6.23.2011

Otra crónica de Marcelo Higa, desde Yokohama. FUKUSHIMA, junio 2011.

Fukushima
Días y noches de perplejidad y vigilia

por Marcelo G. Higa, desde Yokohama



Evento, accidente, desastre, tragedia, catástrofe, cataclismo, hecatombe, apocalipsis.
Salvo para Ireneo Funes, las palabras sirven para abstraer las particularidades en beneficio de la comunicación. Esa capacidad de representación es la que nos permite la solidaridad, y el espanto. Ahora, entre las situaciones extraordinarias y los sustantivos ordinarios, se escabullen las percepciones irregulares, los claroscuros por donde transitan los latidos y respiros del discurrir cotidiano. Desde hace semanas, Fukushima circula y se construye vía imágenes, informes, rumores, eventos solidarios y colectas. En los bordes, nosotros. Inmigrantes que, expuestos a la inusitada irradiación de los acontecimientos, tratamos de dar con los registros adecuados, descifrar las panorámicas y los ángulos, encontrar la mesura en la desmesura. En esta nota, recuerdos transitorios, apuntes fugaces de aquellos primeros días de conmoción e incertidumbre, cuando parecía que el suelo se partía debajo de nosotros y el tiempo nos acorralaba con la inclemencia de un tsunami.


Antes de que amanezca y las primeras escenas del maremoto comiencen a revelar la dimensión del cataclismo, Fukushima se convierte en el pavoroso evento que deja en vilo al país y al mundo. El anuncio es seco, conciso, atroz: “accidente nuclear”. A partir de ese momento, el cúmulo de sesenta años de temerarios discursos apocalípticos se instala en nuestro living con la ligereza de una superproducción catastrófica que nos toma de extras, rehenes despavoridos y sin parlamento.
Las réplicas del terremoto persisten y no dejan de inquietar, pero ante la inminencia de una hecatombe nuclear, sucumbir bajo los escombros resulta ahora una pavada.
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En los días posteriores al terremoto, el Barrio Chino de Yokohama parece un set de película abandonado. Sin visitantes a la vista, los reflejos fantasmagóricos del neochinesco gastronómico se acentúan en la mirada solitaria de dragones, leones y dioses protectores. Un poco por prudencia y otro tanto por necesidad, la mayoría de los negocios ha dado asueto a sus empleados y mantiene las persianas bajas. El aire, ciertamente, no está para turismo.
Y si no hay clientes, tampoco hay cocineros. Vecinos recientes, muchos de los chefs y mozos chinos regresaron a su país en el primer vuelo disponible. La ida y vuelta no resulta hoy una erogación extrema y los gastos se compensan con tranquilidad. Los jet-setters clase económica de la globalidad tienen las cosas claras. Mejor, entonces, esperar en el terruño hasta que aclare.
El éxodo abarca a todo el arco de la extranjería. Narita se ha convertido en un inmenso campamento de expatriados en busca del último ticket. Algunos países han fletado aviones para que sus ciudadanos escapen antes de que la isla explote. No es la retirada norteamericana de Vietnam, pero casi. Incluso el gobierno argentino ha dispuesto medidas para resguardar la integridad de los tres mil y pico de compatriotas que residen en el país. Aunque sean pocos los afectados por el maremoto y poquísimos los residentes de las inmediaciones de la planta nuclear, la celeridad del rescate patrio convence a más de uno para cortar por lo sano y emprender el regreso.
¿Exageración? ¿Pánico? ¿Traición? ¿Mero sentido común? Lo único cierto es que no se sabe muy bien qué está ocurriendo, muchos desconfían de los informes locales y nadie quiere someterse a riesgos impredecibles. En estas circunstancias, “sálvese quien pueda” parece ser una expresión de deseo inobjetable. Los tiempos apremian y los ejercicios de ética exigen calma para su resolución.
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Los cortes de luz programados para que la red eléctrica no colapse son el primer indicio cierto de los ajustes por venir. Como los chicos que ante los viejos aparatos teléfonicos se empeñan en apretar los números del dial, en este país mucha gente nunca vivió un apagón y la repentina novedad tercermundista causa confusión. Amigos argentinos, conocedores del tema, se proveen instintivamente de velas; amigos japoneses, compran pilas para las linternas. Manifestaciones de la cultura.
El mayor impacto se ve en el funcionamiento de los trenes. Si en términos de densidad, en épocas normales a las horas pico nuestro ex Sarmiento es un bebé de pecho, la reducción de la frecuencia hace del traslado un desafío directo a las leyes de la física, y de la honorabilidad. Son 30 centímetros cuadrados para ubicar los pies y después, entregarse, dúctiles, al full contact.
Sin saber para qué lado sopla el viento, el martes 15, después de un oportuno fin de semana largo, la gente salió a trabajar con la obviedad de cada día. Inventando los medios para llegar a la oficina, algunos salieron más temprano de sus casas, otros hicieron colas larguísimas hasta encontrar ese lugar imposible en los vagones abarrotados. Inmutables, los demorados anticipaban el retraso por teléfono, pero no faltaban.
Uno, por lo general escéptico cuando se pondera la paciencia oriental, la excepcionalidad japonesa y tópicos por el estilo, no puede sino avalar la legitimidad de dichos juicios. En cuestiones de trabajo, al menos, este pueblo es definitivamente raro.
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En lo personal, los vaivenes del transporte me llegan a través del mal humor con que regresa mi mujer a casa después de la amansadora ferroviaria. Sin obligaciones laborales hasta abril, mis desplazamientos se circunscriben al ámbito doméstico y adonde me lleva la bicicleta. De modo que mi experiencia cuerpo a cuerpo de la crisis energética resulta bastante menos agotadora que la del promedio.
Como nunca me costó demasiado recluirme en casa, no vivo el momento como un encierro. Pero con las réplicas de fondo, el problema sigue siendo cómo mantener el equilibrio. En el aire se ha instalado una amenaza invisible que se renueva hora tras hora, en un libreto que mezcla ciencia ficción y comedia de enredos, con más dramatismo que gracia.
La tarea inmediata se divide entonces en transmitirle alguna contención a mi hija (que adelantó las vacaciones y tuvo que postergar su fiesta de graduación), atender las preocupaciones larga distancia de los amigos, y comerme las uñas frente al televisor. Deslucido rol en tamaña tragedia.
La costumbre de salir a dar una caminata por las noches para fumar un cigarrillo quedó momentáneamente suspendida, por la salud y por las dudas.
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El discurso oficial es previsible. La situación en la planta es grave, pero el peligro no es “inmediato”, al menos fuera del radio evacuado de 20 kilómetros. Un anillo de 10 kilómetros más ha sido declarado “zona de prevención”, donde se les pide a los habitantes que eviten hacer actividades al aire, libre. Yokohama se encuentra a unos 250 kilómetros de Fukushima. Los efectos de la radiación a esa distancia, aseguran, se mantienen dentro de niveles “seguros”.
Acostumbrados a transitar los vericuetos del discurso de la inseguridad, la declamada seguridad no deja de ser sospechosa. ¿Qué significa “seguro”? ¿Hasta cuándo se extiende lo “inmediato”? ¿Cuáles son los alcances del peligro? Son cosas que no sabemos, ni estamos capacitados para entender y mucho menos evaluar.
En este contexto, el cartel de primer mundo parece ser la garantía más firme. O sea, creer en lo que nos dicen los funcionarios y “especialistas”. Creer en la capacidad de los ingenieros del país que se enorgullece de su alta tecnología. Creer en el sacrificio de los laburantes que se exponen irremediablemente a un veneno invisible, incoloro e inodoro.
O rajarse.
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El instinto indica que hay que huir lo más lejos posible, ya.
El inmigrante tiene mucho de nómade y es de andar liviano. De mudanza en mudanza, en casa siempre hay valijas y cajas a medio hacer y deshacer. Las paredes sin cuadros son acaso el síntoma de la transitoriedad de nuestras vidas. Esa resistencia a aquerenciarse que nunca se disipa del todo.
Uno, entonces, puede irse. Cuenta con las rutas y la disposición mental para hacer los bolsos y marcharse. Es lo que imploran desde Argentina amigos y familiares. Pero, ¿puede irse?
Como los divorcios, las partidas son separaciones dramáticas cargadas de estrés. Después de todo, hemos pasado media vida acá. Lazos que no son solamente solidarios atan nuestras rutinas a lugares, relaciones y detalles que hemos laborado para dar alguna coherencia a lo que vinimos siendo. El peso de los años no es una metáfora y las salidas repentinas demandan esfuerzos extras.
Nunca antes lo había sentido así, pero ahora me parece entender un poco más la indefensión de los que debieron desterrarse de un día para el otro. Partirse para sobrevivir.
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Uno somos tres. Partirnos, entonces, también, para que alguien por lo menos se salve. Pero, dado el caso, quien se salve, ¿podrá sobrevivir?
Las alternativas nos llevan al sur de Japón, a Taiwán, a Argentina. En cada lugar, cada uno tiene diferentes grados de localismo. El único territorio neutral es éste, Yokohama. Abandonar los trabajos y la escuela, aprender otro idioma, ganarse el pan, reconstruir rutinas, sobrellevar otro desarraigo, exigen decisión y coraje.
Quedarse tampoco es una opción fácil. Los riegos no se pueden medir y eso es lo más frustrante. ¿Cómo hacemos para enfrentar a este monstruo que desconocemos, y pocas herramientas tenemos para conocer? ¿Alcanzará el omnipresente “gambare” para salir de ésta? ¿Se trata de una cuestión de voluntad y esfuerzo?
¿Y nuestra hija?
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La opción por la permanencia se sustenta en una deducción tan elemental como mágica. En el cinturón Tokio-Yokohama (digamos, Buenos Aires-La Plata) y alrededores viven, 35, 40 millones de personas. El gobierno actual, inmaduro, errático, sin ideas ni capacidad de gestión, no es una garantía para enfrentar la crisis. Así y todo, limitados por donde se los mire, no pueden ser tan perversos como para ocultar información crítica si existiera un riesgo, concedamos, inminente, para la población. No informan obviamente todo ni al ritmo que se desea; los intereses son mayúsculos y tratan de resguardar lo que se pueda. Pero si la omisión fuese concluyente, no habría historia universal capaz de registrar tamaña infamia.
En base a estas elucubraciones, inventamos un credo y terminamos cediendo al “wishfull thinking”. En otras palabras, creer o reventar, sin ambigüedades.
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La liturgia de este credo es mínima.
Dejar un bolsito en la puerta con lo que necesitaremos el día después (radio a manivela, linterna, galletitas enlatadas, terrones de azúcar, chocolate, agua mineral, bolsitas de supermercado, pasaportes). Llenar la bañadera de agua. Colgar la ropa lavada en las habitaciones. Cerrar las ventanas. Sacudir el abrigo antes de entrar en la casa. Respirar suavecito.
El resto es espera.
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Como Woody Allen en aquella película sueca de los 70, la sensación es la de estar jugando una partida de ajedrez contra la Parca. En un juego desigual, que no sólo nos exige máxima concentración, sino algo más cruel: aprender las reglas sobre la marcha. Un juego defensivo, sin opciones, en que el menor movimiento en falso puede resultar el mate definitivo.
Son días y noches en espera de la palabra bálsamo, ese anagrama esquivo, hasta erróneo, pero que por lo menos transmita algo de sosiego.
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A tres meses del terremoto del 11 de marzo, finalmente, parece que nos hemos salvado. O sea, no hemos explotado. Es un avance. Pero todavía nos queda el resto de nuestras vidas para cantar piedra libre.

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