1.16.2013

Texto Barzón, Colecciones: Cada cosa sagrada debe estar en su lugar, julio 2012.

barzón julio 2012 Colecciones: "Cada cosa sagrada debe estar en su lugar" Por Amalia Sato Teatralidad en el ritual del dueño que presenta la colección, la que sea, asombro del que la recorre. Un escenógrafo magistral ordena los objetos en una serie fantasmagórica, con las cadencias de un juego pasional. El coleccionista es el bricoleur levistraussiano que renueva y enriquece su existencia con los residuos de construcciones o destrucciones anteriores. Habla por medio de las cosas y la elección que cumple entre infinitas posibilidades, da cuenta de su carácter y es su biografía. De la pasión privada, de la obsesión que sigue un gusto y hélas crea un estilo - eso que el orden social aprecia como el rasgo menos definible - a la ley del ciclo, al sometimiento inevitable de la caducidad histórica. Los objetos entronizados en las casas maravillosas se salvan de la muerte en las salas del museo. Lo que era causa de una pasión, presa codiciada de una cruzada que transforma en poesía la materialidad redimensionada, es ahora visitado por multitudes voyeur que se apropian con la mirada de un instante, por gentíos a los que se prohíbe el flash, el toque, el roce, a veces hasta la cercanía. Lo que fue puro deseo, ahora protegido por tantas prohibiciones, es un fragmento de otra totalidad. Y sin embargo la sensación de que "it adresses somebody"-de que siempre algo a alguien se le dedica de modo exclusivo- parece continuar el original sentimiento amoroso del coleccionista. Los universos mitológicos están destinados a ser desmantelados apenas formados para que nuevos universos nazcan de sus fragmentos decía el antropólogo Franz Boas. Y así las colecciones, tesoros conformados por valores, gusto, estilo, codicia, placer, acaban siendo custodiadas por las musas, protectoras de la memoria. No se me ocurre en este momento ejemplo más cabal por su dimensión urbana que la Museum Mile en New York, miles de obras de cientos de colecciones privadas, desplazadas de mansiones ya fantasmas, sólo a veces recordadas por acuarelas o fotografías de época, y desplegadas en un circuito público. El sistema de objetos que, según Baudrillard arriesgaba, podría agregar una respuesta más a la angustia del hombre frente al tiempo y la muerte, el museo imaginario de Malraux a piacere de cada uno y con el cuestionamiento a cada una de las expresiones del mundo, el inventario de los gabinetes de maravillas con todos los objetos recogidos en los viajes de exploración, la ciencia de lo concreto y la taxonomía con su inminente valor estético tal cual sentenciaba el gran Claude Levi-Strauss. Del fragmento a la ilusión del todo coherente. El coleccionista como efímero demiurgo, y la colección, preservada por tres generaciones. Luego, la Historia.

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