como Adriana Boscaro o John Timothy Wixted, etc. Insisto en la potencia del mundo de las revistas literarias porque en el medio porteño dan un inesperado impulso y autorización a las propuestas. Las revistas son proyectos vinculantes muy fuertes, dispersoras de posibilidades.
Precisamente un texto publicado en la revista resultó particularmente estimulante para el medio porteño psicoanalítico: el Diario de Tosa de Ki no Tsurayuki. Un diario de viaje del siglo X, escrito por un hombre de la Corte empleando la escritura fonética de las mujeres, que despertó el interés por coincidencias con el concepto lacaniano de lituraterre, letra y litoral, en el desarrollo del relato. Justamente este año participé de una mesa sobre traducción en la Escuela Freudiana, junto con Hugo Savino y Pablo Román. El cotejo con la única traducción existente, la de 1912 de William Porter (Tuttle), permitió comprobar cómo este libro donde un cortesano por primera vez emplea la escritura fonética kana (femenina por su origen y sensibilidad literaria) para narrar, le genera al traductor preguntas con soluciones y respuestas limitadas a su visión de época. Así, asimilar escritura kana con personaje mujer, suponer que por emplear esta nueva escritura había una intención simplificadora en el autor, etc. En la traducción al español sostuvimos distintas voces de enunciación: un yo emotivo sensibilizado, una tercera persona impersonal, pero nunca un yo ficcional moderno, omnisciente: el idioma español permitió un acercamiento más ajustado a la ambigüedad genérica: ¡los posesivos, la magia del sujeto tácito!. En fin que el misterioso epígrafe del Diario de Tosa: “Un diario como dicen que escriben también los hombres, yo mujer intentaré” encontró tal vez su tono con la traducción al español. ….

Para seguir con los libros que un traductor puede introducir, defendiendo la oportunidad del lanzamiento en las charlas con los editores: otro cuya publicación fue tapa de suplemento literario (con un trabajo del diseñador Alejandro Ros que convirtió el papel de diario en un trozo de seda iridiscente) fue el que propuse a la editorial Interzona (otra vez Edgardo Russo como editor en ese entonces). El Gran Espejo del Amor entre Hombres, un clásico de Ihara Saikaku del siglo XVII (trabajado sobre la versión de Paul Gordon Schallow, con cotejos con el texto en japonés) con relatos sobre relaciones homoeróticas, el cual me han dicho circula con una entusiasta recomendación boca a boca.
Este año, la editorial Kaicrón lanza dos títulos en primera traducción al español: una antología de relatos Cerezos en Tinieblas, de Higuchi Ichiyo, la primera escritora de la modernidad que murió a los 24 años dejando una visión implacable sobre la opresión padecida por sus contemporáneas, una denuncia protofeminista del mundo galante y próximamente Almohada de hierbas, tal vez la novela más bella de Natsume Soseki, otro gigante de la era Meiji, que ya se muestra nostálgico ya por ese bello Japón que ve desaparecer. Los dos títulos, por sugerencia mía, entusiastamente aceptados.

Un comentario mío en el diario Clarín a la novela País de nieve, en traducción de Juan Forn, me conectó con la editorial Emecé. Y Julieta Obedman, Daniel Gigena y Mercedes Guiraldes fueron los editores que me confiaron tres títulos El maestro de go, Historias en la palma de la mano y el recién lanzado El sonido de la montaña. Autor al que podría considerarse con Mishima, una de las cartas de presentación de un Japón atractivo a Occidente, en la línea del escritor que reverencia y añora un Japón en desaparición , consagrado por el Nobel, Kawabata pasa de la experimentación vanguardista (recordemos que fue guionista de una película expresionista de Kinugasa Teinosuke, a lo Murnau), a la narrativa que añora un Japón ya casi inexistente, y en esta última novela, de su ciclo de literatura de vejez, a un filoso retrato de la posguerra. Ajustar los diálogos con violentas reticencias, traspasar los velos de las fórmulas de cortesía para marcar emociones claras, fue uno de los criterios que la diferencian de la anterior versión al español.

Al revisar la lista de los autores y títulos propuestos, se ve cómo cubren campos que van fundando un panorama coherente: dos clásicos como El Libro de la almohada y El Gran Espejo del Amor entre Hombres – que plantean cuestiones de género desde el particular vaivén entre masculino-femenino, que nace con la escritura vernácula misma y que tiñe con el calificativo de femenino todo lo que es literatura -; y tres autores de la modernidad Meiji, Ogai, Soseki y Higuchi Ichiyo, que señalan de muy diversos modos, el choque con Occidente, con ese modelo de modernización a toda marcha que se impuso entre 1868 y 1912, autores que permiten entender cierto desconcierto que se espeja con la fascinación exotista. Por eso es importante acompañar los trabajos de traducción sobre todo de autores “nuevos y distantes”, como los propone nuestra mesa, con prólogos que sitúen la lectura y que en todo caso orienten a la crítica. Así como las traducciones de Edward Seidensticker, Donald Keene, Ivan Morris o Arthur Waley han creado un corpus en inglés, que constituye un repertorio prestigioso de algo que se imaginaba diferente, distante, elusivo, y que se convirtió en una suerte de ejercicio de nuevas sensibilidades y tiempos retóricos en otra lengua, podemos suponer que lo mismo sucederá cuando se vaya ampliando el corpus de traducciones al español.


Para terminar no quiero dejar de destacar tres programas de traducción con los que me nutrí, y que vale continuar. Un pequeño homenaje. A los ya mencionados, el de Sakai y la revista Sur, agrego uno emprendido en México. Atsuko Tanabe, mi querida amiga, era profesora de literatura japonesa en la UNAM, y poco antes de morir inició un programa de estudios japoneses en El Colegio de la Frontera Norte en Tijuana. Ya les conté que gracias a ella vi publicado mi primer libro en la colección de libritos celestes de la UNAM Material de Lectura. Y ahora quiero citarla como una entusiasta iniciadora de un programa de traducciones en México: en 1985 Antología del cuento japonés moderno y contemporáneo (UNAM), en 1989 la Antología de la narrativa japonesa de posguerra (en la que me confió “Vías de ferrocarril en la espalda” de Yoshimura Akira, cuento que tradujimos con Toshiko Aoshima y publicamos en la revista tokonoma también, y que fuera tapa del suplemento literario de Uno más uno de México), También Atsuko emprendió traducciones de Noma Hiroshi, Kazuko Shiraishi, escribió un libro sobre José Juan Tablada, cotradujo poesía japonesa moderna con Sergio Mondragón, propuso la creación de la Sociedad de Escritores Méjico Japón (SEMEJA), donde generosamente nos había incluido a Guillermo Quartucci y a mí, con la esperanza de tender ese puente siempre ansiado entre culturas. Muchos de sus libros, en ediciones institucionales de tirada y difusión limitadas, son desconocidos en nuestro medio.

Y me reservo para el final, el nombre de Haroldo de Campos, fundamental poeta brasileño, traductor, o transcreador como le gustaba denominarse. Alguien que honró la traducción de la literatura japonesa (desde Hagoromo, la pieza de teatro noh que se representó con los parangolés de Hélio Oiticica, poemas de las antologías imperiales, al haiku) y lo hizo desde el ejercicio en lengua portuguesa de la libertad poundiana para la lectura ideogramática y la erudición.

“El dantesco intelletto d’amore ¿una traducción posible de kokoro?”, el espíritu de esta interrogación afirmativa que se hacía Haroldo es el que enlaza todos estos senderos transitados, que no se bifurcan sino que confluyen conformando un corpus de literatura japonesa en español que poco a poco va expandiéndose, ¿como las ondas del estanque tras el salto de la rana? .


Buenos Aires, noviembre 2006.

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