4.19.2012

El lago (mizuumi) de Yasunari Kawabata. Prólogo a la edición de Emecé.

EL LAGO
Por Amalia Sato

Esta breve novela de Yasunari Kawabata, El lago (Mizuumi, en japonés), se publicó en forma serial durante 1954 en la revista Shincho (Nueva Corriente), y como libro al año siguiente. Su lanzamiento, después de Mil grullas y El sonido de la montaña, consideradas obras maestras, provocó perplejidad. Los amantes de la obra de Kawabata sufrieron un shock, pues no reconocían la delicadeza anterior, y el comentario por parte de la crítica, con un protagonista tan revulsivo, se convirtió en una suerte de divisoria de aguas en el mundo literario.

¿Kawabata también un narrador capaz de caer en la descripción de lo sórdido, con asociaciones inesperadas, donde la importancia concedida a las alucinaciones auditivas y visuales van apisonando el marco de perturbación de un protagonista miserable?

La figura de Gimpei Momoi, obsesionado con sus pies que ve horribles y con la belleza de las jovencitas que persigue, provoca la tentación inmediata de asociar El Lago con Lolita de Nabokov, su coetánea, y hasta el deseo inconveniente de leer en prospectiva y ver un anticipo de la entronización de las lolitas como objetos eróticos en la década de los 60. Pero los comentarios japoneses se orientan en otro sentido. Mitsuo Nakamura, un conceptuado crítico, manifestaba su agradecimiento a Yukio Mishima por haberle encomendado su lectura y, extasiado con el cambio de dirección de la pluma de Kawabata, destacaba: “La delineación del sexo se expresa libre y natural, y en un sentido que conduce a un viejo Japón tradicional, no en la tradición del naturalismo moderno tomado de Occidente, sino como algo más antiguo”.

Las pistas que el propio Kawabata concede para comprender su obra son sinuosamente elusivas. A la manera de un clásico, decía que un escritor es una persona que busca y descubre belleza, y que registra estos encuentros. Detestaba que lo tildaran de decadente o nihilista, y aseguraba: “Nunca escribí una historia que tuviera la decadencia o el nihilismo por tema principal. Lo que así parece es en verdad un modo de anhelar la vitalidad. La vida pura es dinámica, es una energía que se genera por porfiar en un ideal”. Las redacciones escolares, las últimas notas de un suicida o un moribundo, los escritos de mujeres apasionadas, todo lo que parecía escapar a un control o a la obsecuencia a un canon despertaba su curiosidad.

Kawabata, que no congeniaba con los postulados narrativos de sus contemporáneos Tanizaki y Dazai, afirmaba que la vida no tiene forma, con desdén se calificaba de perezoso y poco metódico, con coquetería de profesional justificaba ciertos “descuidos” por la presión de publicar en revistas, con firmeza de teórico declaraba su falta de interés y preocupación por una estructura. Y, de hecho, es el novelista que más trabajos incompletos dejó, el que más alteró los finales en las reediciones, o suprimió o alargó partes en nuevas versiones: “Mis novelas podrían terminar en cualquier lugar, en realidad no tienen un final”, decía. Y esto sucedió con El Lago que, al pasar al formato libro, vio cercenada su última parte y quedó como novela inacabada, a juicio de su autor.

Y así ocupa la escena Gimpei Momoi, que maldice sus pies como el poeta Basho bendecía las sandalias que le permitían emprender el viaje. Ex profesor de lengua de un colegio secundario, despedido tras un escándalo, va tras los pasos de ese ideal inalcanzable, representado por las jovencitas, de efímero esplendor. Las doncellas, perfectas en su promesa, como la Princesa de la Luna, heroína de una leyenda tradicional fundante, Taketori monogatari (El cortador de bambú). Es un héroe, de atenernos a los términos de Kawabata, quien así define a quien anhela algo tan distante que parece inaccesible: “A los lectores no iniciados ésta les parece una labor vana o un esfuerzo inútil, y este hombre es a sus ojos alguien que ha perdido la fe en la vida, cuando en realidad este tipo de esfuerzo es la poderosa fuente de una vida pura.”

A lo largo del relato - que se inicia en Karuizawa, un lugar de veraneo muy popular, con una renovación de vestuario de Gimpei y una sesión de masajes que dispara los recuerdos - hay sucesivos saltos en el tiempo y, convocado por la imagen del lago, se reitera ese más allá donde queda guardada la infancia. Puntuación constante el lago, con su superficie donde relámpagos y fogatas anuncian lo ominoso, lugar del primer amor, del errante fantasma del padre, y también término de comparación de imágenes intensas. Todo se enlaza por sensaciones en una ilación compleja. Decía Kawabata: “Me gusta escribir según una corriente de asociaciones, que emergen una después de otra mientras trabajo. Tal vez todos los escritores hagan lo mismo, pero sospecho que soy más adicto a este hábito que la mayoría. Probablemente me falte habilidad para proyectar mis asociaciones. Puedo defenderme diciendo, categóricamente, que los nuevos escritores “psicológicos” –los así llamados escritores del fluir de la conciencia – como Joyce, Woolf, Proust e incluso Faulkner han producido una literatura de asociaciones y memorias. Pero siempre he sentido que su tipo de recuerdos y todas esas novelas psicológicas reflejaban las inseguridades, corrupciones y desarreglos de la era moderna, en agudo contraste con los sólidos y bien equilibrados clásicos de los viejos tiempos. Mi modo asociativo es netamente japonés.”

El tránsito lleno de peripecias conduce a Gimpei ante la inapelable belleza - ¿por qué no esa jovencita esplendente de cuyo cinto cuelga una jaula con luciérnagas? -, y, cumplido su homenaje, retrocede marchando extasiado hacia atrás, hacia una nueva inmersión en otro mundo subterráneo. Al final, en esa suerte de descenso a los infiernos, Gimpei se ve sometido a su vez a la persecución por parte de una mujer ambigua y desastrada, consumida por la miseria. Es Japón, es la posguerra, ¿quién sino este peregrino que vagabundea tras sus obsesiones sexuales puede salvar el hiato inmenso entre tradición y ruinas? Capaz de sostener su mundo ideal desde lo más desagradable, marchando sobre unos pies que lo avergüenzan, persigue algo perfecto y límpidamente físico. En el elenco femenino, en toda su complejidad: Yayoi, la prima; Hisako, la alumna; Onda, su amiga; Machie, la joven estudiante; Miyako, la querida de un viejo.

Desde el comienzo con la maravillosa voz de la masajista, hasta el final cerca de un relicario de Inari - deidad andrógina, protectora de zorros, prostitutas y actores, del arroz y la fertilidad - con la masculina figura de esa mujer con botas de goma, persiste el vértigo y precisión de un script, con la lógica temeraria del sueño y la pesadilla. Y en la entrega a la vorágine, el juicio estético sobre cualquier consideración moral. “La belleza es pura pues provoca una energía consumida inútilmente, una energía empleada en alcanzar un ideal fuera de alcance.” Eso postulaba Kawabata y de ese derroche, también esta nouvelle.

2 comentarios:

  1. Lo estoy leyendo en estos momentos y me está encantando. Cuando lo termine posteo mi impresión final.
    danicocho@hotmail.com

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  2. HOLA!! me podrias hacer un favor Anonymous me podrias pasar el libro lo necesito urgente por favor

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