4.05.2011

Marzo 2011. Crónicas de Marcelo Higa desde Yokohama

11-3- 2011: Crónica de un día agitado
por Marcelo G. Higa, desde Yokohama


En Yokohama, la ciudad donde vive el autor de esta nota, el terremoto del 11 de marzo, si bien intenso, no tuvo los efectos devastadores del maremoto que asoló a la región noreste del país. La incertidumbre desatada por el accidente de la planta nuclear de Fukushima, sin embargo, ha ampliado la geografía de la catástrofe, creando una preocupación que trasciende el marco local para convertirse en una pesadilla planetaria. A casi un mes del terremoto, la situación sigue siendo crítica y nadie se atreve a imaginar cómo será el mundo después de esto. En más de un sentido, la tragedia no ha finalizado ni lo hará por un buen tiempo. Pero, valga el lugar común, la vida continúa y es necesario ir adaptándose a las nuevas circunstancias.
El relato que sigue es el primero de una serie de notas, que desde una perspectiva doméstica, reflejarán la experiencia vivida en estas últimas semanas. Complemento, anverso o reverso de lo que los medios transmiten a diario, son observaciones personales y urgentes que intentan recuperar con los lectores algo de sosiego, en medio de tamaña convulsión, a sabiendas de la fragilidad momentánea en que se sostienen nuestras certezas.
En esta primera entrega, reseña del día del temblor.



A las 14:46 del viernes 11, la televisión transmitía una más de las siempre predecibles sesiones del parlamento japonés. ¿Qué se debatía? El partido opositor aprovechaba para presionar al gobierno a raíz de un “escándalo” que había forzado la renuncia del ministro de Asuntos Exteriores: su integridad había quedado en duda después de que se revelara que su oficina había recibido donaciones por cerca de 3000 (tres mil) dólares de una vecina coreana que lo conocía de pibe. La legislación japonesa prohíbe las donaciones políticas de extranjeros, por lo que su falta de control fue tomada como una seria negligencia. La semana anterior, el tema que había monopolizado la atención pública había sido la detención de un chico, acusado de copiarse durante el examen de ingreso a la universidad, mediante la asistencia de una red social a la que accedía con su celular. Ese era, según los medios, el tenor de las preocupaciones político-sociales que enfrentaba el país.
Entonces, de repente, la señal de alarma apareció sobre la pantalla. Bip-bip, bip-bip. Telop : “URGENTE. Terremoto. Terremoto. Busque inmediatamente refugio en un lugar seguro”. Apenas unos segundos para taparse la cabeza, abrir una puerta, o simplemente disponerse a la sacudida.
* * *
Hacía poco, un temblor había dejado el estante de libros de la habitación de mi hija bamboleante y rechinando. De modo que mi primera reacción fue levantarme para sostenerlo. Casi una rutina. Sólo que esta vez lo que debía pasar en cuestión de segundos se prolongó haciendo un desparramo en todo el departamento.
Inclinado sobre los libros, la oración pergeñada fue bastante simple: esto ya termina, ahora pasa, enseguida se va a acabar... Y, como para quitarle dramatismo a algo que debía de ser miedo, un último conjuro canchero: si me tengo que morir, no estaría mal hacerlo aplastado por una biblioteca.
Mientras tanto, detrás mío un mueble lleno de chucherías caía desparramando sobre el tatami muñequitos, caracoles, piedras, collares de fantasías, botellitas de arena, cajitas, souvenirs de todos los colores. En la entrada, la pecera atravesaba su propio tsunami arrojando el agua desbordada sobre los zapatos. El dormitorio quedaba cubierto por una alfombra de libros y papeles. Como corolario, otro bip-bip histérico empezaba a sonar advirtiendo que la puerta de la heladera había quedado abierta.
Son cuarenta, cincuenta segundos hasta que sobreviene la pausa. Recién entonces la sorpresa cede a la taquicardia. Las manos tiemblan. Éste no es un temblor más.
* * *
La televisión inmediatamente empezó a transmitir advertencias que ya no recuerdo. En esos primeros instantes, más que nunca, la pantalla es la ventana que nos posiciona en el mundo. Afuera, de algún modo, sigue habiendo algo, nos dice. O sea, no estamos alucinando; y estamos vivos. A partir de esa constatación, se disparan los temores, las dudas y las decisiones urgentes. ¿Me quedo acá o salgo del edificio? Tengo que comunicarme con mi mujer y mi hija. En Argentina, por suerte, todavía es de madrugada, ya habrá tiempo. Hasta una inquietud que parece de otro día: ¿cómo hago para arreglar todo este enchastre antes de que ellas regresen? Lo acuciante no quita lo baladí. Intuición que denuncia nuestro elemental deseo de no sucumbir.
Antes del minuto, los celulares ya no funcionan. Cierro la heladera, tiro un trapo sobre el charco de agua, recojo algunas cosas que se cayeron, y ya no sé qué más puedo hacer cuando una réplica fuerte me manda otra vez al lado de la biblioteca. Esta vez, más por cábala. Pasa; y vuelve y vuelve a pasar, sin solución de continuidad. En un intervalo, suena el teléfono. Las líneas comunes todavía no se saturaron. Es mi mujer, desde su trabajo. Alivio. El próximo paso es ir en busca de mi hija. Aprovecho una calma momentánea para bajar. Diez pisos por escalera, en picada y a los tumbos.
Son las 15:15. Todavía no hay una dimensión cabal de la tragedia; el tsunami está llegando.
* * *
La escuela de Ami está a pocas cuadras de casa, en el Barrio Chino de Yokohama. Es un viejo edificio cuya enclenque estructura antisísmica ya había dado que hablar en las reuniones de padres. No se cayó, aunque el recuerdo de algunas rajaduras resultaba tan inquietante que preferí no mirar.
En el centro del patio, los chicos y sus maestros, con lo puesto. Los más chiquitos llevaban unas bolsas acolchadas de algodón a modo de sombrero. No se percibe demasiada angustia, no hay llantos violentos, ni confusión; apenas algo de excitación por la novedad. Cada uno sabe, más o menos, cuáles son los pasos a seguir en esta situación. La previsión, normalmente rayana a lo neurótico, tuvo su justificación. Justo ese día habían tenido una práctica de evacuación de emergencia. Esta vez, la realidad se impuso sobre el simulacro.
Mi hija se alivia al verme. No se trata de una manifestación de amor filial. Tenía su llave en la mochila, que había quedado en el aula, y estaba preocupada porque no sabía cómo iba a hacer para entrar a casa. Las catástrofes tienen dimensiones propias.
* * *
En la calle hay un gran susto y un poco de alboroto, pero no pánico. Los bomberos han llegado para fajar una casa con una gran grieta en el basamento. Más allá, los paneles de la pared del frente de otra casa han caído dejando a la vista la intimidad de sus habitantes. Algunas regalerías tiene la mercadería por el piso. Los restos de un terrible ventanal roto se bambolean con el viento. La persistencia de las réplicas empieza a preocupar, aunque, al menos en Yokohama, la escena no llega a niveles catástrofe. Por el celular, mi hija consigue mandarle un mensaje a la madre. “Estamos bien, no te preocupes”.
* * *
Anclados en el pallier, Ami insiste en advertirle a la gente que allí se junta que el lugar de evacuación es el Parque de Yokohama. Vivimos a 300 metros de la costa y el sentido común dice que difícilmente un tsunami llegue hasta nuestro edificio. No llegó, aunque horas después nos enteraríamos de que el maremoto había superado todos los pronósticos, con los destrozos que ya conocemos.
Hacia el parque vamos, pese a mi resistencia. Sin ascensor, mejor liberar un poco de angustia caminando las siete u ocho cuadras que nos separan del sitio. El estadio de béisbol de los Yokohama Bay Stars fue abierto y por la pantalla gigante se pueden ver las últimas noticias. La gente ha salido de las oficinas con cascos de obra, frazadas y botellones de agua. Nadie sabe muy bien qué está ocurriendo. Los temblores continúan. Sentados en medio del campo, por momentos da la impresión de estar flotando sobre una balsa. Pero el cuerpo ha registrado la sacudida inicial y las réplicas posteriores parecen de poca monta.
Oscurece y empieza a lloviznar. Son cerca de las seis de la tarde. Mejor regresar ahora que está más calmo.
* * *
Esa noche, mi mujer fue una de los tantos que tuvieron que pernoctar en sus lugares de trabajo. Se quedó en su oficina, en Shinjuku, así como muchos otros buscaron refugio en los gimnasios de las escuelas habilitados para pasar la noche. Con los trenes paralizados, miles de tokiotas se encolumnaron en largas procesiones silenciosas para hacer el trayecto a pie hasta sus casas. Los más inspirados corrieron a las bicicleterías, que agotaron el stock en minutos. La escena parece de película, aunque en el imaginario del habitante promedio no era del todo imprevista: desde hace un tiempo, una guía T para casos de emergencia (con rutas, convinience stores, baños, fuentes de agua, etcétera) es un libro de buena venta en las librerías de la ciudad. No fue el anunciado Gran Terremoto de Tokai, pero le pasó cerca.
¿Organización? ¿Previsión? ¿Resignación? ¿Urbanidad? ¿Solidaridad? ¿Paciencia? ¿Fatalismo? No se sabe muy bien. Pero esa noche, en Tokio, la gente actuó como si hubiese estado mentalmente preparada para enfrentar la desgracia que asolaba al país.
* * *
En casa, prendidos a la tele, a medida que se iban reproduciendo las imágenes, el recuerdo del día se hizo cada vez más inquietante. Intensidad 8.8 o 9.0, sin duda uno de los terremotos más graves de las historia de Japón. Uno por milenio, estiman los expertos. Sobre todo, un antes y un después definitivo para un país acostumbrado a vivir al límite de sus posibilidades.

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