3.31.2012

PROLOGO A REVELACION DE UN MUNDO, de Clarice Lispector

Los sábados de siete años en el Jornal do Brasil: las crónicas sui generis de Clarice Lispector

Por Amalia Sato

Muchos críticos quedaron perplejos cuando se publicó en 1944 la primera novela de Clarice Lispector Perto do coração selvagem (Cerca del corazón salvaje). El texto, lleno de impresiones, de repercusiones de hechos en las personas, como empañado espejo de estados mentales donde destellan momentos epifánicos, era algo nuevo en el panorama de la literatura brasileña. Con el tiempo las más de diez novelas, cuentos y narraciones para niños de Clarice, conformarán uno de los corpus literarios más radicales y más reconocidos en lengua portuguesa.

A medida que su fama crecía, la figura de Clarice fue nimbándose de una aura de misterio, que alimentó mistificaciones que su vida apartada favoreció: rara, complicada, mística, bellísima. Como dijera Antonio Callado, “una extranjera en la tierra.”

Cansada del trabajo periodístico y necesitada de dinero como con franqueza reconocía, Clarice Lispector acepta escribir crónicas para el Jornal do Brasil. Lo hace durante siete años, entre 1967 y 1973. Escritura suelta, sobre los más variados asuntos: empleadas domésticas, taxistas, encuentros, amigos, hijos, fragmentos de textos en borrador, viajes, la infancia y la adolescencia, los sentimientos confesados a un público vasto e imprevisible. Absoluta libertad de temas con que llenar esa columna semanal.

Pero Clarice manifiesta también su resquemor constante respecto del género asumido: Rubem Braga, el representante por antonomasia de la crónica en Brasil, es mencionado y fue consultado muchas veces. Clarice no puede evitar la carga personal, la omnipresencia de su yo conflictuado; sus crónicas no tienen el tono costumbrista, leve y humanitario del consagrado maestro. Reconoce: “Los géneros no me interesan. Me interesa el misterio.”

Para ella, el diario JB es un gran diván de papel que la envuelve y le da espacio para seducir con su angustia, sus miedos, su desmesurado desafío a la muerte. Ya personalidad consagrada, era una firma que no necesitaba justificación ni buscaba méritos, a quien sus seguidores de siempre le reclamaban que no depravara su pureza literaria en el medio masivo y que, a su vez, apreciaba el reconocimiento popular que las cartas de los lectores y las atenciones que recibe, le transmitían. La relación laboral tendrá, sin embargo, un final traumático: apenas iniciado 1974 le devuelven el sobre con sus colaboraciones con una carta que la escritora califica de seca y desagradecida, lo cual la lleva a iniciar un juicio, cuya sentencia le será desfavorable.

La solitaria que vivía en Leme, cerca de las arenas de Copacabana, había padecido en 1967, el año en que se inician estas crónicas un accidente doméstico tonto: la madrugada del 14 de setiembre, se duerme fumando y se produce un incendio. Al intentar apagar el fuego y salvar los papeles de su estudio, su mano derecha sufre quemaduras que obligan a injertos. Pierde parte de su belleza, y se encierra aun más. Pero si recorremos el índice de las crónicas, las fechas corren sin blancos en torno de ese día aciago, y el hecho se mencionará sólo después: en las charlas con los taxistas, a las que tanta atención prestaba.

Imprevistas, desparejas, por eso mismo fascinantes. “Descubrimiento de un mundo” donde la escritora queda atrapada como personaje. Así son las crónicas del JB. Y, sorteando todos los riesgos, siempre el estilo Lispector con su efecto hipnótico.

Ella es la flor en la sala fantasmal, y nosotros lectores, los aspirantes a un extraño néctar.

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