3.15.2014

Edén; propuestas para primavera. Texto publicado en la revista barzón

Edén: propuestas para primavera Por Amalia Sato Ordenar la naturaleza para convertirla en un jardín. Con sutiles artificios lograr efectos sobre la inestable material vegetal. ¿Jardín como micropaisaje, con su topografía a pequeña escala? Templetes, pérgolas, parterres, estanques, grutas, ruinas, puentes, cercos, rocas, senderos, todo vale. ¿La escenografía que juega a la geometría de los tapices o las alfombras, o la que aspira a la engañosa naturalidad, para el vagabundeo poético o el encuentro bajo la luz exacta en el entorno calculado para el diálogo inolvidable? ¿Jardín con sus focos oscuros de matorrales y sombras que convocan al lado demoníaco del universo boscoso? En todo caso, la mitología consiente también este aspecto siniestro: la ninfa Clovis perseguida por el dios del viento, termina metamorfoseada en Flora, a quien Céfiro este amante ardiente y violento premia con un jardín donde reine la primavera eterna, o la joven Proserpina raptada por Hades y alejada de su madre Démeter que sólo retorna por poco tiempo. Si el terreno es enorme y ostentación de aristócratas o acaudalados, no importa tanto el entorno, pues el jardín o parque alcanza dimensiones de paisaje, pero cuando está acotado, qué interesante el recurso de la escenografía prestada, borrowed scenery o shakkei en japonés: los elementos del exterior que pueden ser tanto la copa de un árbol o un templo o un palacio a lo lejos, por qué no una montaña, o nubes o estrellas, formando parte como fondo, más allá de los límites del encierro perfecto. Apasionantes personajes y sabios son los diseñadores de jardines y parques. Sólo por citar a algunos: el máximo creador de esa maravilla que ya no puede leerse sino como campiña sin historia, el jardín inglés, anticipo estético de las futuras aspiraciones libertarias versus el absolutismo del jardín versallesco, se apodó Capability Brown (1716-1783) pues decía que “sus jardines tenían notables capacidades”; el inmenso Carlos Thays (1849-1934) creador de la sombra de Buenos Aires, “al acecho de todos los rincones en que fuera posible tender verdores y sembrar corolas entre árboles propicios”, honró los árboles nativos en proyectos del urbanismo más elegante ; Roberto Burle Marx (1909-1994), el gran paisajista nacido en Recife descubrió la belleza de la flora tropical en el Jardín Botánico de Berlín y a partir de entonces enalteció las especies nativas en sus obras, que son íconos de la modernidad brasileña; el contemporáneo Gilles Clément (1943) propone jardines en movimiento y la planetización del concepto jardín, es decir, la construcción de un Edén global, como lugar de acumulación de lo mejor: frutas, flores, árboles, arte de vivir, pensamientos diversos propios del (no en vano es francés) Tercer Estado – cuyos proyectos revolucionarios desde 1789 siguen sin cumplirse en su plenitud. Y si recordamos que Edén, palabra hebrea de origen acadio, en realidad significa placer, propongamos generalizar este ritual: a fines de marzo y abril en Japón los cerezos florecidos son el centro de una orgía soft, la ceremonia hanami – literalmente observación floral -; observarlos y dejarse envolver por su aroma, su sombra, la leve caída de los pétalos, festejando con picnics bajo sus copas o caminando con los ojos en alto, entregados a la inmersión en un mundo rosa, blanco, leve, efímero, en los parques públicos y en comunión maravillada con los otros, ¡qué mejor reverencia que ésta a las ninfas y diosas de la primavera!

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