3.15.2014

Niisan, texto publicado en la revista tokonoma 16,

NIISAN Por Amalia Sato El Museo de la Bomba Atómica de Nagasaki tiene dos entradas. Una invita a ingresar contorneando una fuente de agua circular que corre permanentemente derramándose sin una onda que altere su superficie y sin un murmullo – símbolo de la sed padecida por las víctimas -, atravesar luego un pasillo entre dos columnas dirigidas hacia el lugar donde cayó la Bomba, y a continuación pasar a una sala donde un libro enorme resguardado tras cristales registra los nombres de los fallecidos, lugar en el cual uno puede permanecer sentado y en silencio con una luz cenital. Una manera muy pertinente para prepararse al muestrario de objetos y fotos que hablan desde las vitrinas. Pero la mayoría de los visitantes (turistas…) evita este camino e ingresa directamente descendiendo de los micros, con guías que hablan en ruso, chino, ingles, francés, superponiéndose en desorden. Esta foto es lo último que se ve al final del corredor que lleva a la salida y muchos pasan sin detenerse ante ella. Pequeña y enmarcada sencillamente, de unos 15 x 20 cm, cerca del puesto de souvenirs y la puerta de salida. “Niño en el crematorio de Nagasaki ”. El muchachito de 7 u 8 años, descalzo, bien plantado lleva con elegancia su humilde camisa de algodón, con el pecho cruzado por unas tiras de tela, que sostienen al bebé regordete, el hermanito que lleva cargado a la espalda. Es un niisan, un hermano mayor. Nunca un cartel explicativo para una foto fue tan largo. Lo que ésta registra es el momento de la incomprensión, de la empatía ignorante: al fotógrafo lo captura ese niño bello, serio, derechito en medio del caos, llevando a un bebé que parece dormido; otro admirable hermano mayor haciéndose cargo de un pequeño, como tantos otros huérfanos, fatídicamente responsables, que empujan carritos o se refugian en las estaciones a la cabeza de grupos de niños de dos, tres o cuatro años. Aun ahora, en circunstancias totalmente diversas, en la vida cotidiana de un Japón moderno y sin apremios, los niños adquieren de golpe una independencia que llama la atención. Hasta hay un programa de tv que los sigue cuando van por primera vez a los seis años a la escuela, siguiendo las directivas de sus padres, desplazándose solos por la ciudad acechante, tomando medios de transporte a las horas pico. Tal vez como pocos, el director de cine Kore Eda captura esa repentina madurez y capacidad de supervivencia, y expresa al mismo tiempo una fe inmensa en los niños que logran actuar. Volvamos. Cuando entiende la escena, el fotografo norteamericano ya no puede seguir disparando su cámara: el niño desata las cintas y entrega el cuerpo, se inclina en una reverencia, vuelve a erguirse y se queda unos minutos, muy pocos, solo y en silencio, y dos hilos de sangre se deslizan de sus comisuras: tan tenso y tan exhausto, los labios, la lengua son almohadillas donde descargarse; otra reverencia y se pierde en medio de la multitud. “Quise consolarlo pero tuve miedo de que al hacerlo se desmoronara su fortaleza”, dijo el autor de la foto, Joe O’ Donnell (1922-2007). Había llegado a Nagasaki el 11 de setiembre, como sargento fotógrafo de los marines que llegaban para recoger prisioneros, después de la rendición de Japón, y permaneció por siete meses. Portaba dos cámaras, con una sacaba fotos personales cuyos negativos guardó por más de cincuenta años en un baúl cerrado con llave. Se casó con una japonesa, tambien fotógrafa, Kimiko Sakai, y tuvieron cuatro hijos. Su foto del niño del crematorio y otra de niños carbonizados sentados en una sala de escuela son las dos más mencionadas y, recién en 1995, se hicieron públicas. La figura de O’ Donnell que se desempeñó después como fotógrafo de la Casa Blanca es controversial y muy incómoda para los norteamericanos, alguna vez dijo que se animó a preguntarle a Truman sobre el porqué de las Bombas atómicas y que la respuesta le resultó ininteligible. Muchos lo criticaron por sus gestos tardíos, sus reclamos erráticos, y hasta lo acusaron de atribuirse fotos tomadas por otros como la de Roosevelt, Stalin y Churchill en la cumbre de Yalta o la tan famosa de John John haciendo la venia ante el paso del cortejo fúnebre de Kennedy. Es curioso, en todo caso, lo que hizo con ésta: la toma completa era de su colega Stan Steans (Jackie, figuras en el fondo, unos policías adelante, y el niño John John): O Donnnell recortó sólo al niño, derechito, con su tapado color pastel de doble abotonadura, haciendo el saludo militar (¿sugerido por su madre que algo le habia dicho al oído?). ¿Como en cinta de moebius, espejo asimétrico, reminiscencia fantasmal el negativo de 1945 de ese niño inolvidable, reflejado en esta otra, recorte, alteración falta de ética, pero sin duda, una “obra”, de otro momento crucial, raro efecto de una memoria agobiada que se apropia de la toma ajena, un acto que uno de los hijos de O Donnell justificará ante las acusaciones como una forma de extraña demencia? Y estas líneas, más para agregar al rodeo del cartel explicativo, en medio de las explicaciones de los guías, como prueba de que todo lo que pueda llegar a decirse sólo puede resultar nimio e inadecuado. Pero es un deber dar a conocer la foto de este niño. El silencio de cada uno de nosotros ante ella es un homenaje a su sufrimiento, su entereza, su belleza. La Universidad de Vanderbilt l publicó en 2008 Japan 1945. A US Marine’s Photograph from Ground Zero.

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