11.10.2013

texto en barzon, Refugios y artificios, 2013

Invierno /Barzón Refugios y artificios Por Amalia Sato Vocación trashumante, estacional. Una es la casa que se habita, la otra el refugio – aunque para David Thoreau toda casa debería serlo - : quinta, cottage, atelier, studio, casa de té, bunker, casa weekend, casa de campo, pequeñas prefabricadas o módulos, la casita en el árbol, el escondrijo para esperar el fin del mundo. En fin, el idilio extramuros fuera del núcleo urbano. En este “otro” espacio el tiempo es el anhelado: eterna primavera o luz de sol paradisíaca o paisaje nevado, lo que sea pero siempre en el encuadre perfecto, la naturaleza en un esplendor que se disfruta como una bendición. Y hubo una precursora absoluta, valga la ironía, en la concreción de este deseo de una inmersión en la naturaleza que acaso también sea revisión de la idea de lujo alienante. Y esta figura llena de anticipadas intuiciones que ahora aceptamos con total naturalidad, esta protagonista trágica de opulenta fantasía no es otra que Maria Antonieta, la última reina del Ancien Régime. Obsesionada con lo que sugería una pintura de Hubert Robert – especialista en cuadros de ruinas invadidas por la vegetación y conceptualizador de los “jardines arruinados a la moda”- y con el antecedente de la aldea que habían construido los Principes de Condé en Chantilly en el predio de su castillo; por otra parte autorizada en su curiosidad por las nuevas tendencias propuestas por Rousseau, los iluministas y los fisiócratas, y su propia anglomanía, la Reina encargó al arquitecto Richard Mique la construcción de una pequeña aldea de cuento de hadas dentro de los jardines del Petit Trianon que su esposo, Luis XVI, le había obsequiado a kilómetro y medio del palacio de Versailles. Y en dos años se levantó el Hameau de la Reine: doce casitas de estilo normado de techos de paja y pizarra, con balcones y escaleras de madera con anticipos gaudianos en sus efectos de enramados, con plantas trepadoras y macetas en azul y blanco, huertos, jardines, un lago artificial con carpas y lucios, una Torre de nombre inglés, un palomar, un puente de piedra, establo, tambo, cocina y molino. Allí la soberana veía cumplido su sueño de un entorno natural sin la rigidez de los parterres o los invernaderos versallescos, una sucesión estilo inglés de paisajes más salvajes y descuidados. Nada de miriñaques ni de altos peinados pouf con sus armazones incomensurables, y sí sombreros de paja y vestidos de percal y muselina, para oficiar de campesina o lechera junto a su íntimo círculo de amigas. Además de la Aldea, María Antonieta sugirió que le construyeran una Roca, dotada de un mecanismo que hacía caer un torrente, una Cueva (con un orificio para espiar a quienes llegaban y una escalera secreta para huir de los inoportunos), así como un Templete del Amor, y un Teatro. Deseo de evasión, hartazgo del protocolo, idealización de un entorno rural, aspiración pedagógica de una nueva y más fresca vida, tales los motivos para esa existencia paralela teatralizada en ese entorno de inconcebible actualidad. Tan afín a las propuestas actuales de escapadas de ensueño hacia lo pintoresco. “Quien haya nacido después del Ancien Régime, no sabe lo que es la dulzura de vivir”… dicen que decía el sinuoso Talleyrand. Fuente de los modales y las tradiciones de etiqueta y cortesía de nuestro mundo, también el siglo XVIII testigo de esta fantasiosa pastoral edilicia, cuyo autor pagó con su vida la lealtad a los caprichos de la exquisita e infortunada soberana.

10.12.2013

Gloria Lenardón y su novela Shopping, comentada por Susana Szwarc

“Shopping”, de Gloria Lenardón. Editorial Fundación Ross. Rosario, 2013 Gloria Lenardón es la autora de La reina mora, novela con la que obtuvo el premio Emecé en 1987. También “A corta distancia” y “Eva Maravillosa”. Ahora, en la colección Narrativas contemporáneas, ed. Fundación Ross, nos entrega “Shopping”. ¿Es posible salirse de un espacio, de una época? Podríamos responder o no a esta pregunta mientras recorremos el libro o el Shopping. Si entramos allí, no podremos fácilmente salir. Digo, si entramos al shopping donde – como en cualquiera- están los/las porristas, el de galones, la de rastas, los bonetes, los rollers que se impondrán en los caminos, capaces de hacernos tropezar, y la novela. No es fácil en estos tiempos conseguir una golosina, así se llama eso que se busca desde el comienzo hasta el final de “la historia”. Sobre todo porque hay que pasar los controles de cada sector. Se desconocen los géneros, cualquier paseante podría ser hombre o mujer o gato o gorrión o auto y “el Renault se pone melancólico, no sé cómo estará ahora tan lejos del estacionamiento de mi casa…Lo palmeo, en ocasiones lo palmeo.” Si bien la (o el) protagonista se confunde con esa multitud supervisora, mantiene su anonimato, no sabremos nunca su nombre. A veces nos resultará difícil encontrarla o la veremos mirando a los camilleros que llegan para cargar a una mujer a punto de parir, como si “todo” fuera posible dentro de un shopping, como si allí se ubicara el universo. Si se está afuera, ¿dónde se está? Gloria Lenardon usa un ritmo que no se detiene, que avanza (como los mismísimos rollers) en un fraseo que por momentos resulta circular. Cada frase va y viene y vuelve a irse, como los personajes. Hay un acompañamiento y, como alivio, insisten algunos árboles: las tipas (como lo único sentido, humano). Porque si bien hay una gata (¿o gato?) que hace preocuparse de otro a la (él) protagonista, no sabemos si es de carne y hueso, o es un juego “ficcional” como ese muñeco que nació “medio paliducho, medio blanducho” pero que puede funcionar como un medio hermano. Hay en este Shopping desasosiego, mirada amplia que nos avisa qué desiertos (líquidos) pisamos. Sin embargo, en el absurdo (vacío) del siglo XXI, Gloria Lenardon nos hace sonreír. Podemos cruzar el desastre y sobrevivir escribiendo. Tal vez descubrir el local de las golosinas. Susana Szwarc

7.07.2013

Lectura Genji. Noticia enviada por Ariel Stilerman

Título: Escuchar a Genji en español: Recepción, traducción, teatro Fecha: 23 de Julio, 2013 a las 6 de la tarde. Lugar: Tokyo. Universidad de Waseda (Toyama Campus), Edificio 33, piso 16, sala 10 Contacto: Ariel Stilerman (agstiler@gmail.com) Cómo surgió la idea: Ya que en la época Heian era común recitar textos en voz alta y así compartir una lectura grupal, la idea es que una actriz lea y dramatice el texto en castellano para el público hispanohablante que reside en Tokyo. Descripción: Escrita en el siglo XI por Murasaki Shikibu, La historia de Genji (Genjimonogatari) es la obra cumbre de la literatura japonesa. Las tres versiones en español publicadas hasta el día de hoy son retraducciones del francés e inglés (Arthur Waley, Royall Tyler, etc.). Presentada por el Prof. Jinno Hidenori, la actriz Ana Recalde leerá y dramatizará el primer capítulo de la obra, “El Patio de las Paulonias” (Kiritsubo), en una nueva traducción realizada en forma directa del japonés clásico por Ariel Stilerman. En un esfuerzo por ofrecer una versión fiel al lenguaje y estilo del original, esta traducción se beneficia de las ventajas que ofrece el español sobre otros idiomas. El uso del “sujeto tácito”, imposible en el inglés o alemán pero habitual en castellano, permite reproducir una de las características centrales del estilo de Murasaki Shikibu, en el que el sujeto de las oraciones es ambiguo y cambia constantemente. Luego de la lectura, el Prof. Shimizu Norio abrirá un espacio de reflexión sobre los procesos de recepción, traducción y puesta en escena de obras japonesas en el mundo hispanohablante. Presenta: Facultad de Letras, Artes y Ciencias (Universidad de Waseda) Auspician: Instituto Cervantes de Tokio (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte de España) Fundación Japón (Ministerio de Asuntos Exteriores de Japón) Instituto Internacional de Literatura y Cultura (Universidad de Waseda) Instituto de Investigación en Letras, Artes y Ciencias (Universidad de Waseda) Entrada libre y gratuita - El evento se llevará a cabo en japonés y español

7.05.2013

Sábado 13 de julio, 16 hs

Función de teatro de papel del Club Kamishibai

Narradores Marcela Canizo, Masao y Amalia Sato

Kamishibai (Kami: papel, shibai:teatro) es una forma de arte teatral callejero que nació en Japón en la década del 30 y durante la posguerra fue una actividad esencial en la vida cotidiana de los niños.

Las obras:
El niño durazno
El gorrioncito sin lengua
El cocinero enojado

Para grandes y chicos.
Cobramos un bono contribución para el Club Kamishibai de $35.
info@fostercatena.com

6.01.2013

más librerías donde encontrar nuestra revista.

Fundacion Proa P.de mendoza 1929 El pasaje Thames 1762 Menendez Paraguay 431 Crack up Costa Rica 4767 Eterna cadencia Honduras 5574 Librería Norte Las Heras 2225

4.20.2013

La joven madre muerta. Texto publicado en la revista La balandra, dirigida por Alejandra Laurencich.

LA BALANDRA NARRATIVA JAPONESA Una aproximación a partir de una figura recurrente: la joven madre muerta POR Amalia Sato Mi madre en sueños viene. ¡Ay no la ahuyentes, oh cruel canario! Kikaku (1661-1707) "¿Su madre? Estaba tan sorprendida que no podía apartar los ojos de ella. llevaba el pelo suelto hasta los hombros, los ojos eran rasgados, profundos y brillantes, los labios bonitos, la nariz recta ... y ,además, todo su cuerpo emanaba una luz muy viva, como un latido de vida. No parecía un ser humano. Nunca había visto a nadie como ella". (Kitchen, Banana Yoshimoto). La literatura japonesa nació de los pinceles, manejados tanto por hombre como mujeres de la Corte, que fueron caligrafiando de otro modo los ideogramas chinos con operaciones de estilización pictórica. Al cabo de cuatro siglos de sucesivos cambios, las islas contaron con su propio sistema de escritura fonética, el hiragana, también conocida como “suave” o “mano de mujer” por el papel que ellas desempeñaron en su desarrollo. Los diarios, los poemas y el epistolario amoroso que compartían tanto los hombres como las damas de la Corte fueron el campo de experimentación de esta escritura de cuya gestación las mujeres fueron protagonistas. Tan alto grado de cultura y refinamiento dio lugar a tempranas obras maestras de la narrativa de un ciclo de autoras de los siglos X y XI que no volverá a repetirse. En el Romance de Genji escrito por Murasaki Shikibu, aparece la primera madre novelesca. Es Kiritsubo, quien queda en la memoria del pequeño hijo por el relato de los otros. En el primer capítulo se cuenta que en la corte de cierto emperador, una dama de rango inferior es la preferida, y que expuesta a la envidia de las demás, cae enferma, sin que por ello el emperador disimule la pasión que la perjudica; con un "amor más cruel que la indiferencia" - según la traducción de Arthur Waley -. Cuando su condición es ya extrema, abandona el palacio sola, dejando a su hijo, y temerosa de nuevas acechanzas. Esa misma noche muere en casa de su madre. El niño huérfano es el futuro príncipe Genji, Los años pasan, y cierto día, llegan noticias al emperador sobre una muchacha de rara belleza, de quien dicen se asemeja mucho a la muerta. Por una serie de semejanzas con la desaparecida, el Emperador es inducido a desearla, y a su turno él insistirá, al hablar con el niño: "Es como tu madre, ámala". Genji no recuerda a su madre, pero como tanto insisten en que es idéntica a ella, se aficiona por la joven Fujitsubo. Así, a pesar de su corta edad, la efímera belleza toma posesión de los pensamientos de Genji, quien forja su predilección y lo que será su obsesión eterna. La joven madre muerta y su complemento, la madrastra joven que borrará todo dolor, se vuelven dos figuras fundantes, ejes de una estructura que se repite a lo largo de toda la literatura japonesa. Las emociones que despiertan reaparecen sin cesar, disimuladas bajo muchas variantes. Así por ejemplo, en el personaje folclórico de la madre zorra que tiene un período de vida humana, y que es conmovedora; desea hacer el bien manteniendo oculta su identidad, pero el hombre al que ha desposado y que sospecha de ella, la obliga a transformarse. En el último instante se despide de su hijo que duerme. La encontrará él ya hombre, como cazador consumado que le perdonará la vida, o en una versión más dramática, acariciará lo que de ella han hecho: el parche de un tambor que con su sonido lo convoca. También está la madre salvaje y potente, combinación de bruja de la montaña y ninfa, la yamamba, una legendaria madre soltera, que oficia de entretenedora o prostituta, y que es fecundada por el dios del trueno. Popularmente tiene por hijo al héroe folklórico Kintarô (o "niño dorado"), dotado de poderes sobrenaturales. La novelista Tsushima Yûko escribió en 1980 Yama o Hashiru Onna (Mujer que corre por la montaña), una novela cuya protagonista es una joven madre soltera de 21 años, una moderna yamamba, cuyo hijo se llama Akira, Cristal de roca. La mujer del "otro lugar" (mukôgawa no onna) , otra variante de la figura, se perfila nítida en Kôyahijiri (Un monje del Monte Kôya, 1900), uno de los relatos más conocidos de Izumi Kyôka (1873-1939). La anfitriona que recibe a un huésped en sus extraños dominios, con el control mágico sobre los animales, es madre nutricia de enorme atractivo sexual. Por último, hay una figura de madre, deudora del comic para jovencitas, creada en la década de 1980 por Banana Yoshimoto en Kitchen (1988). El padre, obsesivamente enamorado de la madre muerta, ocluye toda búsqueda y se entrega a la maternidad, operándose y travistiéndose. Eriko, la nueva bella madre, es el padre transexual, también de trágico destino. Y hay que considerar también en esta línea de emociones, la proliferación de atracciones hacia figuras vinculadas por lazos familiares pero muchas veces no sanguíneos: como la cuñada deseada porque recuerda a…, la hermana menor que muere jovencísima, o la nuera más admirada que la propia hija. Tanizaki, Kawabata, el cine de Ozu, Shiga Naoya, y cuántos más sucumbieron ante el misterio de la figura ausente e inolvidable pero replicada que se establecía en el Genji. En el último período de la era Heian, el momento del Genji, el concepto de utsushi (reflejo, proyección y transición) dominaba la visión de los asuntos humanos. La desesperación por la calidad de eterno del amor se superaba con la creencia de que el amor perdido podía revivirse en las imágenes de personalidades plurales. El estudioso Tetsuji Yamamoto vuelve a los planteos del estudioso Shinobu Orikuchi (1887-1953) sobre la problemática de la ilusión y la práctica en el "campo" de la mentalidad japonesa. Distingue dos mundos: uno, el de los espíritus vengativos (mononoke), otro, el mundo de irogonomi (la elección de enamorarse de una mujer noble, no lujuriosa). Sólo los más altos aristócratas, poseedores de majestad real, podían disfrutar de una libertad innata y probar los límites de lo humano siempre dentro de la senda de irogonomi que se inicia con el amor por una madre. MADRE, CUANTO ME GUSTARIA VER TU ROSTRO (Haha yo, Anata no Sugao wo Mitai) Aono Sô Madre, cuánto me gustaría ver tu rostro. Me pregunto cómo eras en ver¬dad. Tu única fotografía es una que Sis, quien ahora es una mujer madura, ha atesorado desde niña. Cuando era pequeño, ella solía decirme que eras tan bella. La foto te muestra en tus tem¬pranos treinta, me parece que unos siete u ocho años antes de que yo hubiera nacido. Tenías puesto un sentador sombrero de alas anchas, y como estás posando en una silla, supongo que la foto fue tomada con flash en un estudio. Sé que te gustaban las pelí¬culas occidentales - tal vez te la tomaron cuando volvías de un cine de Shinjuku. No tengo modo de saber qué películas exhibían por entonces, pero en los años de l930 con seguridad que ¨City Lights¨ de Chaplin. Tu mirada clara y tranquila parece contarme que acabas de ver el delicioso y emocionan¬te romance entre Carli¬tos y la muchacha florista ciega. Agradezco que Sis tu¬viera por lo menos esta imagen, y cuidaré la copia que le mandé hacer para mí. La guardaré entre las hojas de mi viejo pasaporte, ajado, manchado con transpiración, y lleno de las estampillas de aque¬llos países que conocí en mis viajes de juventud por el mundo. Y todavía, Madre, la foto se interpone, cuando me abandono al influjo de una noche de luna, y me esfuerzo en imaginar un cálido y vivo rostro. Añoro de tal modo algún recuerdo tuyo de infancia. Si de niño hubiera hecho un esfuerzo consciente por grabar tus rasgos en mi mente, la foto me habría ayudado a traer esa memo¬ria a la vida. Pero puesto que no recuerdo nada en absoluto, una descripción puramente verbal podría haber servido mejor. Por lo menos de ese modo habría podido formarme una imagen tuya libre, como se me hubiera dado la gana. Una noche fría y clara de in¬vierno, por ejemplo, habría tomado inspiración de la delgada luna creciente. O podría haber encontrado tu imagen en una manzana de mi jardín que hubiera alcanzado el tamaño de un puño de bebé. En otras palabras, la imposibilidad de capturar una representación fiel habría hecho que la imagen pareciera todavía más un recuerdo verdadero. Una fotografía, por el contrario, precisa¬mente porque registra la apariencia superficial tan fielmente, limita la ima¬ginación -aunque el efecto sería distinto si tuviera docenas de fotos, suficientes para verte como en movimiento. A veces, al conocer a alguien tras haber visto su fotografía, dudo si se trata de la misma persona. Lo contrario no me sucede, siempre y cuando la persona enfrente la cámara y haya suficiente luz directa. En el dormitorio de mi casa aquí en la provincia de Fukushima, tengo un poster tamaño natural de Rie. Es una amplia¬ción de una de sus tomas profesionales, tomada de la cintura para arriba. De las muchas imáge¬nes que tengo de Rie en distintos modos, éste es el que menos se le parece en su vida cotidiana. El peinado y las ropas la hacen ver como una bailarina de flamenco, y por eso lo llamo mi poster Carmen. La toma fue hecha cuando nuestro hijo comenzó a mostrar interés por los cassettes, unos pocos meses después de cumplir dos años - la misma edad que yo tenía cuando tú te fuiste. Cuando por primera vez colgué el pos¬ter sobre la pared de mi departamento de Tokyo, antes de venir para Fukushima, el niño solía ir hasta él, colocar sus manos sobre el pecho de Rie, y apretar su mejilla contra ella. Y hasta inten¬taba quitarle las pestañas postizas. Muy pronto mi hijo cumplirá cuatro años. Cada vez que Rie pasa unos días afuera por trabajo, me lo trae aquí con el Shinkansen y jugamos juntos, solos los dos. Como quiero agradarle, invento juegos para nosotros. Luego, cuando hay oportunidad, saco mi caja de madera con fotografías de Rie. La caja está llena de fotos de Rie con otras personas, o tomadas hace tiempo cuando el niño no había nacido aún. Yo las mezclo y las voy colocando una por una sobre la mesa, pregun¬tando "¿quién es?" o "¿dónde está Rie?". Me gusta el modo como se sonríe cuando la reconoce, y me sorprende que lo logre con tanta rapidez. Y si yo tengo dudas con la foto¬grafía de graduación del colegio secundario, a él le basta con observarla por unos segundos y en seguida exclama: "Aquí está". Lamentablemente, no le sucede lo mismo con mis fotografías. No las mira con el mismo entusiasmo, y una vez que está seguro de que voy a aparecer en todas, contesta "Papá", incluso antes de que las haya colocado. Cierta vez, curioso por ver cómo reaccio¬naba, le mostré tu fotografía, Madre. Pero al volver a mi cuarto de trabajo, sólo pareció interesarle mi pasaporte. Sin levan¬tar la vista de las estampillas de los diferentes países, simplemente se limitó a repetir lo que yo le decía: "Era la mamá de tu padre ...". Sí, percibía un parecido... No, no veía ningún parecido ... Al enterarme de que mi hijo vendría, otra vez, lo primero que hice fue confeccionar una lista de lugares adonde llevarlo - el río, el parque de diversiones, los bosques - por más que sabía que él querría hacer cambios y que mis planes podrían arruinarse de todos modos por las tormentas de esta época del año. Lim¬pié la casa y fui de compras. Siempre que iba de compras con mi hijo, él me decía que se quedaría en el coche viendo su libro de dibujos. Yo lo obligaba a cambiar de idea y lo hacía ir. Pero si entraba conmigo al supermercado, se iba corriendo mien¬tras yo controlaba las fechas de vencimiento o la lista de aditi¬vos de algunos pro¬ductos - y una vez que empieza a correr nadie lo para. ¿A dónde creerán que pueden llegar los chicos cuando se lanzan a correr de ese modo?. Sólo logran acabar perdidos. El miedo a perderme es uno de los recuerdos que todavía con¬servo de mi niñez, de cuando esperaba despierto que regresaras. Poco tiempo después que te fueras, me llevaron a la casa del padre en Setagaya, Tokyo. Sería unos dos años después cuando, tal vez excitado por haber aprendido a correr, abandoné la seguridad del área de donde podía ver la atalaya cercana a la casa. Corrí lo más velozmente que pude por la carretera de Shibuya, crucé los carriles de la línea Tamagawa, y fui más allá de la estación Gôtokuji. Me consta que nací en el segundo piso de una farmacia frente a Umegaoka, la estación siguiente a Gôtokuji -¿era una mera coincidencia que corriera en la misma direc¬ción?. Finalmente me encontré en medio de un campo, y me di cuenta de que la atala¬ya no se veía por ningún lado, y me eché a llorar. Seguí llorando hasta que vi unos pollos en una granja cercana. Mientras iba hacia allí, me lancé a llorar de nuevo, de modo que alguien termi¬nó por verme. No recuerdo cómo volví a mi casa. Ahora puedo recapacitar con orgullo sobre la manera como pude llorar con todas mis fuerzas. ¿De dónde venimos, me preguntaba, y hacia dónde vamos?. Gauguin se hacía la misma pregunta en una de las pinturas que realizó tras volver la espalda a la civilización occi¬dental y embarcarse hacia el Pacífico sur. Todavía no he encontrado mi camino, pero no soy capaz ya de llorar del modo como lo hice de niño. En un mundo donde todo puede localizarse en un mapa, es imposi-ble perderse aun intentándolo. Por eso, supon¬go, me sonrío nostálgi¬camente al pensar que las grandes bocanadas de aire que aspiré des¬pués de mi crisis provenían de un corral. Pero que pueda volver cuarenta años atrás no significa que le desee a mi hijo igual expe¬riencia. Y lo mismo puede decirse de la respiración agitada que uno tiene tras llorar como yo lo hi¬ce... Takamura Chieko se lamentaba de que Tokyo no tuviera cielo. La expansión azul sobre Adatara en Fukushima es el cielo real, de¬cía. Chieko murió justo siete años antes de que tú desaparecie¬ras- debes de haber sabido de ella por la lectura de la poesía de Kôtaro. Cuando tomaste el tren de vuelta a Fukushima desde Ueno, llevándome, peque¬ño, en tus brazos, ya debías de estar muy débil. Me pregunto si tus sentimientos no serían similares a los de Chieko cuando observabas el cielo de Tokyo, negro por el humo de una incursión aérea, retroce¬diendo a la distancia. El cielo de Chieko es visible desde el ala norte de mi casa. A lo largo de la costa del Mar de Japón, al otro lado de la cadena de montañas de Abukuma, habían edificado algunas plantas atómicas - temerarios productos de una generación cuya fibra espiritual se ha corrompi¬do con la conveniencia y el deseo de ganan¬cia inmediata -. Unas pocas averías, y a esta distancia no tendremos oportunidad ningu¬na en caso de un accidente. De modo que ya no hay lugares segu¬ros. Y, si bien es sólo por milagro que no ha sucedido nada malo, proclaman que las plantas nucleares son seguras y conti¬núan cons¬truyéndolas. Todo el país se ha convertido en un archipiéla¬go atómicamente poderoso. No es que ya carezca de esperanza. La destrucción del planeta como consecuencia de la era atómica es algo muy próximo en el pesimismo de la noche. Durante el día soy más optimista. Al jugar con mi hijo, por ejemplo, o cuando la vida semeja un viaje infinito por el océano que no precisara de brújula, siento que la gente vivirá mucho mejor que nunca. Para alguien como yo, que oscila entre el pesimismo y el optimismo como un filamento de alga en el mar, es más saludable aceptar el cielo azul como cielo azul- antes que meditar sobre él como Chie¬ko hacía. El agua, sin embargo, es otro asunto. La que se extrae del suelo es terrible - tiene un olor pútrido y se vuelve roja al hervirla. Los habitantes del pueblo dicen que se conserva calien¬te en el baño, pero hasta ellos sacan el agua para beber de la canilla. Es un error suponer que aquí el agua es buena. Yo mismo me dejé engañar por las abundantes lluvias, y, sobre todo, por la reputación del distrito de Tôhoku en cuanto a su saké. Pero no tengo fuerzas para mudarme otra vez sólo por esto, y me consuelo con la idea de que una pequeña adversidad no me hará mal y me dirijo por agua a las canchas de tenis que posee un amigo mío. Siempre me siento un poco más seguro luego de llenar mis tres tanques de l8 litros - otra tarea que debo cumplir antes de que llegue mi hijo. El administrador de las canchas de tenis, un hombre llamado Okamo¬to, hace que su mujer las cuide mientras él dedica todo su tiempo a su huerta. Al volver a casa con mi agua, veo su camión en mi campo y a él regando mis manzanos, algo que cumple como una atención hacia mí. Gracias a él, los árboles que nunca antes habían dando fruta producen ahora manzanas en abundancia. Hay que podar las ramas apenas comienza la primavera, hay que reducir las frutas de cuatro a una por rama, y luego regar los árboles regu¬larmente. Es una lástima que no puedan evitarse los insecti¬cidas, pero por lo menos procuro limitar su uso. Okamoto pulveri¬za sus árboles siete veces en total, mientras que yo lo hago sólo tres. Cuando Rie me lo trae para dejarlo y mientras me explica la situa¬ción con sencillez y clari¬dad, nuestro hijo no llora. Para él, un viaje a Fukushima significa subir al Shinkansen y jugar con su padre por unos días hasta que Rie termine su trabajo y vuelva a buscarlo. Esta vez entra corriendo a la casa llevando un tren Shinkansen de juguete que Rie le ha comprado en la estación Ueno, e inmediatamente se pone a examinar la caja del juguete. Usa sus crayo¬nes para dibujar sobre el papel que le despliego, chapotea en el agua del campo, y al rato cae dormido sobre los cobertores. Como si le dijera a Rie que se vaya antes de que despierte. Rie debe estar de vuelta en Tokyo esa noche y no puede quedarse mucho. Me dice que tendrá un poco de tiempo libre luego de esta tarea, y para que la conversa¬ción no muera le sugiero una salida, y le recuerdo los momentos en que se había sumergido en las claras y heladas aguas de un torrente de monta¬ña. También le cuento la historia que he escuchado del dueño de una pensión de Oku Aizu, un hombre que ha quedado ciego por diabe¬tes. Según su versión, los cristianos del período Edo - obli¬gados a rendir culto en secreto - habían pintado una imagen de la Virgen María en la pared de una cueva no lejos de la pensión. Tengo la costumbre de contar las historias que oigo, objetivas o no, como si fueran innega¬blemente verdaderas. Lo considero un vestigio de mi deseo infantil de agradar, de hacer interesantes las cosas sin tomar en cuenta las consecuencias. Inexplicablemen¬te escéptica, Rie dijo, "Haya o no una pintura de María en la cueva, sería una buena idea que fueras y miraras". Pero estaba a favor de una excursión, y el mapa nos confir¬mó que la ubicación era ideal, con fuentes termales y un arro¬yuelo. Pronto llegó para Rie el momento de partir. Telefoneó por un taxi y, para evitar que nuestro hijo oyera el motor, lo tomó a cierta distan¬cia de la casa. Mi hijo se despertó al anochecer. Al encontrar¬se con el verde del jardín mezclado con la oscuridad, preguntó, "¿Dónde está Rie?". Al saber que se había ido, se enojó y comenzó a llo¬rar. No se habían estrechado las manos ni se habían dicho adiós, protestó. Cuando Rie lo dejaba en casa de su madre, siempre le daba la mano, le decía adiós agitando los brazos, y le daba un beso de despedida. Me dijo que había sido mi culpa que se hubiera perdido esa importante íntima ceremonia, y por un rato estuvo en mi contra. De haber sabido cómo expresar mejor sus pensamientos, habría dicho: "A propósito la dejaste ir mientras yo dormía, sólo para hacerme sentir mal." "¿Por qué no le decimos adiós a Carmen?", sugerí, tomando a mi hijo de la mano y llevándolo hacia el dormitorio. Fue una torpeza de mi parte no haberme percatado del modo como había evitado el poster de Carmen desde su llegada. "¡Esa no es Rie!" gritó, y se fue corriendo hacia la puerta de entrada, pero no quería lasti¬marse los pies des¬calzos, y odiaba las orugas. Se detuvo abrupta¬mente en la terraza, y se largó a llorar todavía más violentamen¬te que antes. Poco a poco, no obstante, sus lágrimas dieron paso al sonido de sus resuellos que eran lo único que se oía en el aire del atardecer. Los manzanos que acababan de regar tenían el viento a favor, de modo que no me preocupé. Era como si navegáramos en un bote al garete en un océano con millones de ranas de todas las especies imaginables. Por entonces ya se había hecho completamente de noche. Mi hijo tomó tres de mis dedos en su mano diminuta, y los apretó tan fuertemente que se hume-decie¬ron con transpiración ... La esposa del dueño de la posada me aclaró que nunca había visto una pintura en la cueva, aunque muchas veces por la lluvia se había refugiado allí cuando iba a juntar hongos. Cualquier pintura se habría borrado hacía mucho, decía, y que su marido haría bien en no hablar sobre cosas sucedidas cincuenta o cien años antes como si hubieran ocurrido ayer. Pequeña y enérgica, es una mujer que está siempre en movimiento de la mañana a la noche. Su marido quedó invá-lido de las piernas a causa de un accidente de tránsito tres años antes, y a la hora de las comidas lo levanta y lo lleva hasta su silla de ruedas, como si no fuera nada para ella llevarlo en sus brazos. Su pensión, Rokurobei, es un lugar tranquilo y bastante melancólico, del que Okamoto me había hablado. Los únicos huéspedes de la pareja llegan durante la estación para recolectar plantas comestibles. No debes de saber qué es un kiwi, o sí, Madre. En tus tiempos incluso una banana era algo especial. El kiwi es una fruta que viene de Nueva Zelanda, donde se desarrolló a partir de la cruza de dos plantas de Asia. Es rica en vitamina C, y comer una por día previene supuestamente de las gripes. Como se aprovechan tan bien y son relativamente fáciles de cultivar, se han vuelto populares aquí en Fukushima. Okamoto, simpatizando con los dueños de la Rokuro¬bei, se alojó allí por un tiempo y convirtió su jardín en una huerta de kiwi. A cambio, ellos le indicaron el lugar de la mon¬taña donde podía encontrar hongos matsutake -un vegetal de mon¬taña digno de ricos y que habían mantenido en secreto hasta para sus parientes. Una norma no escrita prohibía a Okamoto llevar a alguien con él, pero una vez me invitó. Quizás porque sabía que yo no era el tipo de los que pierden la cabeza por los hongos matsutake, o tal vez porque simple¬mente quería mostrarme que realmente se los podía encontrar en Oku Aizu. Estuve de acuerdo con la esposa del posadero cuando me dijo que no era posible ver las pinturas en la cueva. Un artista amigo de Aizu Wakamatsu me contó que todos conocían la leyenda, pero que él dudaba que fuera cierta. La fascinación que ejercía sobre mí, sin embargo, nacía de algo que el dueño me contara mien¬tras se frotaba los ojos ciegos con el dorso de su mano tembloro¬sa. Los granjeros de aquella parte del país ni sabían qué dios están adorando, dijo el viejo, mucho menos tenían ninguna com¬prensión de la doctrina cristia¬na. Pero, una vez que vieron el retrato de María, quedaron cautivados por su belleza de otro mundo, su gentileza que parecía borrar todos los cuidados de la vida. Simplemente se entregaron a la nueva reli¬gión, sin sentir necesi¬dad de comprender nada más difícil que eso. Supongo que el dueño me relató todo esto porque, sabiendo que yo era un escritor, se sintió compelido a corresponderme con una historia suya. Asegura¬ba que había visto la pintura de María de niño - que había visto con sus propios ojos sus mejillas sonrosadas y su cabello ensor¬tijado. Detrás de él, hacia un costado, tenía su propio altar Shintô. Lo había trasladado del ala oriental de la casa luego de que Okamoto lo convenciera de que su doble desgracia, ceguera y paráli¬sis, se debía a haberlo instalado en el lado norte. Desde mi asiento frente al hogar, escuché la historia y paseaba mi mira¬da de él al altar. De pronto, me sobresalté como si una co¬rriente eléctrica hubie¬ra pasado a través de mi espina dorsal. Por un instante la habi¬tación se volvió más brillante, como si estuviera bañada en luz. ¿Y no era ésta, a fin de cuentas, la más natural de las expli¬cacio¬nes? Siempre he considerado a los misioneros de aquellos días una estirpe valiente, más osados que los aventureros o los exploradores, que buscaba a la gente donde fuera que viviera, bajo el sol abrasador del desierto o en el corazón de la jungla donde las sanguijuelas caían de los árboles como lluvia. Aun a sabiendas de que podían ser quemados vivos si eran apresados, habían entrado en secreto a Japón y se habían abierto camino hasta Aizu. Y con ellos trajeron Biblias -Biblias en lugar de pistolas, estacas o dinero. Sé que al crear esta imagen de los misioneros he, obviamente, puesto una excesiva fe en el poder de las palabras. Lo cierto fue que los misioneros llegaron a una alejada aldea de campesinos cuyos habitantes, excepto unos pocos con educación, han de haber sido analfabetos. Apenas si una míni¬ma comuni¬cación podía establecerse seguramente mediante palabras. Me pre¬gunto si, en lugar de ello, no habrán llevado con ellos una ima¬gen - un busto de una mujer llamada María, sin su niño Jesús. ¿No sería esta pintura todo lo que necesitaban?. Incluso el nom¬bre "María" habrá resultado innecesario. Al mostrar este retrato, cual¬quiera con cierta sensibilidad se habrá sorprendido de que exis¬tiera en el mundo una madre tan admirada por su dulzura y su compasión. La imagen habrá purificado al espectador y lo habrá colmado de esperanza. Madre, moriste antes de que yo pudiera hablar, y dudo que alguna vez me hayas besado. Si estuvieras aquí, tal vez me darías la razón en que todo sucedió exactamente de este modo. Me acuerdo de que una vez me reprocharon por no tener un re¬trato tuyo, Madre. Fue en el otro lado del globo, en un país por debajo del Ecuador. Había ido al sur desde Norteamérica, con la ilusión de que en algún país podría llegar al verdadero límite de la tierra. Me hallaba en medio del delgado aire de los altos Andes. Claro que sabía que ningún punto podía ser tan remoto que no se pudiera ubicar en un mapa. Y sin embargo "lindes de la tierra" parecía una descripción adecuada para esta región, exce¬sivamente elevada para la vida vegetal y desierta como la super¬ficie de la luna. No comprendía por qué la gente debía vivir en sitios tan áridos, barridos por el viento, donde el suelo sólo producía un poco de maíz. Las aldeas quedaban a casi cien kilóme¬tros de distancia. Al mirar los rostros de los indios, quemados por el sol y sin ropas desde su cuna, se me llenaban los ojos de lágrimas - no por lástima sino por culpa del viento frío y punzan¬te-. Ni siquiera pude esbozar una irónica sonrisa al ver una con¬side¬rable cantidad de frascos de Ajinomoto en el camión de un mercachifle que había hecho todo ese camino para vender sus artí¬culos. Mis emo¬ciones estaban entumecidas por la extrema soledad que me embargaba. Y así, cuando volví al mundo de abajo lleno de plantas, in¬sectos, y gentes, mis células se agitaron con la sensación de la primavera y mi cuerpo emitió frescos brotes. Aunque también había más cosas que podían perturbarme. Llegué a una ciudad de deslum¬brantes casas blancas pintadas a la cal. La mayoría de los comer¬ciantes en esas ciudades - gente con dinero, en otras palabras - eran indios o des¬cen¬dientes de españoles. Mientras examinaba mi pasaporte concienzu-da¬mente, el hombre que estaba detrás del mos¬trador del hotel en el que me había registrado comenzó a hablar en voz alta con otros hom¬bres que holgazaneaban por allí. Traté de distraerme mirando un poster de la pared. El poster, que pro-bablemente habría dejado algún viajero americano, era de una conferencia de paz por los indios americanos. Salven el medio ambiente, decía, antes de que sea dema¬siado tarde. De pronto se me acabó la paciencia, le arrebaté mi pasaporte al hombre del mostrador, y me fui a mi habitación. La habitación tenía el aire acogedor de la oficina de un pre¬ceptor de una vieja escuela elemental, pero colgado de la pared, en lugar del retrato del director, había un rutilante retrato de la Virgen con el Niño, del mismo tipo que se encuentra en casi cualquier habitación de hotel del mundo hispanohablante. Había visto imágenes como ésa casi todos los días, y no me parecían más desagradables que las que colgaban de las paredes de las pensio¬nes económicas de Japón. Me quité la ropa transpirada y, vestido sólo con ropa interior, comencé a desempacar. En ese preciso instante golpearon a la puerta. Al abrir me encontré con cinco hombres, todos vestidos en diferentes estilos. Uno era un indio con poncho y sombrero de forma cónica, otro un individuo con traje. Atrás estaba el hombre que había atendido mi registro. Automáticamente fui hacia la valija para tomar ropa limpia, pero el hombre de traje me agarró del brazo y exigió ver mi pasaporte. Luego me preguntó si podía probar que yo era realmente japonés. Resultaba que todos esos hombres, excepto el empleado del mostra¬dor, eran detectives de la policía. Creían que yo era un guerri¬llero indio que se había infiltrado en la ciudad con un pasaporte japonés. Todo era absurdo. Se me ocurrió mostrarles mi diario, pero lamentablemente acababa de enviarlo a París, el punto de partida de mi viaje, junto con un poncho y otras cosas que había ido juntando por el camino. Puesto que no parecía posible que con una carcajada se disiparan sus sospechas, me puse a hablarles en japonés y luego escribí: "Esto debe bastarles. Ahora bien, ami¬gos, ¿por qué no se van y me dejan solo?". Pero ellos no quedaron convencidos. Era de esperar, supongo, desde el momento que se negaban a creer que la persona que tenían enfrente era la misma de la fotografía del pasaporte. El detecti¬ve con traje de oficinista hizo a los otros cuatro esperar afuera mientras él entraba a la habitación, dejaba el pasaporte dado vuelta, y me inte¬rrogaba sobre mi fecha de nacimiento, dónde había nacido, y sobre mis padres, tomando nota de todas mis res¬puestas. Los detectives de todo el mundo tienen la misma mirada cuando interrogan. "¿Tiene usted dos madres?" preguntó, y para eludir su malévola mirada me puse a mirar el techo y le conté la verdad. Le expliqué que mi madre biológica había muerto cuando yo tenía dos años, y que había perdido a mi madre adoptiva a los dieciséis. ¿Y que piensas que sucedió a continuación, Madre? El detective me dijo que si estaba diciendo lo cierto, tenía que poder mostrarle un retrato tuyo. Un hombre que ha perdido a su madre lleva siempre su fotografía con él. Sabe que en sus viajes encontrará momentos de alegría, soledad o desesperación. Cuando esté contento, podrá agradecerle y compartir con ella su dicha; si solo o desesperado, podrá volverse a ella en busca de consuelo. Tu madre podría haberte ayudado, concluyó el detective, sólo con que hubieras tenido una fotografía de ella. Luego sacó su bille¬tera y me mostró una de su difunta madre. Por alguna razón me sentí sacudido. Tal vez porque nunca antes se me había ocurrido que uno debía andar llevando un retrato de su madre. O quizá por la presteza obvia del hombre para imponer su moral al otro. No sé qué habría sucedido si yo, siguiendo mi inclinación natural por las bromas, hubiera señalado a la imagen de María y le hubiera dicho que era mi madre. Pero como sabía que malinterpretaría mi confusión, le pregunté qué haría en caso de no poder probarle que era japonés. ¿Planeaba arrojarme en una celda?. En ese caso, ¿por qué no llamar a la embajada japonesa y permitirme hablar con ellos antes?. Mencioné lo de la embajada como último recurso. Según supuse, el fulgor de sus ojos se apagó y abandonó la habi¬tación con una expresión de desaliento en su cara. Imagino que habría querido jugar un poco más con el miserable salvaje que tenía ante sí. Debe de haberse sentido como alguien que abre el dorso de una cámara y se encuentra con que todavía tenía película adentro. Esa noche experimenté otro sobresalto. Había comprado un cua¬derno y estaba intentando registrar mi conversación con el detec¬tive, pero perdí el interés y me quedé tendido sobre la cama con los ojos cerra¬dos. Era una etapa en la que me preguntaba constan¬temente por qué una persona de mi edad debía viajar cuando bien sabía que el "límite de la tierra" simplemente no existía. Este era mi estado mental cuando repentinamente, Madre, tuve una vi¬sión tuya. Como tú sabes, hasta entonces yo había estado satisfe¬cho con una simple conciencia de ti como mi madre, sin concentrar mis pensamientos en ti. Ahora, de golpe, tenía lugar una reac¬ción. Pensé que era mi culpa que estuvie¬ras muerta. Te había ahogado, te había asesinado. El proceso rápida¬mente alcanzó un punto donde mis pensamientos y emociones emergieron. Puesto que existo, una mujer debe de haberme dado a luz. Que ella haya muer¬to de tuberculosis en un hospital de Fukushima en el otoño del año de la rendición de Japón no significaba nada para mí, que no podía recordar su rostro. ¿Qué hizo que creciera en la comodidad de tu útero, robándote carne y huesos, y que luego desgarrara tu cuerpo para entrar al mundo?. Cortaron mi cordón umbilical justo cuando tu cuerpo se desplomaba; el grito que acompañó tu estertor coincidió con mi primer llanto. Ese grito se fue apagan¬do en distintas direc¬ciones, elevándose hasta el cielo y disol¬viéndose en la atmósfera. Con seguridad que parte de él habrá entrado en mis propios pulmones durante mi desesperada lucha por aire ... Pero ¿ qué importancia tenía esto ?. Haber tenido esta visión no significaba que mi jornada llegaba a su fin ni que estuviera por iniciarse una nueva. No había nada que pudiera hacer, y esta visión sólo logró empeorar las cosas. La imagen de María - con sus ojos tan enormes, como sorprendida - me deprimía, y sin em¬bargo no soportaba la idea de apagar la luz y esperar en la oscu¬ridad que me ganara el sueño. Al mismo tiempo no tenía fuerzas para salir y explorar la ciudad. Era una noche terrible. Quizás debería haber continuado fantaseando hasta que la visión alcanza¬ra un punto crítico en el cual se convirtiera en mi sostén. En¬tonces podría haber salido a dar un revigorizante paseo para respirar aire fresco. Al día siguiente habría así marchado hacia la terminal de ómnibus con los pasos segu¬ros de alguien que avanza llamado por una misión. Y me habría sentido seguro con la certeza de que me hallaba registrando la superficie de la tierra, escar¬dándola para dar con las más pequeñas partículas de ti que hubie¬ran quedado esparcidas por ella. El trabajo de Rie, en principio calculado para tres días, se prolongó a cuatro. No se lo comuniqué a mi hijo porque para él "un poquito más" podía significar de una hora a una semana. La noche del cuarto día derribó los bloques de Lego con los que estaba jugando y se refugió en su dormitorio. Le grité que tuvie¬ra cuidado con los escalones, pero ya había llegado a la puerta de su habitación. Me acerqué sigilosamente a verlo y lo encontré parado frente al poster de Carmen. "Te estás retrasando", le increpaba, "quiero verte, así que apresúrate en terminar con tu trabajo. A papá no le molestará que vengas". No tardaría, le repetí - Rie se estaría desmaquillando en ese preciso momento. Pronto estaría de vuelta para alzarlo y decirle cuánto lo había extrañado. Pero aparentemente yo había visto algo que no debía, pues tan pronto me oyó, se volvió para decirme con una voz imperativa "No puedes entrar". Me sonó como un gato con el lomo erizado, maullando ante la presencia de un enemigo. Me retiré farfu¬llando una disculpa atropellada, pero mi hijo se había visto interrumpido y vino a la puerta, la cerró con estrépito para hacerme notar lo torpe que había sido al meterme en su privaci¬dad. Me sentí igual que cuando me hallaba a solas con mi padre. No creo que mi padre y yo hayamos pasado solos más de una semana. Se producía siempre una sensación de incomo¬didad entre nosotros, él un viejo y yo un adolescente. Pero me perca¬té de que ahora yo era el padre, y en seguida sentí la necesidad de tener la aproba¬ción de mi hijo. Todo padre que vive separado de sus hijos siente lo mismo, y generalmente en una situación como ésta yo habría comenzado a representar el juego de "mi hijito perdido". Un juego en el que espero por un rato y luego comienzo a llamar a mi hijo, fingiendo que no lo veo. "Dios mío", digo, mirando por todos lados,"¿por dónde podrá estar?". "Aquí estoy", me contesta, pero cuando voy a buscarlo, se me aparece por detrás, me golpea en la cintura, y me extiende los brazos para que lo alce. "Aquí estoy", dice, dando por terminado el juego. Cuando jugamos a las escondi¬das, le encanta buscarme, pero cuando es su turno de esconderse, elige siempre los lugares más obvios, aunque por su tamaño po¬dría esconder¬se casi en cualquier sitio. Incluso se asoma de su escon¬dite gritando "Aquí estoy". Pero esta vez no tuve ganas de jugar. En cambio, lo dejé descargar su enojo, y me limité a observarlo desde detrás de las cortinas. Okamoto había dejado un balde con cangrejos en la terraza mientras no estábamos. El modo como a¬rrancaba pasto y lo arrojaba dentro del balde indicaba que toda¬vía estaba de mal humor - y hasta indignado. Al mismo tiempo su total concentración en las criaturas pinzadas lo hacía verse como un niño inocente. Aunque en su actitud había algo precoz, como si deliberadamente me estuviera dando la oportunidad de quedarme a solas con "Carmen". Sea lo que fuere, me sorprendió lo mucho que había crecido en estos cuatro años. Me acordé de cómo se fatigaba llorando cuando Rie lo dejaba, y cómo se quedaba dormido por horas sin interrupción hasta que ella lo despertaba otra vez. Todo eso era ya pasado ... Un ruido sordo se escuchó a lo lejos justo cuando estaba por prepa¬rar la cena. Mi hijo entró a la carrera en la casa. Tratando de no atropellarse con las palabras, me dijo: "Un trueno, papá. Tú también tienes miedo ¿no? Pero Rie no". Rie volvió exhausta por la falta de descanso, y tomó una ducha fría para refrescarse. El poder del agua es asombroso. Rie había empezado a cabecear en el taxi pero se despertó al pasar Aizu Wakamatsu y llegar a la calle que bordeaba el ancho río Tadami. Recuerdo el río de tu pueblo natal, Madre - el Omono. Al marchar a lo largo de su orilla hacia tu tumba, tuve la impresión de que el río debía de haber sido una magnífica vista cuando tú eras niña. Cuando llegaste a Tokio, no habrás considerado al Tama y al Sumida como ríos. Luego, al regresar a Fukushima, te habrás la-mentado de que Tokio no tuviera ni ríos ni cielo. Yo también querría estar cerca de un río a la hora de mi muerte. Respirando suavemente, me gustaría ver cómo la clara corriente de cristal lleva gentil las mustias hojas del otoño. Pero el Tadami de estos días es distinto de tu Omono, sobre todo desde que construyeron la represa, que deja detenidas sus aguas. La superficie es como la de un lago, y el reflejo de los árboles y montañas es tan nítido que podrías recortarlo con una tijera. No me sorprendería escuchar que la represa ha cambiado la visión del mundo de la gente que estaba acostumbrada al poderoso fluir del Tadami. "Gracias a la represa", dice el dueño del Rokubei, "ahora hay peces en el río". "Aunque no has pescado ni uno", le re¬plica su mujer. Antes de salir de casa, le he dicho a mi hijo que nos alojaremos en la pensión, pero, tal cual lo imaginaba, él se ha negado a entrar. En el vestíbulo, donde se ha sentado a conversar con la esposa del dueño, Rie señala los animales dise¬cados de la sala donde está senta¬do el señor. "Mira", llama, "hay un ciervo, y veo también un nido de avispas". "Esperaré aquí", contesta nuestro hijo, corriendo bajo el largo alero hasta la entrada de la cocina donde está atado el perro de la familia. Tuve la previsión de llevar una carpa, y decido armarla para que él jue¬gue. Me han dicho que hay un espacio más allá del huer¬to de kiwi. Hay una pelota de aluminio delante del perro, y re¬cuerdo que cuando Okamoto había traído al perro había también un cachorrito recién nacido. "Nadie lo quiso y, como cuidarlo era dema¬siado trabajo, lo sacrificamos". Me arrepiento de haberlo mencionado. ¿Qué voy a contestarle a mi hijo cuando me pregunte por el signi-ficado de "sacrificar"? Por suerte me salva del dile¬ma la apari¬ción de un gato que se tambalea por las enredaderas de kiwi, mareado por haber lamido las cortezas. Nunca había levantado una carpa antes. La que compré es bas¬tante pesada - más de lo que una persona puede manejar. En casa la he abierto, he impermeabilizado las costuras, y he levantado los postes para medir su altura; pero por cierto que armarla es otra cosa. Mientras intentamos que nuestro hijo se quede quieto, Rie y yo leemos las instrucciones para armar la estructura y levantar la tela. Pero tan pronto levanto el toldo, el desastre se desencadena. Creyendo que facilitaría las cosas, he dejado abierta la cremallera de la puerta, pues supuestamente la cerra¬ría una vez concluido el armado, y atadas las sogas a las estacas. Una violenta ráfaga infla la carpa, dentro de la cual ya está jugando el niño. "Qué tontería", digo, y al instan¬te toda la carpa, con su estructura y todo, se levanta, cae sobre un costa¬do, y es arrastrada por el viento como un paracaídas hinchado. Capturo un extremo de la tela y le grito a mi hijo que salga, pero es arrastrado sin remedio hasta que los soportes c¬¬hocan contra una hilera elegantemente dispuesta de árboles de paulow-nia. Mi hijo debe de haber dado unas doce vueltas por lo menos. A no ser por las esta¬cas, la carpa habría sido aspirada por el bosque circundante como un huevo crudo. Por mi experiencia, cuan¬to más fuerte las estacas, mejor. Sonriendo aliviados, mi hijo y yo pisoteamos la carpa para sacarle el aire. En ese momento, oímos un trueno. El trueno le da a mi hijo la posibilidad de acostumbrarse a la pensión Rokurobei, pero no ha sido nada comparado con la tormenta que habremos de tener al día siguiente. Con mucho cuidado termino de levantar la carpa, pensando que si sale la luna esa noche podremos verla desde allí - por otra parte contábamos también con el día siguiente. Luego doy un paseo por la montaña, y vuelvo gratamente cansado a la pensión. Rie y mi hijo, en obvia confabu¬lación, me preguntan si sé cómo es el dios del trueno. "Sabemos algo que tú ignoras", se burlan ladeando sus cabezas en complici¬dad. Les contesto que viste unos pantalones cortos a rayas, que tiene colmillos y un cuerno en la cabeza, que sus ojos despiden luz, y que golpea un tambor que carga al hombro. Pero mi hijo me dice que estoy equivocado, y Rie agrega: "Tu padre no sabe nada, ¿no?". "No, esperen.", les digo, "ese era el dios de los terremo¬tos. El dios del trueno es como una serpien¬te, con alas gigantes¬cas y una barba hirsuta". Pero por supuesto que eso es incorrecto también. Es claro que ya tienen preparada una respuesta, proba¬blemente inventada por Rie. "Bueno, díganme", me rindo, y el rostro de Rie resplandece. Es el aspecto que toma cada vez que ella da con alguna inusual noticia sobre el mundo natural, como esa de que encontraron una locha de diez metros en un lago del sur de China, o que la aurora boreal puede verse en Japón. "Pues bien, según el dueño, el dios del trueno tiene el tamaño de un melón y se mueve rodando por el suelo. Una vez vino aquí, el dueño dice que rodó por debajo de la entrada y delante de la puerta princi¬pal". Mientras Rie habla, veo cómo crece su alegría. "Rodó por el piso delante de la entrada", repite. Ya no puede hablar y golpea el suelo con su pie para disipar la risa, que ya es incontrolable. Al lado de ella, el niño acompaña su relato con su propia versión de una danza de siembra del arroz, golpeando con los pies y agitando los brazos salvajemente. La última vez, al contarme lo de la cueva, el dueño de la pen¬sión también me ha revelado que los hongos crecen en misteriosa profusión en las montañas que han sido alcanzadas por los rayos - pero no me ha mencionado al dios del trueno. Llevo a mi hijo adonde se halla el señor, sentado en su silla de ruedas sorbiendo té, y le pido su relato como testigo. "El dios del trueno parece una pelota de fuego", co¬mienza, "perfectamente redonda. Yo lo vi salir tumultuosamente de ese tablero de conmutadores eléctricos, que quedó tan quemado que tuvimos que reemplazarlo. El piso de la casa se inclinó de atrás hacia ade¬lante, por supuesto, y antes de que entendiera lo que sucedía rodó hasta la puerta de entrada. Mi mujer estaba afuera lavando papas, pero demasiado asustada para mirar". El hombre parecía deseoso de contar su experiencia - y hasta lo consideraba su obligación. Ahora, Madre, esto es algo más que desearía ver y por lo que daría cualquier cosa, además de tu ros¬tro. Una fiera bola roja, dijo, que había ennegrecido el tablero de luz y que había rodado delante de la puerta. No cabía duda de que la habían visto. Del mismo modo, estaba seguro de que él habría visto algún tenue trazo de color en la cueva que le habría recor¬dado la pintura de María, o por lo menos la leyenda de que los cristianos secretos habían dejado una tal pintura. Todavía me parecía difícil creer que el dios del trueno podía tomar la forma de una bola de fuego no mayor que un melón. Cuando me mostró su dibujo, le dije a Rie que era demasiado simple eso de tra¬zar un círculo y pintar¬lo de rojo. ¿Cómo pueder algo así ser el dios del trueno?. Dibujémosle una cara y llamémosle hijo del trueno, dije, agreguémosle ojos y nariz. Lle¬vando un crayon verde, nues¬tro hijo en seguida se apretó entre noso¬tros y nos dio su opi¬nión. "Es el dios del trueno do-do", dijo. Como quiera que sea, nos olvidamos del grito emitido por el cielo cuando expulsó el fuego de su cuerpo, nos estábamos olvidando del modo como un rayo de luz podía transformar un bosque empapado por la lluvia en una escena del otro mundo. Al día siguiente los tres nos entretuvimos en el río hasta que el tiempo cambió. Para un niño, cualquier lugar puede convertirse en un perfecto sitio de juegos, y por eso nos tomó treinta minu¬tos caminar diez metros. Sabíamos que por más que lo apuráramos el niño nos contestaría: "Esperaré aquí". Como encontró un lugar apropiado en el río, Rie prestamente se quitó la ropa y se sumer¬gió en el agua fría, a tal punto helada que me puso de color morado la mano. "No está tan fría como la nieve derretida", dijo. Sólo verla me provocaba escalo¬fríos. Nuestro hijo se quedó a cierta distancia, fingiendo no ver. Tomaba palos y los arrojaba al río, en tanto yo, haciendo de piloto, desatascaba los proviso¬rios barcos cuando se estrellaban contra las rocas. Terminamos de comer los bocadillos que habíamos llevado en un lugar desde donde yo podía ver la negra sombra que semejaba una cueva en la montaña. Rie mordisqueaba una galletita y tomaba un poco de té verde del termo, sin probar todavía los picles que la señora de la pensión nos había preparado. Decidimos tomar una fotografía, hice que Rie y el niño se pararan con un viejo árbol como fondo, el cual parecía un elefante levantando la trompa. Dentro del hueco que hacía de ojo del elefante descubrimos un pequeño nido de pájaros. En el redondo nido había cuatro huevos blancos y otro un poco más grande, de color lavanda. Previne a mi hijo para que no tocara los huevos, diciéndole que la madre esta¬ba vigilándolos desde cerca. Advirtiéndole que se volvería loca y atacaría si los tocaba, lo convencí de contentarse con una foto¬grafía. Los huevos eran de una frágil y brillante belle¬za, si vuelvo a recordarlos hasta me parecen refulgentes. Al regre¬sar a casa encontramos una fotografía en una guía donde se veían exac¬tamente así. Los huevos blancos eran del cazamoscas azul y blan¬co, en tanto el de color lavanda correspondía al cuclillo. El libro explica¬ba que todos los miembros japoneses de la familia de los cuclillos dejaban sus huevos en los nidos de otras aves. Esta aclara¬ción me hizo pensar que, de todas las posibles combinacio¬nes de los ideogra¬mas chinos empleadas para escribir el nombre de este pájaro, la más apropiada sería la que significara "nunca regresará". Mi atención se desplazó hacia la cueva y las nubes que sinies¬tramente se habían reunido sobre ella. "Puesto que es tan impor¬tante para ti", dijo Rie, "¿por qué no vas a echarle un vistazo?" Hasta el momento en que habló no me había percatado de cuán des¬ganada se había vuelto, y de qué modo el color de sus labios se había disipado. Su inmersión en la fresca nieve derretida había sucedido antes que naciera nuestro hijo - la fatiga acumulada y la falta de sueño se habían tomado revancha por lo visto. Rápi¬damente tomé las luces del flash y fui a echar el vistazo. "¿Cómo es?" me preguntó cuando estuve de regreso. Como realmente no esperaba encontrar nada en la cueva, me costaba encontrar una respuesta adecuada. De momento, lo importante era que ella recu¬perara su calor. La hice volver a la pensión para tomar un baño, mientras yo me quedaba con el niño, que quería estar cerca del nido. La cercanía de la noche me dio finalmente pie para llevarlo de vuelta a la pensión, pero entonces nos pusimos a pelear dentro de la carpa y se estaba divirtiendo demasiado como para lle¬varlo adentro. Comenzó a llover fuerte, y esto lo excitó aún más que la lucha. Por la posición incómoda y la necesidad de controlar mi fuerza, pronto me quedé sin aliento. Mi hijo comenzó a jugar con el flash, apuntando a cualquier lado y prendiéndolo y apagándolo. Cuando le pareció que ya había yo descansado lo suficiente, co¬menzó con otro round. El primer fogonazo del flash sucedió justo cuando le advertía que si no nos íbamos pronto, el viento haría volar otra vez la carpa. Pegó un grito y empezó a contar los segundos, como hacía Rie. Pero al ratito, ya estaba apretado contra mí."Tú también tienes miedo, ¿no?", preguntó. "Rie estará preocupada, ¿no?". El trueno, que escuchamos primero al llegar a cinco, parecía ir acercándose. Su luz, además, refulgía con tanta potencia que oscurecía el círculo de luz que emitía el flash que mi hijo había dejado por ahí. El toldo se había vuelto transparente, y nos dejaba completamente expuestos. Tomé a mi hijo entre mis brazos, seguro de que Rie o la mujer de la pensión que sabían que estába¬mos en la carpa pronto vendrían por nosotros. Pero comencé a alarmarme, y mi sentido del peligro se aguzó con el ensor¬decedor estruendo de un trueno que sonó a la cuenta de tres. No cabía sino salir de la carpa. Intentando recordar la disposición de ese jardín trasero, esperé la ocasión para lanzarme corriendo hacia la pensión. "Mira, allí está Rie", dijo mi hijo, alzando su cabeza envuel¬ta en una toalla y retorciéndose tan violentamente que casi se me cae."Es Rie", repitió cuando el siguiente fogonazo de luz iluminó los árboles con más brillo que la luz de una noche de verano. Mirando a través de la ventana de plástico, había visto su figura en el segundo piso de la pensión. ¿Con qué fracción de segundo es posible que alguien vea bajo el azulado fulgor? Mi hijo no pudo seguir un movimiento con tanta rapidez, razoné, y la pensión está demasiado lejos. Y sin embargo, la había visto."Se veía como Carmen?", le pregunté. "No", contestó, "ella era blanca". Mientras corría hacia la pensión, yo también la vi. Un momen¬táneo centelleo de luz hizo la lluvia tan clara como cristal y condensó la distancia que mediaba entre yo y el edificio. Rie se veía completa¬mente blanca -desde su piel, encendida tras haber dormitado en el baño, y su negro cabello, largo hasta la cintura, y hasta el saquito rojo que se había puesto sobre los hombros. Sólo la expresión de su rostro permanecía imposible de ver. El fulgor la oscurecía, como había oscurecido el círculo de luz en la car¬pa. Sólo la poderosa e intensa manifestación del cielo podía comparársele. Esa noche cenamos rápidamente y nos quedamos de pie con la ventana abierta, mirando al cielo y aspirando en la fulguración de la luz en el aire del bosque. Tal vez sea imposible hacer un dibujo del dios del trueno, pero es posible inhalarlo. Quien se halle en el relumbrón de una luz no puede ver al que dirige la luz. Me gusta imaginarte allá en lo alto más que dentro de la tierra. Cuando me miras desde allí, Madre, al lado de quienquie¬ra que sea que opera la luz, tú no habrás visto la expresión de mi cara. Pero creo que habrás percibido mi alegría por la com¬prensión de que ninguno de nosotros nació para ver el rostro del otro. Traducción: Amalia Sato Aono Sô, novelista, nació en Tokyo el l7 de julio de l943. En l966 abandonó su carrera en el Departamento de Literatura de la Universi¬dad de Waseda, y viajó a Francia, donde pasó un año estu¬diando. Al regresar a Japón en l967 hizo su debut literario como vocero de la "generación hippie" que se había escapado de la sociedad para viajar por el extranjero durante el período de rápido crecimiento económico en Japón. Los relatos de Aono combi¬nan un estilo progresivo y experi¬mental, con un interés más tra¬dicional en la ficción autobiográfica. En l979 recibió el Premio Akutagawa por su novela Noche de loco (Gusha no Yoru). Otros relatos importantes son Contrato entre madre e hijo (Haha to Ko no Keiyaku), nominado para el Premio Akutagawa 80, Una aproxima¬ción al complejo judío (Kokoromi no Yudaya-konpurekku¬su), El japonés vagabundo y el Mar color naranja (Samayoeru Nihonjin to Orenji-iro no Umi),y Ochenta años en el camino (Juhassai no Kass¬ôro).

1.26.2013

Daniel Gigena comenta tokonoma 16 en adn, La Nacion

Comentarios Un campo infinito Por Daniel Gigena | LA NACION . La revista anual Tokonoma, dirigida por Amalia Sato desde 1994, ha desempeñado un papel tan silente como sustancial para la divulgación de la cultura japonesa en la Argentina. Literatura, poesía, ensayo, artes teatrales y visuales, traducciones, crónicas de viaje y cine, el campo de intereses es vasto, infinito. No hace mucho, la introducción del teatro de papel o kamishibai, donde el ritmo de la lectura se acompasa por ilustraciones, echó luz sobre las posibilidades de un género foráneo. En este número, la propuesta fue escribir a partir de un archivo de cien fotos. Se publican 27 colaboraciones. En la sección "Contactos", hay un hermoso texto de Miguel Vitagliano sobre el escritorio, hoy pieza de museo, de Lafcadio Hearn y otro de Matías Chiappe a partir de la estatua de una violinista de tango argentino-japonesa. Felisa Pinto, en la sección "Reflejos", repasa el código del calzado en Japón, y Guillermo Ueno acerca otra definición de su práctica: la fotografía como kanji o taquigrafía de lo real. En "Puntos de fuga", un escrito sobre comida y Eros en la narrativa de Tanizaki, de Adriana Boscaro. "Exposiciones" reúne poemas de Gabriel Tosar, Liliana Lukin (antológico), Alejandro Ros y Marcelo G. Higa. Mónica Müller forja en "Células madre" una ficción ambientada en un laboratorio en Fukushima. Cierra "Umbrales", la última sección, un texto de Graciela Taquini. En venta en varias librerías de la ciudad de Buenos Aires y algunas del interior.

Librerias en las que pueden encontrar el ultimo numero 16 de tokonoma, 2012

Queridos lectores del blog y amigos de la revista Hasta el momento Tokonoma 16 esta en las siguientes librerias de Buenos Aires > > Libreria de Avila alsina 500 > Libreria La Barca Scalabrini Ortiz 3048 > Libreria Arcadia mt Alvear 1548 > Paidos santa fe 1685 > Antigona biblioteca naciona las heras2597 > Antigona centro cult coop corrientes 1543 > Libreria Hernandez corrientes 1436/1311 > Libreria del marmol lavalle 2015 > de la mancha corrientes 1888 > Ateneo grand splendid santa fe 1860 > ateneo florida 340 > ateneo florida 629 > Yenny shopin abasto corrientes 3247 > yenny patio bulrich av libertador 740 > Kier santa fe 1260 > Mendel paraguay 5163 wwww.vivilibros.com

1.16.2013

Kitchen, de Banana Yoshimoto. Texto resena revista Temas de Africa y Asia, Seccion de Asia y Africa, FFy L, Uba, 1993.

KITCHEN, de Banana Yoshimoto. Traducido del japonés por Junichi Matsura y Lourdes Porta. Tusquets editores, l era edición, octubre 1991. Barcelona, España, páginas 206. (Título original Kitchin). Además de las imágenes de los jóvenes devoradores de comics y videoclips, en medio de la euforia de las mujeres que se sintieron más libres y proclamaron su década, mientras la ola del generoso dispendio de yens iba pasando, la década de 1980 cuenta con la imagen desmañada de Maoko Yoshimoto, de pseudónimo literario Banana, como el gran Bashô. Licenciada en literatura por la Universidad de Tokio, a los 26 años, en 1988, publicó su primera novela Kitchen, junto con el relato Moonlight Shadow, y se hizo merecedora de los dos premios más codiciados por los escritores jóvenes, el Kaien y el Izumi Kyoka. El eco en ventas fueron 6.000.000 de ejemplares arrebatados fervorosamente: así quedaba lanzado el fenómeno Banana, líricamente defendido por sus partidarios y ácidamente denostado por los detractores de su estilo. Puesto en circulación en español, el libro ha dado lugar a comentarios que manifiestan admiración por cierta atmósfera "indefiniblemente japonesa", y que apelan al vocabulario de artillería de rigor que califica al texto de "haiku sutil". La protagonista de la corta novela Kitchen -que comprende dos partes: Kitchen y Luna llena- es la joven Mikage quien, compartiendo el mismo destino de orfandad del escritor Kawabata es criada por su abuela. Su amigo Yûichi, joven que frecuentaba a su abuela, tiene en cambio por derrotero un camino similar al del príncipe Genji (personaje de la primera novela del siglo X): tras la muerte de su madre, ver este lugar ocupado por una madre todavía más atractiva. Sexo y edad se difuminan adoptando la transparencia de un papel enmantecado: hay una insinuada relación afectiva entre la abuela y Yûichi; el padre de Yûichi, operado y travestido, obsesivamente enamorado de su mujer muerta, ocluye la búsqueda y se convierte en la hermosa segunda madre. Al morir la abuela, Mikage es invitada por los Tanabe (madre e hijo) a vivir con ellos. Y el lugar preferido seguirá siendo la cocina, sitio ideal para hacer el duelo, dormir o morir, separado pared de por medio, del lugar de escucha que es el gran sofá. En las relaciones que se establecen en la nueva casa, siempre alguien prepara para otro algo de comer o de beber, y la nutrición alimenticia no es metáfora de las emociones sino su función misma. En el universo que gira alrededor de la cocina no hay ningún ejercicio de la sexualidad física, y celos y emociones violentas quedan para el bar de "gays" o a cargo de la novia de Yûichi. La cocina es el sitio donde se acoge al desamparado "como a un perrito abandonado", y los jóvenes se tratan como boyfriend/girlfriend en su peculiar versión japonizada. En la segunda parte, cumplidos nueve meses desde la mudanza a casa de los Tanabe, muere la bella madre a manos de un psicópata. Ningún regodeo en escenas de thriller sino sólo lugar para el desamparo de Yûichi. La avalancha alimenticia se torna abrumadora, más ahora que Mikage estudia sofisticada cocina japonesa con una afamada profesora. La comida de estilo americano se deglute en momentos de soledad, en tanto los menúes con platillos tradicionales nutren los encuentros de los jóvenes, hasta culminar en la escena de la Julieta que escala al balcón portando un pedido de fideos katsudon. En el segundo relato, Moonlight Shadow (por la canción de Mike Oldfield citada en el epílogo), comportamientos de Kitchen se reiteran: alguien que ha perdido a su amor se traviste y circula con el uniforme escolar de marinero de esa novia muerta, y emplea el pronombre femenino en su conversación; los abandonados siguen convidándose con exquisiteces o comidas rápidas. Hay sí un agregado que roza lo mágico tradicional: hada de historietas, el personaje con visos de videncia de Urara que conduce al encuentro con el amado muerto el día de Tanabata, el tradicional 7 de julio. La estructuras gramaticales de Banana, deliberadamente descuidadas, simples como las de un niño, así de balbuceantes, antojadizas e incompletas, quedan convertidas en una prosa española simple y sugerente, que logra reflejar un estilo. La secuencia de Kitchen, si soterradamente por las remembranzas vivenciales remite prestigiosamente al texto del Genji -cuya estructura narrativa hasta ahora fue adoptada por los hombres-, regresivamente cautiva por lo no dicho. Con su estilo desgarbado , expresión de una actitud sensible y cautelosa, Banana registra (o inventa) una emocionalidad nueva: aquí reside su talento. Si por un lado es testimonio y partícipe del auge de las cadenas de comida americana y de la actitud "gourmet" de la década de 1980, que los advenedizos del gusto convirtieron, además de los viajes y la ropa, en necesidad, por otro lado, Banana palpita nuevas tendencias: la vuelta a lo tradicional -los platillos simples impecablemente preparados que uno descubre en ciertos sitios-, ¿ síntoma de que la sofisticación no es ya sólo patrimonio de la tecnología y la imitación ?; la preservación de lo privado y personal, fruto de peculiares historias familiares, ¿ quizás la cara joven del conservadurismo, con vetas de temor ante la masificación ? . A su modo, también una anticipadora de nuevas imágenes en el juego de identidad y diferencia entre lo masculino y lo femenino, gestadas en la década de 1990, pero en su caso a partir del comic para muchachas Es esa capacidad de poner en escena narrativamente una nueva relación masculino/femenino -ya presente en las historietas y en los dibujos animados para jovencitas- donde se revela la perspicacia de la escritora. Banana inventa una nueva heroína. Para terminar, no pase desatendido el epílogo del libro: no es una simple lista de agradecimientos a nombres más o menos prestigiosos, más o menos íntimos, ni una ingenua expresión de buenos deseos; la hija del crítico Ryûmei Yoshimoto, para muchos un gurú de la literatura de los años 60, nos aclara que ha escrito sus best-sellers trabajando como camarera, como tantos otros de su generación, y así nos señala que se ha ganado desde una cocina muy sufrida con su arubaito (trabajo temporario de media jornada) un lugar en la gran kitchen de la literatura universal. AMALIA SATO (SIEAA). 16-06-93

Texto Barzón, Colecciones: Cada cosa sagrada debe estar en su lugar, julio 2012.

barzón julio 2012 Colecciones: "Cada cosa sagrada debe estar en su lugar" Por Amalia Sato Teatralidad en el ritual del dueño que presenta la colección, la que sea, asombro del que la recorre. Un escenógrafo magistral ordena los objetos en una serie fantasmagórica, con las cadencias de un juego pasional. El coleccionista es el bricoleur levistraussiano que renueva y enriquece su existencia con los residuos de construcciones o destrucciones anteriores. Habla por medio de las cosas y la elección que cumple entre infinitas posibilidades, da cuenta de su carácter y es su biografía. De la pasión privada, de la obsesión que sigue un gusto y hélas crea un estilo - eso que el orden social aprecia como el rasgo menos definible - a la ley del ciclo, al sometimiento inevitable de la caducidad histórica. Los objetos entronizados en las casas maravillosas se salvan de la muerte en las salas del museo. Lo que era causa de una pasión, presa codiciada de una cruzada que transforma en poesía la materialidad redimensionada, es ahora visitado por multitudes voyeur que se apropian con la mirada de un instante, por gentíos a los que se prohíbe el flash, el toque, el roce, a veces hasta la cercanía. Lo que fue puro deseo, ahora protegido por tantas prohibiciones, es un fragmento de otra totalidad. Y sin embargo la sensación de que "it adresses somebody"-de que siempre algo a alguien se le dedica de modo exclusivo- parece continuar el original sentimiento amoroso del coleccionista. Los universos mitológicos están destinados a ser desmantelados apenas formados para que nuevos universos nazcan de sus fragmentos decía el antropólogo Franz Boas. Y así las colecciones, tesoros conformados por valores, gusto, estilo, codicia, placer, acaban siendo custodiadas por las musas, protectoras de la memoria. No se me ocurre en este momento ejemplo más cabal por su dimensión urbana que la Museum Mile en New York, miles de obras de cientos de colecciones privadas, desplazadas de mansiones ya fantasmas, sólo a veces recordadas por acuarelas o fotografías de época, y desplegadas en un circuito público. El sistema de objetos que, según Baudrillard arriesgaba, podría agregar una respuesta más a la angustia del hombre frente al tiempo y la muerte, el museo imaginario de Malraux a piacere de cada uno y con el cuestionamiento a cada una de las expresiones del mundo, el inventario de los gabinetes de maravillas con todos los objetos recogidos en los viajes de exploración, la ciencia de lo concreto y la taxonomía con su inminente valor estético tal cual sentenciaba el gran Claude Levi-Strauss. Del fragmento a la ilusión del todo coherente. El coleccionista como efímero demiurgo, y la colección, preservada por tres generaciones. Luego, la Historia.

1.10.2013

HAIKWITTER. Poemas neoconceptuales de Sergio Pángaro, publicados en Tokonoma 15, 2011.

HAIKWITTER Por Sergio Pángaro Que esté muy borracho no significa que sea insensible al desinterés con que el barman escucha mis instrucciones. Muy borracho doy instrucciones. Al desinterés del barman, no soy insensible. *** Si les dan tiempo, las personas encontrarán la manera de ser condescendientes incluso con lo que funciona. Si les dan tiempo a las personas encontrarán la manera de ser condescendientes incluso con lo que funciona. *** ¿Qué es peor? ¿Hablar por un vaso de whisky cuando el micrófono está en la otra mano? ¿O encender un cigarrillo encendido? ¿Cómo remontarla? Qué es peor?¿Hablar por un vaso de whisky cuando el micrófono está en la otra mano? ¿O encender un cigarrillo encendido? ¿Cómo remontarla? *** Twitter es el sindrome de Tourette del Facebook. Twitter es el sindrome de Tourette del Facebook *** El final más triste es el que no te hace llorar. Triste es que no te haga llorar el final. *** Algo puede ser gracioso en sí, ¿o hay que tener buen humor para reírse? Algo puede ser gracioso en sí, ¿o hay que tener buen humor? para reírse. *** En mi época, corregir algo que estaba bien era equivocarse. En mi época corregir algo que estaba bien era equivocarse. *** Una ventana con vista al mar termina teniéndonos frente al vidrio mirando nuestros pensamientos. Ventana frente al mar Pensamientos proyectados contra el vidrio *** Más molesto que un tonto, es el que discute con un tonto. Un tonto puede ser molesto pero el que discute con él lo es más. *** Más molesto que el que discute con un tonto es el que propone el tema. El que discute con un tonto puede ser molesto. Pero el que propone el tema lo es más. *** Decir todo sobre algo está a un par de frases de arruinarlo con detalles. Decir todo sobre algo está a un par de frases de arruinarlo con detalles. *** Los twitts podrían pasar por haikus si en lugar de sexo hablaran de ranas y bambúes. Los twitts podrían pasar por haikus si hablaran de ranas y bambúes en lugar de sexo. *** ¿Acordarse de algo inútil es tener buena memoria? ¿Es tener buena memoria acordarse de algo inútil? *** Quisiera poder hablar de la teoría del caos, pero ¿para qué hacerme ilusiones? Lo mío es apenas mala organización. Quisiera poder hablar de la teoría del caos pero ¿para qué hacerme ilusiones? Lo mío es apenas mala organización. *** El idioma de los enamorados, y su producción de diminutivos, usa toda la creatividad de la relación. El sufrimiento presenta menos variantes. El idioma de los enamorados usa toda la creatividad el sufrimiento presenta menos variantes. *** A veces ser valiente para enfrentar la verdad exige tanto esfuerzo que no queda energía suficiente para ser sincero. A veces ser valiente para enfrentar la verdad exige tanto esfuerzo que no queda energía suficiente para ser sincero *** Qué es más difícil hablar en varios idiomas o callarse en uno. ¿Qué es más difícil hablar en varios idiomas o callarse en uno? *** El que se quemó con aceite estudia las invasiones inglesas y llora. El que se quemó con aceite estudia las invasiones inglesas y llora. *** Llorar sobre el vaso medio lleno o medio vacío de leche derramada. Llorar sobre el vaso medio lleno o medio vacío de leche derramada. *** Si sufrimos así, cómo sería antes de Cristo. Si sufrimos así, cómo sería antes de Cristo. *** Hacer el bien según el propio criterio, es como hacer el mal a propósito. Eso si existe el bien y el mal. Hacer el bien según el propio criterio es como hacer el mal a propósito. Si existe el bien y el mal.

El Jabalí 2009, antología preparada para la revista literaria fundada por Daniel Chirom, editora Delia Pasini. Selección, notas y traducción de Amalia Sato.

POESIA BRASILEÑA Por Amalia Sato* Alberto Martins CUATRO INSCRIPCIONES SEGÚN PLINIO, EL VIEJO No había pintura alguna en el revoque de la casa de Apeles. No era todavía moda cubrir el interior de las casas con pintura. Más adelante, continúa: el arte estaba al servicio de la ciudad y el pintor era un bien común de toda la tierra SEGUNDO PLÍNIO, O VELHO Não havia pintura alguma/no reboco da casa de Apeles./Não estava ainda na moda/cobrir o interior das casas/com pintura./Mais adiante, ele continua: // a arte/estava a serviço da cidade/e o pintor era um bem comum/de toda a terra PEQUEÑA HISTORIA DE LA IMPRENTA Modestos maestros ambulantes - así es como Konrad Haebler se refiere a los primeros impresores de la Península Ibérica. Gente que vino de ciudades de Alemania, de Francia, de Flandres y también de Venecia a montar los primeros talleres de impresión. Traían el arte de fundir metal, fabricar tintas y construir prensas – en aquella época, de madera. Los más ricos traían consigo maços de letrerías - es decir, los propios tipos, diseñados por ellos o copiados de terceros. Algunos se establecieron y tornáronse dueños de prósperas casas. La mayoría, sin embargo, no dejó nombre ni marca de colofón y hoy los historiadores tienen un trabajo endiablado para atribuir una obra maestra a este o aquel impresor. En muchas otras cosas, diría yo, las obras más bellas nacen de manos desconocidas. PEQUENA HISTÓRIA DA IMPRENSA Modestos maestros ambulantes/— é como Konrad Haebler se refere/ aos primeiros impressores da Península Ibérica./Gente que veio de cidades da Alemanha, /da França, de Flandres e também de Veneza/ montar as primeiras oficinas de impressão.//Traziam a arte de fundir metal, fabricar tintas /e construir prensas — naquela época, de madeira. / Os mais ricos traziam consigo maços de letrerías /— isto é, os próprios tipos, desenhados por eles /ou copiados de terceiros.//Alguns se estabeleceram e tornaram-se donos /de prósperas casas. A maior parte, entretanto, /não deixou nome nem marca de colofão/e hoje os historiadores têm um trabalho danado/para atribuir uma obra-prima a este /ou àquele impressor. //Em muitas outras coisas,/eu diria, as obras mais belas /saem de mãos desconhecidas. DOS VECES ATTILA JÓZSEF (1905-1937) 1. no tuvo padre no tuvo madre sus tíos le dijeron que su nombre no era un nombre recién más tarde descubrió en los libros de historia que hubo un atila rey de los hunos y se reconoció yo no hablo su lengua mas también lo reconozco pobre entre los más pobres poeta que dijo: Si tienes hambre, acepta como plato un papel en blanco; pero si encontramos alguna otra cosa, entonces deja que yo también coma. Yo también, yo también tengo hambre. 2. esta noche yo tengo cuarenta y ocho él tendrá siempre treinta y uno, treinta y dos yo leo en mi cuarto los poemas de attila józsef en edición de bolsillo en castellano errante él por los alrededores de la estación a la espera de un tren de carga em balatonszárszó DUAS VEZES ATTILA JÓZSEF (1905-1937) 1.não teve pai /não teve mãe/seus tios lhe disseram que seu nome/ não era um nome//só mais tarde /descobriu nos livros de história / que houvera um átila rei dos hunos/e se reconheceu//eu não falo a sua língua/mas também o reconheço/pobre entre os mais pobres/o poeta que disse:// Se tens fome, aceita como prato um papel em branco;/mas se encontrarmos alguma outra coisa,/então deixa que eu também coma. Eu também,/ eu também tenho fome. 2. esta noite/eu tenho quarenta e oito /ele terá sempre/ trinta e um, trinta e dois// eu leio no meu quarto/os poemas de attila józsef/numa edição de bolso/em castelhano//ele erra /nos arredores da estação/ à espera de um trem de carga /em balatonszárszó EL EXILIADO CÉSAR VALLEJO (1892-1938) Me llevó años leer a César Vallejo y no sé si estoy maduro para tanto. Su esqueleto fuera de escuadra en un cuarto pobre de París permanece incógnito. Mas cómo duele leer al exiliado con su mirada de llama y la creencia en una revolución que se hizo mierda. Vallejo trae la muerte en cada hueso. Eso estoy apenas aprendiendo. O EXILADO CÉSAR VALLEJO (1892-1938) Levei anos para ler César Vallejo /e nem sei se estou maduro para tanto./ Seu esqueleto fora de esquadro/num quarto pobre de Paris/permanece incógnito./Mas como dói ler o exilado/com seu olhar de lhama/e a crença numa revolução/que deu em merda./Vallejo traz a morte em cada osso./Eu estou apenas aprendendo. Alberto Martins (Santos, SP, 1958) Escritor y artista plástico. Se graduó en Letras en la USP en 1981 y ese mismo año inició sus prácticas de grabado en ECA-USP. Publicó: Poemas (Livraria Duas Cidades, Coleção Claro Enigma, 1990); Goeldi: história de horizonte (MAC-USP/Paulinas, 1995, Premio Jabuti); A floresta e o estrangeiro (Companhia das Letrinhas, 2000); Cais (Editora 34, 2002); la novela História dos ossos (Editora 34, 2005, segunda mención Premio Telecom de Literatura Brasileira 2006); A história de Biruta (Companhia das Letrinhas, 2008), la pieza de teatro Uma noite em cinco atos (Editora 34, 2009), y Em trânsito (Companhia das Letras, 2010). FABRICIO CORSALETTI LA HISTORIA DE CHANG Y ENG Chang y Eng gemelos siameses nacieron en Siam actual Tailandia en 1811 vendidos por la madre a un capitán escocés fueron llevados a Inglaterra y exhibidos en ferias junto a becerros de seis patas y mujeres de once tetas más tarde hicieron fortuna presentándose en circos alrededor del mundo con el dinero acumulado compraron una hacienda en Carolina del Norte y se casaron con las hjjas de un pastor local tuvieron veintidós hijos diez de Chang y doce de Eng en la Guerra Civil perdieron sus tierras y volvieron a trabajar entre payasos y elefantes para sustento de sus familias Chang bebía y era temperamental Eng era plácido y le gustaba leer mas como ningún médico de la época osó operarlos Chang y Eng vivieron unidos hasta el fin Chang murió el 17 de enero de 1874 Eng murió el mismo día algunas horas después esta no es mi historia esta es la historia de Chang y Eng A HISTÓRIA DE CHANG E ENG Chang e Eng/gêmeos siameses/nasceram no Sião/atual Tailândia/em 1811/vendidos pela mãe/a um capitão escocês/foram levados à Inglaterra/e exibidos em feiras/junto a bezerros de seis patas/e mulheres de onze tetas/mais tarde fizeram fortuna/se apresentando em circos/ao redor do mundo/com o dinheiro acumulado/compraram uma fazenda/na Carolina do Norte/e se casaram com as filhas /de um pastor local/tiveram vinte e dois filhos/dez de Chang/e doze de Eng/na Guerra Civil perderam suas terras/e voltaram a trabalhar/entre palhaços e elefantes/para sustentar suas famílias/Chang bebia e era temperamental/Eng era plácido e gostava de ler/mas como nenhum médico da época ousou operá-los/Chang e Eng viveram unidos /até o fim/Chang morreu em 17 de janeiro de 1874/Eng morreu no mesmo dia/algumas horas depois//esta não é a minha história/esta é a história de Chang e Eng PLENO AGOSTO mis anteojos de sol mi cara de luna - hay gente que tiene una máscara hay gente que tiene dos mi abuela usaba blush por arriba de la verruga tuve una novia que se quitaba la ropa y no quedaba desnuda el bigote crece al contrario de la peluca a mi amiga Beth Vargas sólo le gusta la carne cruda la poesía impide a la vida volverse literatura el mal nace con la persona o se aprende en la calle el mal nace con la persona la bondad cuesta - mis anteojos de sol guardados y mi cara de lluvia PLENO AGOSTO meus óculos de sol/minha cara de lua//— tem gente que tem uma máscara/ tem gente que tem duas//minha avó usava blush/por cima da verruga//eu tive uma namorada/que tirava a roupa/e não ficava nua//o bigode cresce/ao contrário da peruca//minha amiga Beth Vargas/só gosta de carne crua//a poesia impede a vida /de virar literatura //o mal nasce com a pessoa/ou se aprende na rua//a bondade custa/— meus óculos de sol guardados//e minha cara de chuva HOY FUE MI ÚLTIMA SESIÓN para Maria de Fátima Vicente gracias a los rabanitos que resistieron a nueve años de análisis sin perder su sabor gracias a mi analista que en estos nueve años revió mis ideales por el revés mas no cuestionó mi pasión por los rabanitos gracias a mi padre que adora los rabanitos y me enseñó el gusto del rabanito y que además es feliz gracias a los productores de rabanito que incluso en los períodos en que di preferencia al nabo y al hinojo jamás dejaron de cultivar este delicioso rábano de raíz corta y carnosa gracias a Bob Dylan que compuso una música perfecta para oír comiendo rabanitos con sal y bebiendo vino gracias a Mari que compró los rabanitos si bien está obcecada con la zanahoria gracias a las vitivinícolas Trapiche y Altos Las Hormigas gracias al dueño del mercado gracias a los camioneros gracias a la chica de la papelería que me vendió el papel y la birome con que escribo estos versos gracias al mar de donde viene la sal gracias al sol que mañana vendrá a poner fin a esta larga noche gracias a la noche HOJE FOI MINHA ÚLTIMA SESSÃO para Maria de Fátima Vicente grato aos rabanetes/que resistiram a nove anos de análise/sem perder o sabor/grato a minha analista/que nesses nove anos/revirou meus ideais pelo avesso /mas não questionou minha paixão pelos rabanetes/grato a meu pai/que adora rabanete/e me ensinou a gostar de rabanete/e ainda por cima é feliz/grato aos produtores de rabanete/ que mesmo nos períodos em que dei preferência/ao nabo e à erva-doce/jamais deixaram de cultivar/este delicioso rábano de raiz curta e carnosa/grato a Bob Dylan/que compôs uma música perfeita/para ouvir comendo rabanetes/com sal/e bebendo vinho/grato à Mari/que comprou os rabanetes/embora seja obcecada por cenoura/grato às vinícolas Trapiche/e Altos Las Hormigas/grato ao dono do mercado/grato aos caminhoneiros/grato à moça da papelaria/que me vendeu o papel e a caneta/com que escrevo estes versos/grato ao mar/de onde vem o sal/grato ao sol/que amanhã virá/ para pôr fim a esta longa noite/grato à noite A PARTIR DE UNOS VERSOS DE CATULO el ocio, Fabricio, te hace muy mal en el ocio te exaltas y bebes de más gastando así lo que no tienes a fin de mes debes aceptar el dinero de tu madre que es joven pero no tanto y desearía no preocuparse con el futuro del hijo perdulario el ocio, Fabricio, ya llevó a la ruina a reyes y ciudades antes de ti – por eso es mejor quitar de tu cabeza esa idea tan loca de decidir renunciar y llenar tus horas con trabajo y tecitos de ser posible evitando sites pornográficos y guías de bares de blogs glotones A PARTIR DE UNS VERSOS DE CATULO o ócio, Fabrício, te faz muito mal/no ócio exultas/e bebes demais/gastando assim o que não tens//no fim do mês toca a aceitar dinheiro/de tua mãe/que é jovem mas nem tanto/ e adoraria não se preocupar/com o futuro do filho perdulário/o ócio, Fabrício, já levou à ruína/reis e cidades/antes de ti —//por isso é melhor tirar da cabeça/essa ideia maluca de pedir demissão/e preencher tuas horas com trabalho e chazinho/se possível evitando os sites pornográficos/e as dicas de bares dos blogs glutões Fabrício Corsaletti nació en Santo Anastácio, interior de São Paulo, en 1978. En 2005 publicó Zoo, poesía infantil; en 2007, Estudos para o seu corpo, que reúne sus cuatro primeros libros de poesía (Movediço, de 2001, O sobrevivente, de 2003, História das demolições, de 2007, e Estudos para o seu corpo, de 2007); en 2008, los cuentos de King Kong e cervejas; en 2009, la novela Golpe de ar; en 2010, Esquimó y Zoo zureta, (poesía). MARÍLIA GARCIA por los grandes bulevares del lado de adentro lo que ella ve cuando cierra los ojos líneas sinuosas un mapa hecho a mano más parece una pista de arriba del avión los campos cortados o quizás una sombra rasgando el suelo, lo que ella ve cuando mira en línea recta intentando describir a la muchacha rusa que conociera en el café: la transmutada de wavelets o el pez luna circular en una región abisal. no es nada abisal estar en esta superficie, ¿usted quiso decir grande? ¿esférico? ¿un animal marino en miniatura: un pulpo de 1mm? el cine es 24 veces la verdad por segundo. este segundo podría ser 24 veces la cara de ella cuando cierra los ojos y ve. de fuera no es por falta de repetición, mas no hallaba la palabra lo que ella ve no sabe y todo queda trémulo con fast forward o sin retorno cierra los ojos para fijarlo. no se pierde alguien dos veces, pensaba: el tren a esta altura cambia de color, llega a la misma terminal dos semanas después y sabe que todo cambió. usted está teniendo un problema de copyright, cuchicheó ¿pero cuál era el desastre esta vez? lo que ve ella al abrir el libro al sacar aquella foto de la manif o cuando lee las leyendas: en los abismos la vida está sometida al frío, oscuridad, presión, ocho mil metros de profundidad, una montaña al revés. pelos grandes bulevares do lado de dentro o que ela vê quando fecha /os olhos linhas sinuosas um mapa/feito à mão mais parece uma pista /de cima/do avião os campos cortados ou pode ser /uma sombra riscando o chão. o que ela vê/ quando olha em linha reta tentando /descrever /a garota russa/que conhecera no café:/a transformada de /wavelets ou o peixe-lua- /circular em uma região abissal. /não é nada abissal /estar nesta superfície, você quis dizer grande? esférico?/ou um animal marinho em miniatura://um polvo de 1mm? /o cinema é 24 vezes/a verdade por segundo. este segundo/poderia ser 24 vezes a cara dela /quando fecha os olhos e vê. de fora não é por falta de repetição, mas não achava a /palavra o que ela vê não sabe e tudo fica tremido /se fast forward ou então não tem volta /fecha os olhos para fixar.//não se perde alguém por duas /vezes, achava:/o trem a esta altura muda de /cor, chega ao mesmo terminal /duas semanas depois e sabe/que tudo mudou.//você está tendo um problema de copyright, cochichou/mas qual era o desastre desta vez? /o que ela vê ao abrir o livro/ao bater aquela foto da manif/ou quando/ lê as legendas: //nos abismos a vida é submetida /ao frio, escuridão, pressão./oito mil metros de profundidade, /uma montanha /ao contrário. wavelet: pequeña ola marina. (nota trad.) manif: abreviatura de manifestation (fr.) (nota trad.) plan b hola, spleen, dijo. nos cruzamos en el desierto de sonora. sentada en el asiento de atrás miraba por el vidrio a 3000 kilómetros del punto en que lo había dejado. hola, spleen, dijo por detrás del vidrio. una línea esconde otra línea, la voz esconde lo que quiere decir. pensaba en la carta sin remitente en un modo de desaparecer pensaba en las esculturas sonoras (¿no había un plan c? hacia dónde iba) era como descubrir el surco rayado de un disco y quedar rodando en el loop de aquella melodía circular, necesita una lengua que diga eso. hola, spleen, insistió mas no hablaba de la latitud en el mapa, eran peces en el fondo del océano con el cartílago luminoso derritiéndose en los ojos y la única preocupación cuando entró era el sonido por detrás de la voz de ella: saber si está triste hace un año o hace 24 horas (a la vuelta, empieza a coleccionar objetos, la venganza empieza en un acuario es como perforar la realidad con la realidad, decía, quedarse en el cuarto midiendo el nivel del mar para descubrir dónde poner los peces) plano b hola, spleen, disse. nos cruzamos no/deserto de sonora. sentada no banco de trás /olhava pelo vidro a 3000 quilômetros do ponto em /que o deixara. hola, spleen, falou por detrás do vidro. / uma linha esconde outra linha, a voz esconde o que quer dizer./pensava na carta sem remetente / em um modo de desaparecer pensava nas /esculturas sonoras (não havia um /plano c? para onde/ seguia)// era como descobrir o sulco/fechado de um disco e ficar /rodando no loop daquela /melodia circular, precisa de uma língua/que diga isso.//hola, spleen, insistiu/mas não falava da latitude /no mapa, eram peixes/no fundo do oceano com a cartilagem/luminosa derretendo nos olhos/e a única preocupação quando /entrou era o som por detrás da voz dela:/saber se está triste há um ano/ou há 24 horas //(na volta, passa a colecionar objetos. a vingança começa num/aquário/ é como furar a realidade com a /realidade, dizia, ficar no quarto medindo/ o nível do mar para descobrir /onde pôr os peixes) Acuario tiene pánico de las algas marinas cuando despierta frente al estadio el cuarto es un acuario con saetas sumergidas de sol y su cuerpo filtrado por la luz del insulfilm tiene el contorno de un magnetismo inverso. no es que importen las horas, sólo que no sabía cómo allí había llegado, no sabía cuánto tiempo había pasado (un perro le lamía el pie, la misma imagen congelada) y a la salida: “¿me vas a responder de nuevo con una pregunta?” “pero la configuración es diferente.” y ella dijo, no recuerdo lo que ella dijo. el estadio es un agujero en el tiempo y desde arriba sus branquias jadean los ecos de la última partida tú te encoges detrás del vidrio redondo, luchas para vencer las pequeñas piedras, como en un océano violeta genciana. Aquário tem o pânico das algas marinhas /quando acorda de frente para o estádio. /o quarto é um aquário /com setas submersas de /sol e seu corpo filtrado /pela luz do insulfilm /tem o contorno/de um magnetismo/inverso. não que importassem /as horas. apenas não sabia como ali chegara. não/sabia quanto tempo tinha passado (um cão /lambia o pé, a mesma imagem /congelada)//e na saída: “vai me responder de novo com uma pergunta?” “mas a configuração é/diferente.” e ela disse, não lembro o que ela disse./o estádio é um buraco no tempo e de cima suas guelras latejam os ecos da última partida./você se encolhe atrás do vidro /redondo, luta para vencer /as pequenas pedras, como num oceano /violeta genciana insulfilm: película para control solar visual (nota trad.) Le pays n’est pas la carte, piensa bien pero si hubiera calles rectas habría ido a otro café, habría dicho todo de otro modo y visto de arriba la ciudad en vez de perderse cada vez a la salida del subte, no es desagradable estar aquí, sólo demasiado real dice con las pestañas arqueadas buscando un mapa II. no es el avión rasante sobre el agua ni el cuerpo en la ventana semiabierta viendo el trazado de los autos abajo – no comenta nada porque prefiere armar planos en silencio (¿estaría soñando con colinas?) III. de allá manda largas cartas describiendo el país, los terremotos y la forma de la ciudad. puede decirme que nunca se espanta pero no se ve caminar preguntando: ¿es de plástico la cabina? ¿es tu voz en la grabación? ¿es un navío en el horizonte? quizá sólo sea un margen de error pero no piensa en esto con frecuencia (tal vez sea sólo que la ventana abierta dispersa los papeles) Le pays n’est pas la carte, pensa bem mas /se tivesse as ruas quadradas /teria ido a outro café, teria dito tudo de /outro modo e visto de /cima a cidade em vez de se /perder toda vez /na saída do metrô. não é desagradável /estar aqui, é apenas /demasiado real diz com cílios erguidos /procurando um mapa// não é o avião em rasante sobre /a água e nem o corpo/na janela semi-aberta /vendo o desenho /dos carros embaixo — não comenta nada /porque prefere armar planos /em silêncio / (estaria sonhando /com colinas?)// de lá manda longas /cartas descrevendo o país, /os terremotos e a forma da cidade. /pode me dizer que nunca se /espanta mas não percebe que /caminha perguntando: /é de plástico a cabine? é sua voz /na gravação? é um navio no /horizonte? pode ser apenas /uma margem de erro mas /não pensa nisso /com freqüência // (pode ser apenas a janela /aberta que carrega os papéis) Marília Garcia nació en Rio de Janeiro, en 1979. Publicó el libro 20 poemas para o seu walkman (Cosac Naify, 2007). Coedita la revista Modo de usar & co. y trabaja en la Editorial 7Letras.

Texto publicado en la revista Barzón, Verano, Estío por Amalia Sato

Verano/Estío Para los romanos cultos el otium era el tiempo dedicado a las actividades preferidas. Y para Cicerón el otium cum dignitate lo más deseado por los hombres felices, honestos y saludables, que dejaban atrás en las ciudades el negotium. Así de clásico. Con eso se sueña también ahora cuando el año se desbarranca. El momento sagrado. Obviamente, ilusionados con la certidumbre de que el placer en verano puede ser otro que escape al pautado mecanismo de control social kantiano sobre lo que se debe o queda bien y, renegando del concepto de playa como escaparate de los obsesionados con la anatomía socializada del cuerpo perfecto, se anhela estar de pie ante el paisaje puro. Aislados física y espiritualmente ante lo que después del cielo es nuestra medida de lo inmenso: el mar. Ambigüedad de las arenas: frente a las aguas la vista planea a la conquista del continente invisible que se emplaza más allá. En su reemplazo, la mensura vertical del propio vértigo: las montañas. Si felizmente paganos, livianos, ligeros, descalzos, sosteniendo una mirada fija y obstinada sobre un horizonte inalcanzable en un recogimiento que otorga la dimensión de la íntima pequeñez, reconocida, filósofos al fin. Si románticos, interrogando y contemplando con nostalgia el “inútil paisaje” -según el oxímoron de Tom Jobim-, definitivamente conscientes de nuestra escisión, como el monje que pinta Friedrich en esa playa inhabitable. Antes de que todo pase ya se percibe el efecto melancolizante de ese período de maravillas pues, se sabe, -glosando con audacia pero sin irreverencia un fragmento de la Etica de Spinoza– que aquel que recuerda algo con lo que se deleitó, desea poseerlo en las mismas circunstancias … y al imaginar la falta se entristece; esa tristeza referida a la ausencia de lo que amamos se llama desiderium … (o como traduce espléndidamente Marilena Chauí, estudiosa brasileña del autor), saudade. Vuelta a los romanos cuya civilización hizo el ciclo completo de placeres y dolores: el escenario más perfecto lo encontraron en el golfo de Nápoles, el Mediterráneo y la luz que bañaba sus villas residenciales. Luz única, capturada en dos films inolvidables. La escalera al infinito de la casa roja, la villa Malatesta, a 32 metros sobre el mar, con Brigitte saludando a un Piccoli de saco de hilo claro y sombrero desde la terraza vertiginosa con el golfo de Salerno y las rocas de los Faraglioni de fondo. O la Huppert sentada en una silla al borde de un barranco de la isla de Ischia, los ojos clavados en el mar. Esos personajes abrumados de Godard y Guignard en el centro del verano. La estación de las mayores ilusiones y la luz más implacable.